argentina

millones de moscas


tendre que comer mierda, dicen que millones de moscas no pueden equivocarse.
PRO, Narvaez, queridos el pueblo esta contigo????
Como me gustaria estar hoy en otro planeta, rodeada de gente que viva en otro planeta.

Pino y Sabatella aguante la izquierda… tendrian que recordar a Jauretche, saben de que hablo, ¿verdad?

Las disputas de la izquierda argentina son como los perros de los mataderos: se pelean por las achuras, mientras el abastecedor se lleva la vaca.

argentina·textos de otros

Nadie es la patria. (fragmento) Borges


La patria, amigos, es un acto perpetuo
como el perpetuo mundo. (Si el Eterno
Espectador dejara de soñarnos
un solo instante, nos fulminaría,
blanco y brusco relámpago, Su olvido.)
Nadie es la patria, pero todos debemos
ser dignos del antiguo juramento
que prestaron aquellos caballeros
de ser lo que ignoraban, argentinos,
de ser lo que serían por el hecho
de haber jurado en esa vieja casa.
Somos el porvenir de esos varones,
la justificación de aquellos muertos;
nuestro deber es la gloriosa carga
que a nuestra sombra legan esas sombras
que debemos salvar.
Nadie es la patria, pero todos lo somos.
Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante,
ese límpido fuego misterioso.

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instrucciones necesarias para envejecer con gracia.



El pintor Edward Hooper es un hijo de mil putas. Pinto una norteamerica de la depresion, pero me grita en el oido con sus verdes empastados que algo malo puede haber al final de pasillo. Gente sola. Gente sola. Como cantaban los Beatles,en Eleonor Rigbi cuanta lonely people. Amo los paisajes solitarios de Hooper, sus playas de verano con mujeres divito al rayo del sol, con sus viejos durando como lagartos. Aca el tipo de la oficina con esa puerta chipendale no mira a la secretaria culona, asi como los parroquianos de la mas conocida “nighhawks” ¿halcones de la noche? beben solitarios sin encontrarse jamas en las miradas.

Y hay algo peor. Ese tipo de la oficina se jubilo (u otro, pero es el tipo proverbial, el tipo que puedo ser yo, mutatis mutandis) y està tomando la fresca en la gasolinera que compro en las afueras de la provincia para invertir la jubilacion, con la patrona preguntandole si tomo la pastilla de la hipertension, gritandole que se deje de joder y venga a tomar unos mates. No alcanza el sol, no alcanza el horizonte, no alcanza la renta en el banco asegurando una vejez sin sobresaltos.
Mierda, Hooper, me tengo que jubilar pronto y no encuentro en las librerias de Corrientes, en Hernandez, en Cuspide, ningun manual que de cuenta de instrucciones para envejecer con gracia, o, subamos la apuesta, con la garantia de sistematicos fractales de alegria nimbando de luz mi gorda cabeza.
Hooper, por que no te vas a la concha de tu hermana, con tus hermosos cuadros que me emocionan siempre siempre siempre

textos de otros

viudas e hijas de julio cortazar.



Las que nacimos en la decada del cincuenta, lo lloramos como viudas, o tal vez, cuando se fue, nos dejo huerfanas, y nos conjuramos en torno a su ausencia.
No era un gran poeta, la verdad es que muchos de sus versos son olvidables. Sin embargo hoy hace un frio de novela rusa y vine del laburo pensando en la Cruz del sur. La cruz del sur, decia mi loca cabeza, el mate amargo y las voces de los amigos usandose con los otros. Eso lo escribio el Julio
Claro, era él, que esta adentro mio, como un rencor. Y anduve revolviendo y encontre el poema. Deshoras se llama el libro, y creo que de poema paso a ser una milonga del Tata Cedron, que no termina, a mi pesar, de gustarme.

Todos migramos: el julio dejo este lugar un poco, siempre estaba volviendo, en las letras -que es una forma de volver, se fue a la France. Otros migramos en el tiempo, y tambien tenemos las voces de los amigos usandose con los otros. Y nos empecinamos en volver.
(Los significantes: volver. Con la frente marchita. Con las nieves del tiempo etcetera.)
¿quien de nosotros no puede firmar y hasta ponerle el sello a ese verso de” la agazapada convicción de que volver es vano”?

Vos ves la Cruz del Sur
y respirás el verano con su olor a duraznos,
y caminás de noche mi pequeño fantasma
silencioso
por ese Buenos Aires, por ese siempre mismo
Buenos Aires.

Extraño la Cruz del Sur
cuando la sed me hace alzar la cabeza
para beber tu vino negro, medianoche.
Y extraño las esquinas con almacenes
dormilones
donde el perfume de la yerba
tiemble en la piel del aire.

Extraño tu voz,
tu caminar conmigo por la ciudad.
Comprender que eso está siempre allá
como un bolsillo donde a cada rato
la mano busca una moneda, el peine, llaves,
la mano infatigable de una oscura memoria
que recuenta sus muertos.

La Cruz del Sur, el mate amargo
y las voces de amigos
usándose con otros.
Me duele un tiempo amargo
lleno de perros y desgracia
la agazapada convicción de que volver
es vano.

Comprender que un mar es más que un mar,
que la muerte se viste de distancia
para llegar de a poco, lenta, interminable,
como una melodía que se resuelve al fin
en humo de silencio.
Extraño ese callejón
que se perdía en el campo y el cielo
con sauces y caballos y algo como un sueño.
Y me duelen los nombres de cada cosa
que hoy me falta,
como me duele estar tan lejos
de tu caricias y de tus labios.

Extraño tu voz
tu caminar
conmigo por la ciudad.

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que trata de la eficacia de las palabras.



A ver cuando sentas cabeza. Sos tan gila que cualquier cosa te puede arrancar una sonrisa. Vos andas con tu proverbial cara de culo, los cantos apretados, los hombros subidos, las cervicales aguantando el peso del universo, dura, dura, dura.. y de repente alli aletea algo, una palabrita azul que alguien dijo al azar, como una mariposa de las que habia cuando corrias en pollera con una rama por mitad de la calle.
Aletea, hace viento, sopla soterrados odios. No fue nada, no se puso en equilibrio el mundo. Sin embargo la palabrita esta ahi, haciendo fuerza como una cancion libertaria, un grito desde el fondo del estomago, jeronimoooooooooooooooooooooooooooo que te saca de encima un tufo a encierro que venis acumulando, una humedad idiota que te envenena las tripas.
Al final, a vos, cualquier cosa te puede arrancar una sonrisa.

lo masculino enigmatico·textos de otros

padre.


dia del padre… tenemos lo obvio, la comida especial, las flores en el cementerio o quiza solo el recuerdo de aquel que mentamos en el apellido. Cada cual lo suyo. Una lista de facturas a pasarle, una lista de deudas impagables. Yo digo Jorge, al que hice padre, y digo Humberto, mi viejo.
Dos grandes amores, de distinto signo. Siempre hay alguien que lo dijo mejor. Aca va cuento de Antonio Dal Masseto, El Padre.


Cuando pienso en mi padre me vienen a la memoria los regresos a casa, al terminar nuestra jornada de trabajo. Volvíamos de noche, él en bicicleta y yo trotando. Corría a la par, a veces me atrasaba un poco y luego lo alcanzaba. La bicicleta era de mujer, el asiento estaba demasiado bajo y mi padre, un poco echado hacia atrás, pedaleaba despacio por la calle de tierra. Estoy seguro de que no hablábamos. En realidad tengo la impresión de que nunca hablábamos. Si intentara recuperar algún diálogo con mi padre me resultaría imposible. Sólo frases sueltas. Esto de los regresos ocurría en Salto, el pueblo de la provincia de Buenos Aires donde fuimos a vivir cuando emigramos de Italia. Un hermano de mi padre estaba en la Argentina desde antes de la guerra y le había ofrecido una participación en su carnicería. Yo tenía doce años.

Recorrimos ese trayecto durante meses y meses. Con frío, con calor, con lluvia. Después de tantos años, la memoria rescata una única carrera nocturna que las resume a todas. Esa imagen siempre vuelve y se impone sobre los demás recuerdos. Aunque son muchas, nítidas y fuertes las imágenes que tengo de mi padre. En general de la época de mi niñez, en el pueblo italiano, antes del largo viaje en barco a través del océano. Podría intentar hacer una lista y creo que no acabaría nunca. Ahí está la figura de mi padre, oscura y quieta bajo una nevada, esperándome en el portón del colegio de monjas al que yo iba. Mi padre guiándome por un atajo, a través de una colina que dominaba el lago, hasta llegar a la desembocadura de un río donde nos deteníamos a pescar. Mi padre caminando cauteloso unos pasos delante de mí, en los bosques que comenzaban más allá de las últimas casas: bajo el brazo llevaba la escopeta belga de dos caños de la que estaba orgulloso. Mi padre cortando pasto desde el amanecer hasta el anochecer, en el campo de un terrateniente, parando unos segundos para sacarle filo a la guadaña, secarse el sudor de la frente y tomar un trago de agua. Mi padre vaciando la letrina con dos baldes colgados en los extremos de una larga vara de madera que se cruzaba sobre los hombros. Mi padre abonando los surcos de la huerta con el contenido de esos baldes. Mi padre hachando troncos, apretando los dientes y soltando un soplido ronco en cada golpe. Mi padre llegando a casa de noche, con un pino para el árbol de Navidad, seguramente arrancado de algún lugar prohibido. Mi padre emparchando la cámara de una bicicleta. Mi padre con el torso desnudo, afeitándose en el patio, frente a un espejo colgado de un clavo, explicándome por qué había dos zonas de la cara que necesitaban ser enjabonadas más que el resto. Mi padre fabricándome una flauta. Mi padre lavando una oveja en el arroyo para luego esquilarla. Mi padre realizando trabajos de albañilería, de carpintería. Mi padre sembrando, cosechando, pisando la uva para hacer vino, injertando frutales. Teníamos un ciruelo que daba frutos amarillos en un rama y rojos en otra. Un peral que daba peras de diferentes estaciones. Yo estaba asombrado con tantas habilidades. Aquel hombre sabía hacer de todo. Parecía que nada tuviera secretos para él.
Mi padre era un montañés callado y tímido. Pero podía irritarse y mucho. Una vez lo vi perseguir a un tipo por la calle hasta que el otro saltó por encima de una cerca que daba a un barranco y escapó. Se trataba de una disputa entre vecinos. No recuerdo la razón o nunca la supe. Tengo una imagen muy clara de esa violencia al aire libre. Todavía me parece oír el jadeo de los dos hombres corriendo. Me pregunto qué hubiese pasado si mi padre lo alcanzaba.
Con nosotros nunca se enojaba. Nos quería y nos respetaba. Pocas veces tuve oportunidad de aplicar tan adecuadamente la palabra respeto. De él, sin duda, heredé la inconsciencia y la tozudez. Estoy pensando en la actitud de mi padre durante la guerra. Trabajaba en una fábrica de gas y a veces su turno terminaba en la mitad de la noche. De nada servían los ruegos de mi madre y los consejos de sus compañeros. Volvía a casa sin esperar que amaneciera, desafiando el toque de queda y las balas, porque quería dormir en su cama, era su derecho, y no existían Hitler o Mussolini o guerra que se lo impidieran.
Partió para América en 1948. El día de la despedida reía, bromeaba, se lo veía de buen humor, pero a mí me pareció que lo hacía para darse ánimo y cubrir el desconcierto. Recuerdo el reencuentro en el puerto de Buenos Aires, pasados dos años de separación, su abrazo torpe y sin palabras. En el viaje en tren a través de la llanura invernal, rumbo al pueblo, tampoco habló demasiado. Iba sentado junto a mí y su brazo se mantuvo rodeándome los hombros todo el tiempo. De tanto en tanto sus dedos se comprimían para darme un apretón.
Después vino el trabajo a su lado, en la carnicería, donde aprendí la recorrida de los clientes antes de memorizar la primera media docena de palabras en castellano. Salía al reparto a la mañana y a la tarde y, cuando terminaba, ayudaba en el negocio. Siempre había algo que hacer. Limpiar la picadora de carne, la sierra eléctrica, lavar el piso, pelar ajos para los embutidos, darles agua a los animales. Empecé a jugar al fútbol en la sexta división del Club Compañía General. Estaba contento con los botines, el pantaloncito y la camiseta que me habían dado y podía llevarme a casa. Los partidos eran los sábados después de mediodía y a veces llegaba con un poco de retraso al trabajo. Entonces, durante toda la tarde, vivía en un clima de acusaciones silenciosas. Las acusaciones provenían de mi tío y mis dos primos. Mi padre no me decía nada. A lo sumo rumiaba una frase en voz baja cuando me veía aparecer corriendo. Se sentía obligado con su hermano mayor que lo había traído a América, y la deuda me incluía. Estoy seguro que esa dependencia lo amargaba. Pero no podía hacer nada y guardaba silencio. También en el reducido territorio de aquel negocio éramos extranjeros y había que ganarse el espacio y soportar las humillaciones cuando llegaban. Yo intuía que mi padre hubiese deseado un destino distinto para mí.
Una noche, cinco años después de la llegada al pueblo emprendí otro viaje. Partí a descubrir la ciudad. A esta altura mi padre se había separado de mi tío y había instalado su propia carnicería. No le iba bien. Mi padre no era el mismo de antes. América lo había golpeado. Yo no estaba con él en el negocio nuevo. En los últimos tiempos había trabajado de cadete en una farmacia. Me fui sin que lo supiera. Mi madre y mi hermana me vieron dejar la casa porque se despertaron mientras yo preparaba la valija. No lograron retenerme y tampoco se animaron a llamar a mi padre. Ignoro cuánto pudo dolerle aquella huida. Nunca me la reprochó. Después, en los espaciados regresos al pueblo, me encontraba con pequeños cambios en la casa. Algunas comodidades en el baño, en la cocina. Me enteré que una vez, al comprar un calefón, mi padre comentó: “Para cuando venga Antonio”. Por lo tanto pensaba en mí con cada mejora.
Cuando murió, yo estaba lejos. Una enfermera iba a aplicarle inyecciones día por medio. La última fue un sábado. La enfermera se despidió hasta el lunes. Mi padre dijo: “Vamos a ver si aguantamos hasta el lunes”. No aguantó. Sé que en el final preguntó por mí. Llegué al pueblo el día posterior al entierro. Venía desde Brasil, viajando en trenes y en ómnibus. En la puerta encontré al marido de mi hermana que me dijo: “Papá murió”.
Muchos años después de su muerte, mientras mirábamos unas fotos, oí a mi hermana murmurar: “Qué hermoso era papá” . Nunca había pensado en eso. Eran fotos de sus veintisiete años, tenía a un chico de meses en brazos, estaba tostado por el sol y se le notaban los músculos bajo la camiseta clara. Se lo veía feliz. El chico era yo.
De tantas cosas relacionadas con mi padre me acuerdo especialmente de aquellos regresos a casa después del trabajo. Eran siempre noches grandes, cargadas de estrellas y de silencio. Así las veo. Avanzábamos a través de un decorado de casas mudas y luces fantasmales en las ventanas y en los patios. Yo me sentía extraviado en esa oscuridad y la sensación no me gustaba. Quería llegar rápido, para que pasara la noche, y luego el día, y otra noche, y otro día, hasta que el cerco de las noches y los días se rompiera. ¿Y mi padre? ¿Qué pensaba? ¿ Qué significaba para él ese tránsito entre la agitación de la jornada y la promesa del descanso? ¿En qué medida mi presencia le servía de compañía, de incentivo, de alivio? ¿Me vería como yo me veo ahora en el recuerdo? Lo que veo es un cachorro impaciente, agazapado en el fondo de sí mismo, esperando su oportunidad para dar un salto. Mi padre pedaleaba y yo trotaba a su lado. No teníamos otra referencia que el foco de la bicicleta alumbrando un óvalo de tierra, hipnótico, surgido como desde un sueño, renovándose en una calle que podría no tener un fin. Esa luz mínima marcaba el camino y finalmente nos sacaba de la oscuridad. Nos guiaba a la mesa familiar preparada para la cena, a los rumores de las sillas arrastradas sobre el piso de ladrillos y de los cubiertos en los platos. Pero durante ese trayecto permanecíamos lejos de todo. Ahí estábamos solos y estábamos juntos. Nos movíamos en una zona de vacío entre un mundo que ya no existía, perdido del otro lado del océano, y este otro que se proyectaba en los días futuros y estaba hecho de necesidades e insatisfacciones y furias contenidas y esperanzas obstinadas.
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acerca de la dignidad.


La Historia es segun como te la cuentan. Estuve leyendo, lo reeditaron, un libro de Jorge Asis,un tipo asqueroso, pero que cuenta historias como Bioy no hubiera podido nunca,por que podriamos decir, conoce la diferencia entre Aldo Bonzi y Villa Itati, es decir,conoce a los hombres que habitan sus historias. El tipo, en Cuadernos del Acostado (que podria llamarse sin violencia cuadernos del resentido) habla del escalon mas bajo de la indignidad, esa que llevo a trabajar al gran campeon, al Mono Gatica, de portero, vestido de portero, con galones y todo, en la cantina de su rival, Prada. Que te hagan pasar a los comensales y sacarte fotos como un monigote…. (igual Fabio cuenta en su pelicula que un gordito le pregunta insistentemente ¿vos te acordas de mi, Mono??? y Gatica le contesta “lo que pasa es que me cogi tantos boludos….!”
La cuestion es que, reitero, la Historia es segun como te la cuentan.(la verdadera esta perdida, sino que lo digan los psicoanalistas). Buscando una foto de Gatica en la cantina de Prada me encontre con un reportaje a Prada. Contaba que viendo en la tele los efectos de una inundacion lo ve a gatica con sus dos nenas y mujer, en la absoluta indigencia, lo manda buscar, le da el laburo y que el mono estaba inmensamente feliz.
O sea laburo = reconocimiento = dignidad. (y tambien con que parar la olla)
¿La dignidad o indignidad esta (como el infierno sartreano) en la mirada de los Otros? , o es algo muy intimo, que no te pueden dar, que no te pueden sacar. ¿se equivoca Jorge Asis cuando supuso que el ultimo escalon es ser gatica vestido de portero en la cantina de Prada??
Por supuesto, no estoy hablando de boxeadores que me precedieron en el camino de la vida, como dice los carteles pintados en la pared de la Chacarita (respete este espacio donde descansan los que nos precedieron en el camino de la vida): estoy hablando de usted y de mi.