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Un cuento de la Otra. Constitucion de Noche.


Nunca andes solo por ahí, / que te roban el corazón/ las brujas del tráfico pintarrajeadas/ con algo tan oscuro. Y hay quien ve la luna como por primera vez /enganchada en un cartel que dice: ‘No habrá más penas”

– El sueño era más o menos así.

Eso es lo que el Cacho le dijo después de contarle con detalles un sueño de infancia.

Que había una mujer, pero que en vez de cabeza tenia un amasijo de trapo con cara de cadáver, una bola de trapo blanca, como un maldito espantapájaros/mujer. Que cocinaba en un caldero con fuego en el piso, a un hijito de alguien, peor que la bruja de Hansel y Gretel, que boludeaba engordándolos y les daba changüí para que se escaparan.

En el sueño del Cacho la injuria había sido concretada. El pibito había muerto en alguna situación de la que nada se sabia, y estaba siendo cocinado en agua gris. El sueño le ponía un paisaje: la calle que remataba en el río, en la costanera sur, antes antes de que Puerto Madero fuera el nombre de un barrio, y solo había por allí barracones abandonados, vías de un tranvía, obreros, poco mas.

– Los sueños sueños son, – Rita decía, tratando de mutar el tema, se comía las uñas, cebaba mate.

El Cacho andaba por los cuarenta largos. Era un tipo sin ilusiones, un laburante todo terreno. Ahora trabajaba poniendo cable en los edificios para un contratista. Hombre de una sola mujer. Poco vuelo, Raro que jodiera con este tema del sueño. Su deporte preferido era ver la tele en el comedor, sufrir por Racing y juntar, como única excentricidad, destapadores de cerveza con propaganda de marcas. Si había tenido ilusiones, nunca le había dicho nada a nadie.

Ellos estaban juntos, puesto de por medio, desde niños en la feria de Constitución. La abuela de Rita tenía un puesto de quesos y el viejo del Cacho era peón de carnicero. Y entre cajones, olores mezclados y pasillos habían crecido, se habían encontrado y sin demasiada alharaca terminaron viviendo juntos en un departamentito que la abuela de la Rita dejo cuando se volvió Rosario, a vivir con el hijo, muy vieja para aguantar el trajín de la feria.

– Pero ayer lo volví a soñar- dijo él, casi con vergüenza.

Rita estaba fastidiada de escuchar nuevamente que el Cacho rompiera con el sueño. Que la Muerte (porque la que cocinaba al nene era la Muerte) revolvía con un palo la olla, que tenia ropa gris, que ese cadáver iba a ser dado de comer a alguien…

-Cacho, dale, ahora que tenes tiempo, por que no me llevas al súper, a comprar, que tengo los ticket del trabajo y necesito de todo, cortala con el sueño.

Rita había terminado la secundaria, por que la abuela ganaba bastante con el queso y no había pasado nunca necesidades. Trabajaba desde los dieciocho y atendía proveedores en una fábrica de pinturas que tenía las oficinas en Constitución. Iba y venia caminando de la casa a la fabrica, de la fabrica a la casa.

No habían tenido hijos. Primero por que eran muy jóvenes y querían juntar plata para mudarse. Cuando la abuela muriera, ese departamento iba a ir a sucesión y la vieja tenia tres hijos que no se hablaban entre si y la madre de la Rita había muerto cuando ella tenia doce y su parte tenia que ser dividida con otras dos hermanas.

Después, cuando paso el tiempo y nadie reclamo la casa y ellos no habían juntado plata, lo del hijo no pudo ser por que resulto que el Cacho había tenido paperas y era estéril. Eso, lo habían deducido después que el ginecólogo dijo que ella estaba bien, que no tenia nada, por que el Cacho al medico no fue, y se acordó de las paperas y ahí se termino el asunto.

Ahora Rita todavía orillaba los cuarenta. Demasiado vieja para primeriza, demasiado joven para considerarse seca.

El bebe cocinado era un sueño que evocaba diarios sensacionalistas. Una sirvienta loca al cuidado de unos niños los cocina y los sirve en la cena. Historias como la del niño perdido que cuando aparece le falta un riñón, que le sacaron las corneas. Historias como la del hombre gato, que trepa los edificios y roba las casas. Pesadillas en lo profundo de la noche, como la película esa del tipo, ese, Fredy, que tiene tijeras en las manos.

Constitución de noche. Baglieto le canta una canción a Constitución de noche, donde dice que hay brujas que te roban el corazón. Y habla de la luna, de ver la luna como por primera vez. La luna, la bruja, la madre.El sueño del Cacho la había puesto de muy mal humor.

Ella era una buena mujer. Se habia hecho grande sin darse cuenta, sin ese marcador del tiempo que son los hijos, que operan como alarmas, que marcan ciclos. Tenía el pelo atado con una cola, ropa común, ojos sin luz.

Mientras caminan silenciosos para el Coto que esta frente a la plaza, el Cacho fumando un Marlboro, Rita sin mirar, por que Constitución de noche es tierra de travestis, malandras, desclasados, gente de paso, esa gente que ella conocía tan bien después de veintiocho años en el barrio, que no necesitaba mirar.

En el Coto llenaron el carrito, cambiaron los tickets y salieron.
El problema no era la falta de hijos, a ellos esto no les hacia mucha cuestión. El problema era que ya no tenían de que hablarse.

Y pasa que Cacho tira el marlboro y mira a un mocoso que agarra la colilla y se la fuma. Un mocoso de no más de once. Constitución de noche.

Entonces algo raro adviene. Pasa como un frio, como una sombra, como un olor a ceniza. Y el pibe eleva la mirada, le tira los bracitos flacos, casi lo abraza, sin decir agua va. Llora. Y el cielo se abre como si viniera el fin del mundo. Constitución se llena de parias corriendo, algunos con un periódico en la cabeza para cubrirse de la lluvia.

Ellos tres, la Rita largando las bolsas de Coto, y mirando la escena que se arma, de un padre y un hijo, aunque allí no había ninguna de las dos cosas. Lo que había, ahí nomás, visto en la luminosidad del refusilo, una vieja trapera con la cara blanca como la nieve, una Muerte sin guadaña, a la que el azar había dejado sin la pesca del día, caminando y arrastrando en su changuito de supermercado una olla grande y vacía, rumbo a la costanera.

Cualquier semejanza con el sueño es pura coincidencia. Es que a veces en Constitución pasan milagros, usted debe tener cuidado cuando cruza la plaza. Baglieto me ha advertido tempranamente que hay brujas que te roban el corazón y tengo miedo que se hallan llevado el mío, y que esa viscera maltratatada termine alimentado la olla de la bruja . En cuanto al pibe, lo podes ver con una camiseta de Racing, jugando con los destapadores, mientras en esa casa, ya hay tema de que hablar.
No se crea que lo invento. A veces esas cosas pasan.

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5 comentarios sobre “Un cuento de la Otra. Constitucion de Noche.

  1. Cómo la envidio, my dear!!!!! Y era usté la que decía que no escribía de política? De política poética, que es la mejor de las políticas, escribe usté!! Y sepa disculparme, porque me he tomado algunos Frizzé helados y es sábado a la noche y tengo el cansancio de la semana y mañana vienen toooodos a mi casa a comer asado y y y y. este cuento pasa a engrosar mi colección. Que cada día crece más y cada día me gusta más. ¡Salute!!!! Me tomo otro Frizzé y brindo por la literatura cuentística.

  2. con unos frizze helados, cualquier cacatua termina teniendo la pinta de Carlitos Gardel. Igual usted me anima. Por que mi contador de visitas esta entongado. Dice que entra gente, pero uste es una de las unicas que postea. Entonces digo; ahi esta la Grace. Y eso me anima colgar cuentitos.Lo de Trelew, viera que cosa, tanta sangre que se llevo el rio…

  3. Gueno, por Fed Ex, como en Cast away, que en inglés quiere decir: ese tipo que naufragó en la isla desierta. Mando el chori y un cacho e vacío que mi dorima adereza con un menjunje que aprendió en una revista del coso ese que era discípulo del Gato Dumas, Calabrese. El vino se lo debo porque ni pa mí quedó. Me lo chupé todo anoche y hoy…jugo Tang.

si un arbol cae en el bosque y nadie lo escucha no hay sonido.Comentame que me gusta

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