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un cuento de la Otra: EL CARNAVAL DEL CLUB.

En esas épocas Carlitos tendría seis años y tuvo que pasar mucha agua abajo del puente para que lo que paso cobrara sentido, y dejara de ser solo olvido. Lo recuerda frente al pozo del cementerio mientras estan enterrando a su  madre.
 El club ya estaba decadente, eso decían los grandes. Y debería ser así nomás, siempre los relatos tienen algo mítico que afirman  que uno ha llegado tarde para la epifanía
 Ocupaba unos dos lotes largos en el medio de la manzana, y  en el fondo  anexados parte de los terrenos de vecinos de las cuadras laterales. La comisión directiva los había comprado por nada.
 El club tenía (no como ahora) poca construcción, la mayor parte era terreno libre. Entrabas por un pequeño salón donde reinaba la mesa de billar de madera maciza, (el ataúd, ¿será de madera maciza?) con el finísimo paño verde donde reposaban en las esquinas tizas azules con agujeros en el medio, solo un poco mas grande que un terrón de azúcar y en las paredes, alineados, hermosos, los tacos de billar, con incrustaciones de nácar (me dijeron que las manijas incrustadas eran de verdadero bronce).
 De allí pasabas al salón para socios,  vitrinas con trofeos y banderines, mesas (también macizas) y sillas donde ya se sentaban señores mayores que usaban sombrero,  con sus ceniceros y porotos y cartas y cigarros y cigarrillos.Era un sitio de varones.  Paredes donde un cartel enlozado daba aviso de que estaba absolutamente prohibido escupir o salivar de acuerdo  la ordenanza municipal. Coronando el lugar una gran heladera mostrador llena de gaseosa y cerveza y sobre ésta frascos de vidrios con maníes y un montón de cosas que se llevo el tiempo. El cura habla del Tiempo, pero Carlitos  no lo esta escuchando.
 Atrás de la heladera, del lado del encargado, un esqueleto de madera que elevaba el piso, y que dejaba claro la jerarquía entre socios habitúes (que podían pasar tras el mostrador) e invitados. Al costado de este buffet (así lo llamaban) un pequeño pasillo y la secretaria del club, donde se reunía la comisión directiva y una puerta que daba a la cancha.
Como los chicos del barrio jugaban en la calle, la cancha, perimetrada con alambre para que la pelota no se escapara, estaba marcada y tenia arcos de básquet. Nunca, en los años que Carlitos vivió bordeando el club, nadie jugo al basket. Al costado de esta cancha estaba la de bochas, muy larga, con sus elementos de juego, y un pisón, un enorme rodillo con el que aplanar la tierra. Y de tierra somos y a la tierra vamos
Todo esto limitaba al fondo con un gran escenario construido, que por esas épocas carecía de telón, pero que no me queda ninguna duda de que en algún tiempo lo hubiera tenido. Ese escenario con sus dos vestuarios (hombres y mujeres, o quizás damas y caballeros) a los costados, y para abajo, levemente subterráneos, con duchas y baños era inexplicable allá por los sesenta para Carlitos que había nacido promediando los cincuenta. Frente al agujero donde iba a ser tirado el cuerpo de su madre en un cajón lustrado, con manijas de bronce incrustadas Carlitos supuso que ese escenario tenia que ver con berretines de  cultura,  danzas folklóricas, teatro vocacional, vaya uno a saber. En los carnavales del club servia para que el animador dijera sus glosas, y se atropellaran mascaritas y guarangos.  El cura también dice glosas ¿no es verdad?
 A Carlitos  no le gustaban los carnavales. Los grandes decían que carnavales habían sido los de antes. Le tenía miedo a las mascaritas, a los varones vestidos de mujeres que mariconeaban en la calle cuando se sentaba en el banquito con su abuela a ver pasar la vida, también en carnaval.
 No entendía la lógica de esos caretones de cartón horribles. No entendía el frenesí que le entraba al barrio, si eran los mismos de siempre mas sus parientes que no tenían la suerte de tener un club, eran los mismos de siempre pero un poco distintos, olorosos de colonia Marie Stuart, vestidos de domingo. Una fiesta que empezaba con las barras de hielo enormes que los grandes iban a comprar a la fábrica y que se traían envueltas en arpillera de las bolsas de papas.
 Primero las barras de hielo, y después ir al club a embolsar papel picado, azul, azul violeta, que mas tarde juntaria con  los otros chicos,  para volver a tirar.
 El club se vestía para la ocasión, banderines de plástico y  bombitas de colores cruzando la cancha de básquet, mesas de latón, que el resto del año se guardaban cruzadas sus tijeras en los vestuarios subterráneos. Con los feos caretones monstruosos, la bebida fría, los panchos de piel gruesa y mostaza, que definitivamente iban a ser su cena y su vomito de la noche, en la plenitud de la fiesta, Carlitos tuvo un mal presagio.
En el cielo de la cancha, mas arriba de la telaraña de banderines y bombitas, la luna redonda y amarilla, vigilaba.
Esa tarde se la paso en la peluquería, haciéndole el turno a la madre, que luciría un batido y su mejor pilcha. No importaba que fuera varón, no zafaba de eso. La peluqueria era un cuarto grande, en la parte de atrás de la casa de la Gladys.
 Ese año Carlitos ya no iba disfrazado. Pero de mas chico había sido alternativamente  luchador de cachacascan, corsario, llanero solitario, mariñero. Los carnavales no eran lo que antaño y la nueva ola iba dejando obsoleta la costumbre del disfraz. Ahora todos eran modernos: Trini López, Nat King Coll, Quique Guzman los reyes de la noche. Hasta había ensayado con su prima grande, un baile de Violeta Rivas que había hecho en la Escala Musical ¿de que me sirve el latín, no se no se?
 El club estaba lleno, por suerte la comisión podía respirar aliviada. No seria como los carnavales de antes, pero se habían vendido todas las rifas y hubo que sacar hasta las mesas del buffet para que se sentaran los que siempre llegaban tarde. Y Carlitos,  entre que había llenado bolsas y bolsas de papel picado y el turno en lo de la Gladys, para el batido materno había llegado al cenit de la fiesta darse cuenta.
Se habia cruzado temprano, por que en la casa todo era nervio, como siempre. Y cuando pudo zafar el sopapo cotidiano,  e ir al club es como si hubiera pasado un umbral.Simplemente lo habian mirado cruzar la calle. Alguna vecina estaría atenta, la vida era publica  y todo el mundo conocía tu pedigrí.
Only you…los Plateros y ya estaban sentadas como enanos de jardín de yeso, las viejas que no iban a mover el culo en toda la noche.
 Put your head on my shoulder y el piso era un tapiz de chapitas de cerveza, pan de panchos y el consabido papel azul/violeta picado que ella había ayudado a embolsar
…y de compañera, oh oh oh, una mujer y en la pista no cabía un alfiler y los atorrantes de la cuadra lo vinieron a buscar para jugar a la escondida, mientras se armaban nuevas parejas en la pista de baile, los gallegos pedían paso doble, los viejos tango y la juventud de entonces se hacia dueña de los discos a pasar, esos viejos discos de pasta, junto a algunos nuevos 33 revoluciones.
Todo daba vuelta como una calesita y Carlitos se metió en el vestuario de mujeres, debajo del escenario, que olía a humedad. La luz del afuera reverbera en esas paredes donde había un dibujo de un negrito con hueso en la cabeza y una inscripción: Lumumba. El lugar no daba miedo, pero era otra galaxia. Una galaxia donde el carnaval quedaba lejos, o era solo un ruido, o era Rita Pavonne cantando el baile del Ladrillo.
Ahora era el momento en que había que tirar un poco de tierra arriba del cajón y flores y todo el mundo empezaba a abrazarlo.
Carlitos se sintió el rey del subsuelo, nadie lo buscaba y posiblemente entre el lió del afuera esa escondida iba a terminar con alguien diciendo Sangre, una  contraseña donde había que barajar y dar de nuevo, saliendo del escondite, por bueno que fuera.
 Allí llegaba el ruido de las canciones, los gritos del carnaval, el olor de la parrilla, mezclado con el olor de la humedad del breve subsuelo, pero también atravesando todo, un rumor de enaguas, de ropa un sonido clap clap mucho mas cercano.
 Ahora cantaba Neil Sedaca Oh Carol!!! y era hora de irse de allí, no sea cosa que el padre dejara de servir chorizos y preguntara donde estaba y empezara una cacería que terminaría inevitablemente en una paliza. Carlitos empezó a hacer ruido, para espantar a la rata que jadeaba, o chillaba o la rata de podía ser tan grande como esos caretones de cartón pintado. La rata que estaba en la parte mas profunda del vestuario debajo del escenario donde el animador vocacional entonaba una glosa pidiendo un aplauso para la esposa del presidente, y entregándole un ramo de claveles.
 Todo eso escuchaba Carlitos, mientras del fondo del vestuario salía a medio vestir su madre, con el batido deshecho y el chico grande de doña Celia abrochándose la bragueta.
 Carlos, vamos no hay  nada mas que hacer aqui le dijo su esposa, llevándolo del cementerio. No había nada que hacer aca, le había dicho su madre aturdida el último carnaval que festejaron en el club, mientras el ruso gritaba Sangre y eso quería decir que había que empezar de cero a jugar otra vez a la escondida.

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3 comentarios sobre “un cuento de la Otra: EL CARNAVAL DEL CLUB.

  1. Pero qué cosa, un cuento más para el archivo literario con tu nombre que abrí en mi compu. Cuando junte unos cuantos,¿ me das permiso para publicarlos, digo imprimirlos y tenerlos a mano? Ya sos famosa en mi familia y aledaños, y, aunque la fama es puro cuento, ¡adelante!¡Tú eres capaz! como decían las maestras de nuestra niñez. Fuera de joda: qué lindo, qué lindo, qué lindo. Y qué buena idea este blog que me mueve la cabeza ante tanto tilingo suelto.¿Viste, Feinmann? No cualquier pelotudo tiene un blog.

  2. Che, ahora estoy comparando con la versión que subiste a Mágicas Ruinas. Me gusta más, pero, ojo, vos viste lo que dicen sobre el gusto…..Capaz que, para mí, "la piba" protagonista tiene más fuerza que el Carlitos. Una huevada: porque los cuentos son de quienes los escriben, que, si quieren, los publican, los modifican, los esconden como el Julio, los queman…Igualemon: congratulations.

  3. Gracias Grace, Ud. me abruma. Cuando yo leo los post de los blog (post de blog, que moderna) de los muchachos kirchneristas que estan enlazados al tuyo me agarra el sentimiento de inferioridá. Son gente mucho mas preparada politicamente.Ud. me distingue con su hermosa amistà, y no le importa que no pueda ser tan profunda como los varones peronistas de luz de almacen.

si un arbol cae en el bosque y nadie lo escucha no hay sonido.Comentame que me gusta

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