el melodrama argentino, una nota del tipo que se quejaba por que lo puntuaron mal en mercado libre o algo asi.

Alan Pauls me cae bien por varias cosas. La mas importante es banal. Estudiaba psicoanalisis con el esposo de la psicoanalista con la que estudiaba yo entonces. La segunda porque escribio el guion de Los Enemigos, una pelicula de voyeurs con Nelly Prono y Ulises Dumont que me parecia excelente y ya nadie recuerda. La tercera es porque es realmente muy bello y sabe un toco de cine y de literatura y es un chico listo.
Todos los chicos listos tienen su lado malo. Este es pretencioso.
El viernes se quejaba en Radar, de pagina 12, de que lo habian puntuado mal por no comprar unas bicicletas. La nota era entre pajera e intrascendente, hasta para un suplemento de un diario que va a terminar envolviendo huevos.
Amo las cosas bien tituladas, y ayer, paseando, vi en version papel esta nota y me agarraron ganas inmediatas ganas de leerla.
EL melodrama argentino. Es de mucha utilidá leer lo que dicen los intelectuales hoy y aqui.aun para oponerse,
En todo caso,revisar le monde diplomatique (el dipló) garpa. La nota es gorilona y pretenciosa. Y confirmo que me sigue gustando mas el Alan Pauls de Los Enemigos o de El Sitio Macondo Buenos Aires (un libro que yo sola debo tener, posiblemente el primer libro del chico Pauls) que esteq que es hoy y  se queja por la puntuacion de una compra y mira la argentina como si estuviera oliendo mierda.

Edición Nro 148 – Octubre de 2011

UNA HISTORIA DE CUMBRES Y ABISMOS

El melodrama argentino

Por Alan Pauls
Escritor.

La realidad argentina es –como cualquier otra– múltiple y polimorfa, pero tiene un pathos único, irreductible: el pathos del calvario, encarnado por figuras como Maradona y Leonardo Favio, íconos de un país en el que no hay pasión sin luto ni continuidad sin ruptura.


Sub.coop

maginemos que el planeta todo fuera un sistema de televisión por cable y cada país una señal que trasmitiera las veinticuatro horas del día los siete días de la semana. Imaginemos –no cuesta nada: tan lejos no estamos– un mundo así, teledemocrático, en el que todos los países son al mismo tiempo productores y consumidores de televisión y cada país el espectáculo que admiran, del que se burlan o con el que se consuelan los demás. Francia sintoniza la señal USA, por ejemplo, y puede consumir veinticuatro horas de vida norteamericana en continuado, fraccionadas en las secciones más o menos previsibles: Deportes, Negocios, Política, Hollywood, Judiciales, Bélicas, Tecnología, Policiales, etc.
He ahí el primer problema con el que tropezaría la señal Argentina. ¿Cómo segmentar, en ese caso, esas veinticuatro horas de nacionalidad televisada? ¿Cómo discriminar en rubros un continuo en el que todo se entrelaza, se mezcla y se contamina con todo? Hasta no hace mucho tiempo, por ejemplo, uno de los candidatos más firmes para enfrentar al gobierno a nivel nacional (Política) era cierto ex piloto de Fórmula 1 (Deportes), un chacarero santafesino (Agropecuarias) famoso, entre otras pocas cosas, por el natural anémico de su temperamento (Psicología), por no haber ganado jamás un campeonato (Récords) y por haber estado casado con una mujer de la alta sociedad (Sociales) lanzada al estrellato, a su vez, hace treinta y cinco años (Efemérides), cuando la policía de Londres (Turismo) la sorprendió yéndose de la tienda Harrod’s con un guante de golf impago (Policiales) en la cartera.
Esa continuidad vertiginosa no es una experiencia rara en la vida cotidiana argentina. Cualquiera puede testearla cambiando unas pocas palabras con sus dealers más conspicuos: choferes de taxis, porteros de edificios, gente que hace algún tipo de cola (banco, correo, aduana, empresa de servicios) con alguna regularidad, tres de los gremios más dotados a la hora de disparar una conversación con un comentario casual sobre alguna banalidad inmediata (un bache que lleva meses sin cerrarse, un travesti arrastrando sus tacos tras una noche de trabajo, un foul no cobrado en la última fecha de fútbol) y terminarla invitando al interlocutor a ejecutar una de esas medidas drásticas y espectaculares que los argentinos adoramos invitar a los otros a ejecutar: echar del territorio nacional a toda la población de origen paraguayo, por ejemplo, o liquidar de una vez por todas al Presidente de la República (cuando no ambas cosas simultáneamente, puesto que no son incompatibles).
Cómo llegar de la patada impune al furor xenófobo, del bache al magnicidio, sin caer en las facilidades del cadáver exquisito: ésa es la cuestión. O quizás habría que decir: ése es el arte. Ése era al menos el arte de Copi, un escritor del Río de la Plata que siempre cargó con una fama de delirante y en el fondo nunca hizo otra cosa que traducir al idioma de la literatura la lógica agresiva de esas aceleraciones demenciales. En La Internacional Argentina, Copi cuenta cómo un poeta indigente pasa de quemarse las pestañas redactando unas odas ridículas a ocupar el sillón presidencial gracias a la intervención de un multimillonario negro que se pasea en limousine, en un prodigio centrífugo que involucra ambientes diplomáticos, exiliados que se han vuelto hippies, una hija natural de Borges, arribistas… La sociedad secreta del título es la encarnación institucional, globalizada pero todavía sigilosa, de ese arte argentino –mezcla de imaginación rencorosa, furor y vocación dramática insobornable– que conecta las cosas, mundos y personas más dispares a la máxima velocidad, que desdeña las soluciones de continuidad y que sólo puede desplegarse en forma de flujo, sin cortes.
Es, pues, por lealtad a esta singular destreza nacional que la señal Argentina debería preservar sus veinticuatro horas de trasmisión intactas, sin rubros ni secciones, en el estado de monólogo interior aluvional en el que nacen, viven, brillan y se extinguen. Si se previera para la señal alguna campaña de marketing, ése debería ser uno de sus puntos clave: esa modalidad incontinente y caudalosa, capaz de acelerar de cero a cien en un par de segundos y arrastrar a su paso –sin delimitar, precisar ni jerarquizar nada– todo lo que se le cruce por el camino. Ése, y quizá también el hilo de oro afectivo que enhebra en secreto los variadísimos episodios de realidad que la señal mostraría al mundo: el sufrimiento.
Porque la realidad argentina –como cualquiera– es múltiple y es polimorfa, pero tiene un pathos único, irreductible, que está en las antípodas de la alegría carnavalesca de Copi: el pathos del calvario. Nadie ha encarnado mejor ese suplicio gozoso que Leonardo Favio y Maradona, dos de los íconos más unánimes y radicales de la historia contemporánea argentina. El primero en su película Gatica –biopic del famoso boxeador de los años 40 que encandiló a Perón y a Evita–, con esos planos del rostro del héroe desfigurados en cámara lenta por los puñetazos de sus adversarios. Los planos aparecen primero como momentos funcionales de las escenas de pelea; pero Favio poco a poco va recortándolos, adorándolos, fetichizándolos, hasta despegarlos de todo contexto narrativo y presentarlos como verdaderos tableaux vivants donde brilla el logotipo animado de una nacionalidad que nunca goza tanto como cuando es martirizada. El segundo, Maradona, en su memorable incursión televisiva de hace unos años, La noche del 10, serie de diez programas donde la estrella del fútbol repasaba su vida y su carrera y remataba cada episodio con una crisis de llanto terminal, suerte de catarsis explosiva en la que arrastraba a toda su familia –instalada siempre en primera fila–, al público reunido en el estudio, al equipo técnico y a los millones de espectadores que hicieron del programa un suceso de rating.
Ni el Mono Gatica transformado en un Bacon por los golpes del rival, ni el Maradona atravesado por el llanto son losers. El loser –estereotipo político-sentimental que el progresismo local a menudo enarbola contra la figura del “exitoso”, patrimonio de la derecha– es sobrio, discreto; la ética que cultiva es tan intransigente como su bajo perfil. Gatica y Maradona son corderos de Dios; es decir, víctimas, y una de las condiciones básicas de la figura de la víctima, en la Argentina contemporánea, es la espectacularidad. De ahí la sensación ambivalente que sentimos cuando algún país del mundo, después de darse una panzada de pop corn y señal Argentina frente al televisor, emite esos clásicos veredictos apenados: “Qué lástima, la Argentina: un país con tanto potencial…”. No nos reconocemos del todo en esa imagen de ruina y despilfarro, pero nos reconforta saber que hemos dado el espectáculo que sabemos dar, y que el público lo ha apreciado.
Por supuesto: subsiste algún stock de épica en la condición de víctima. Si no, sería difícil entender por qué en plena crisis 2001-2002, cuando la Argentina se volatilizaba, hordas de europeos aterrizaban en Ezeiza embriagados por el perfume del caucho quemado y el silbido de las balas. Eran a menudo europeos ilustrados, capaces de bosquejar en un par de minutos de lucidez académica las razones histórico-técnicas por las cuales la famosa séptima potencia mundial de los años 30 era entonces un territorio devastado, sin tiempo, que agonizaba en un presente perpetuo. Pero no viajaban doce mil kilómetros para enseñarnos lo que nosotros ignorábamos sobre nosotros mismos sino para perderse –mucho más incluso que nosotros– en ese agujero negro del que parecían saberlo todo.
Ni siquiera la épica en el poder –la épica más o menos exitosa encarnada por la era K, por ejemplo– sobrevive sin calvarios. No sé dónde recluta la historia del primer mundo a los guionistas encargados de escribirla, pero los que redactan la argentina parecen venir de un workshop shakespeareano, melodramático, donde no hay pasión sin luto ni cumbres sin abismos. Hasta la muerte de Néstor Kirchner éramos todos actores de un guión accidentado, ríspido, pero bien estructurado; después del macabro plot point del 27 de octubre del año pasado, el guión cambió de género y se despolitizó: se volvió doméstico, de entrecasa, intolerablemente personal. Claro que lo intolerable, ¿no es precisamente nuestro fuerte? ¿No es la pasión lo intolerable por excelencia? ¿Y no es ese recurso natural peculiar, escaso, al parecer, en los mercados pulsionales del mundo civilizado, el que se abalanzan a consumir los extranjeros que llenan nuestras plazas hoteleras?
Quizás hacer de la condición de víctima un espectáculo tenga al menos un mérito: mostrar blanco sobre negro que la democracia es la continuación de la neurosis por otros medios. El ejercicio cotidiano de la insuficiencia, el límite, la decepción, el forcejeo parcial, siempre insatisfactorio. Aceptar eso, dicen muchos, no sería poco para un país como éste, siempre tan tentado por la mística sensacionalista de las psicosis. Para estos borderlines que somos los argentinos, la democracia sería una suerte de terapéutica integral, encargada de reemplazar la intensidad heroica de los abismos (y sobre todo la necesidad de esa intensidad) por la monotonía pampeana de la negociación, hecha de pormenores modestos, siempre al borde del sopor y el burocratismo administrativo pero también, a la vez, siempre previsible. El problema, claro, es la manera idiosincrática en que la Argentina interpreta, y suele ejecutar, ese libreto tan tedioso y razonable. Quizá para sostener su prestigio de plaza turística top, la Argentina sigue retrucando: ¿por qué hay que elegir entre una cosa y otra? ¿Por qué quedarnos con la anemia y renunciar a la psicosis? ¿Por qué no aspirar a tenerlo todo, es decir: el éxtasis de la catástrofe y el tedio del pacto, la excepción y la regularidad, el acontecimiento y la llanura? 

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