textos de otros

acerca de la violencia, la colimba y las veleidades de escritora. Guillermo Saccomanno

Escuche a Guillermo Saccomanno, gran escritor, grande, contar que para escribir La Lengua del Malòn no tenia tal vez por su propia impericia (dice)otra fuente para sacar el numero de muertos que un libro ¿las memorias? de Rojas, el enemigo. Cuatrocientos muertos refería Rojas
Ahora ¿te imaginas la plaza con cuatrocientos muertos? Y concluía que entonces es historicamente erróneo afirmar que la violencia de los setenta empieza con el asesinato de Aramburu. La violencia empezo con aquellos muertos.
A  menudo cuando escucho personas hablar de muertes queridas (lo hago a diario, es que soy psi y la gente habla basicamente de muertes, de amor, de deseos, de miedos, de sentir o de no poder sentir) me viene a la cabeza la imagen de que estamos todos arriba de una pila de muertos y construimos vida sobre la muerte, la unica manera. No hay otra.

Estaba ahí, incorporándome como podía, hipnotizado por la visión de una piernita de nene, sola, desprendida del cuerpo. El profesor miró alrededor buscando.
Antes que el espanto, me sobrevino un instinto práctico. Estuve a punto de agarrar la piernita y ver a quién se le había salido. El profesor parece estar viendo todavía esa media blanca sucia de polvo rojizo, ese
zapato, un gomicuer, de esos colegiales, que se usaban antes. El diminutivo, admite, le concede un patetismo a la piernita. Estaba observando la piernita cuando un empujón me volvió a la realidad. Supo después, un instante después, lo que cuenta ahora: cuando pudo pararse entre los nubarrones negros de combustible, entendió que lo había derribado el fragor de una bomba. Algunos hombres corrían socorriendo a las víctimas, pero la masacre volvía ridículo este esfuerzo. Había hombres y también mujeres que caminaban errantes, desgarrados y maltrechos, sonámbulos envueltos en la humareda. El profesor se acuerda de un hombre joven, chamuscado, con el traje hecho trizas, los pantalones colgándole destrozados, la cara quemada. El desgraciado se tambaleaba balbuceando. Mamá, mamita, repetía.

“… La masacre. Caminaba unos pasos y me tropezaba con cadáveres o mutilados. Pude haberme tirado cuerpo a tierra o correr hacia las recovas, buscar alguna protección. Pero no. Todo Transcurría como en un sueño. Una niebla densa y caliente me envolvió. Otra explosión. De nuevo el tableteo de la metralla. De la fachada de un edificio brotaban surtidores de revoque. Entonces pensé en los libros. De qué me servía la literatura. Tenía algo en la mano. Tardé en darme cuenta. Esa piernita de nene…”

Saccomanno escribió otro libro, que le di a Jorge para leer, un libro sobre la colimba, esa experiencia arrasadora de la masculinidad, que queda grabada en los que la han vivido (no los que la analizan digamos antropologicamente, sino en quienes la vivieron) como un caldito knorr suiza que concentra el sabor de la humillaciòn, el de la rebeldia, el de la masculinidad (bersuiteramente) al palo. Como una prueba de un heroe mitico, el encuentro con la Ignominia, y la salida a otro cielo. Bajo Bandera, gran libro.

Pero si hay una imaginaria que todos quieren escabullir es la imaginaria en las muleras. Te subís las solapas del capote, te abrochás las orejeras del pasamontaña bajo la mandíbula y, con las manos congeladas en los bolsillos, atravesás el regimiento envuelto en la luz fantasmal de la nieve y trepás la escarpa hacia los establos. Hay cerca de ochenta mulas en cada establo. Están separadas por una larga división de madera con comederos a ambos lados. Una sola lamparita, en la entrada, queda encendida toda la noche. Todavía perdura en tu boca pastosa la saliva caliente del sueño. Pero no podés aflojar a la tentación de acurrucarte sobre unos fardos. En la tiniebla del establo, te encaramás por encima de los comederos y, con la ayuda de un palo, desparramás unos golpes sin ganas sobre los lomos inquietos. Si una mula se cae, las otras la patean. Una mula muerta es señal de que te dormiste en tu turno de imaginaria. Además, pensá, primero te van a masacrar en un baile, después te vas a comer el calabozo. Y, cuando salgas, seguirán las complicaciones de un sumario, te pondrán la mula a cargo y hasta que no terminen de descontártela del sueldo que nunca cobrás no te van a largar de baja. Te despabilás, descargás la bronca con el palo golpeando aquí y allá cuellos y ancas. Eso sí, no pierdas el equilibrio, no trastabilles. “Sooooo”. Y otro palazo.

Y en este youtube dice algo que por remanido no deja de ser verdadero. Que para ser escritor hay que escribir. Se lo escuche decir hace muchisimos años a Bradbury, que tiene libros muy buenos y muy malos. Tan buenos que los elogia Borges (hay un prologo por ahi a Cronicas Marcianas hermosisimo) .
Como por aqui creo que no soy la unica con veleidades de escritora, (es terrible eso, empezar con veleidades cuando tenes edad para decir estoy hecha)les copio el youtube.Habla de releer a los clàsicos.
 Estamos arriba de una pila de muertos. Y algun malhado dia estaremos en la pila, joputa suerte. Entonces solo nos queda hacer nuestro numerito. Veleidades,ja.

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si un arbol cae en el bosque y nadie lo escucha no hay sonido.Comentame que me gusta

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