lo masculino enigmatico·textos de otros

Lo masculino enigmatico en cuentos de padres e hijos, la verguenza ajena y lo heroico.Lo dijo Piglia, este es un cuento extraordinario: El gordo Soriano, al que no queria la academia.

Si no fuera por el cancer de pulmon o los cigarrillos tendria un blog. Murio en el 97, cuatro años despues de publicar el libro del cual este cuento forma parte. Vivia de noche, o mejor dicho, escribia toda la noche. Eso debe ser malo para la salud, y como Cortazar, amaba a los  gatos. Era calenton y los chicos listos de la literatura argentina lo odiaban con fervor. Creo que por su lugar de jefe del suplemento literario de Pagina 12, cosas de quien la tiene mas larga, esas cosas a las que son tan afectos los varones.

Osvaldo Soriano es un escritor que leo con deleite. Ahora que puedo, me digo, me voy a comprar todas las novelas del gordo juntas. Porque las que tenia seguro que las presté y no me las devolvieron. Porque clausurada su obra puedo convertirme en una lectora Soriano con mas rigor, ya que  renuncie a leer lo que debería,  para leer lo que se me canta.
El tipo, dice Saccomanno, que lo reivindica,  (en un articulo de una Sudestada que sobrevivió a mi afán minimalista de no guardar fotocopias ni revistas,) “escribía fácil” y es sabido que esperó un reconocimiento de la critica literaria que no recibió.Sus libros, sin embargo, se vendian como pan caliente y yo he llorado leyendo No habra mas penas ni olvido. Ambos (Soriano y yo) amabamos las novelas negras norteamericanas en general y a Chandler en particular. Saccomanno, Soriano y yo gustamos del policial negro, es algo tan argentino eso….
.Soriano escribe mal, dicen otros. Se regodeaban en hacerlo mierda. Muchos de ellos escriben textos que no se pueden tragar ni aun echándoles salsa blanca.
Yo no me daré por enterada, porque revindico mi lugar de Ama del universo en mis lecturas. Nunca dejé un libro del gordo por la mitad.
Oscuros lectores como la patrona de este blog, lo envidian como si efectivamente hubiera alcanzado ese Parnaso para el que no tenia pase, y si Piglia dijo que este es un cuento extraordinario, no tenemos mas que leerlo; 
Podran poner en tela de juicio mi criterio, pero ¿y Piglia?

Vidrios Rotos (cuentos de los años felices, 1993)

La primera honda que tuve me la hizo en San Luis mi tío Eugenio, que trabajaba de detective en el casino de Mar del Plata. Era una joya: habíamos buscado la horqueta perfecta por todos los árboles del barrio y cuando la encontramos yo subí de rama en rama para cortar la que guardaba el tesoro. Mi tío la peló con un cuchillo y la pintó con un barniz amarronado. Los elásticos los cortó de una cámara que nos regalaron en la gomería y para alojar el proyectil buscó un cuero suave, como gamuza, que hacía juego con el color de la madera. Los amarres con firulete los hizo mi padre con un alambre de cobre bien pulido.
Ése fue uno de los grandes días de mi vida. Ponía­mos tarros de conserva alineados en el fondo de un baldío y practicábamos hasta el anochecer. Mi tío era pura pasión pero acertaba pocas veces. Lo mismo le pasaba con los números del casino, donde dejó fortunas propias y ajenas. Hasta que pasó al otro lado del mostra­dor y aprendió la profesión de los escruchantes para agarrarlos con las manos en la masa. Para sorpresa de todos, el que se reveló muy bueno fue mi viejo, que había pasado por el Otto Krause y detrás de la máscara de hombre de ciencia conservaba la picardía de su abuelo, el pistolero de Valencia. Como todo zurdo contrariado a mí me costaba acomodarme para tirar. Todavía recuerdo con rencor a la maestra que alzaba la voz y me gritaba: “¡Niño Soriano, la lapicera se toma con la diestra!”. Y yo la agarraba con la derecha y dibujaba una caligrafía imposible que todavía hoy me cuesta descifrar.Lo cierto es que me costaba acomodarme a la gomera. Una noche de verano salimos con mi padre en ronda de inspección para sorprender a los que derrochaban agua corriente. Caminamos sin apuro, después de cenar, hasta el barrio de chalés. Ahí había gente que tenía piscinas de veinticinco metros y mandaba lavar coches, veredas, frentes con el agua que les faltaba a los infelices que no tenían plata para pagarse tanques de reserva ni motores eléctricos.Mi padre tocaba el timbre y se presentaba como un caballero, quitándose el sombrero ante las damas. Yo me quedaba unos pasos atrás a escuchar su discurso que cambiaba cada vez y derivaba en evocaciones poéticas y citas sarmientinas. Es verdad que a veces hacía demago­gia. Ponía en la pluma de Sarmiento y en la boca de San Martín cosas que a mí en el colegio nunca me habían enseñado. Tenía fibra para golpear al hígado y llegar al corazón. Una vez, frente a un industrial con pinta de señorito consentido, que nos había mandado dos veces a la mierda, señaló un grueso y frondoso roble que tapaba la entrada de un potrero y le preguntó con voz serena y convencida: “¿Sabe que el general Belgrano ató su caballo a ese árbol cuando volvía de la batalla de Tucumán?”. El señorito se sorprendió y miró al baldío mientras en su patio seguía la fiesta y los invitados se zambullían en la pileta iluminada por grandes faroles. “A mí qué carajo me importa”, contestó el tipo y nos cerró la puerta en las narices. Mi padre me puso la mano sobre la cabeza, se limpió el polvo de los zapatos y volvió a tocar timbre. El tipo apareció de nuevo, metió la mano al bolsillo y empezó a contar unos billetes arrugados. “Tomá -le dijo a mi viejo-, andá a comprarle un helado al pibe.”Hacía tanto que no me compraban un helado que ahí no más se me aceleró la respiración. Los billetes eran marrones, nuevitos, y el tipo se los tendía a mi viejo con una sonrisa displicente y pacífica. Alcanzaba para dos kilos de chocolate, crema americana y frutilla. Desde el fondo llegaba la melosa voz de Lucho Gatica. A mí me latía fuerte el corazón mientras mi padre seguía parado ahí, bajo el alero del porche, con el traje todo raído y el sombrero en la mano. No le gustaba que lo tutearan. De pronto levantó el brazo y señaló de nuevo el árbol. “La tropa acampó atrás -dijo-. El general estaba muy enfermo y pasó la noche abajo de ese árbol. No tenían ni una gota de agua y todos se pusieron a rezar para que lloviera.”Hubo un largo silencio hasta que apareció un muchachón con un balde de agua y se paró bajo el marco de la puerta. “¿Y, llovió mucho?”, preguntó el industrial, burlón, mientras contaba dos billetes más. “Ni una gota”, contestó mi viejo y movió la cabeza, desconsolado por la triste suerte del general. “Mandó hacer un pozo para buscar agua y enterrar a los soldados que se le morían.”Yo me di cuenta enseguida de que tampoco esa noche iba a tener helado. Mi viejo se calzó el sombrero con un gesto cansado mientras se escuchaban las risas de las mujeres y los arrumacos del trío Los Panchos. “No se conseguía agua metiendo la mano en el bolsillo, señor”, dijo mi viejo. El tipo extendió el brazo con la plata y mi viejo dio un paso atrás. “Mirá -se empezó a cansar el otro-, el gobernador está adentro, así que tomatelás, ¿sabés? Rajá si no querés perder el empleo.” Mi padre me tomó de un hombro y empezamos a salir. Entonces llegó el baldazo y sentí que a mí también me salpicaba el chapuzón de mi padre. Salí corriendo pero mi viejo hizo como si nada hubiera pasado. El industrial y el otro largaron la carcajada y la puerta se cerró de golpe. Ya tenían algo para contarle al gobernador y reírse toda la noche al borde de la pileta.Cruzamos la calle en silencio. Al llegar a la esquina no pude contenerme y me eché a llorar como un tonto. Mi viejo caminaba cabizbajo pero imperturbable y fue a sentarse bajo el árbol donde según él había pasado la noche el general Belgrano. Prendió un cigarrillo, sacó el talonario y escribió la multa con una letra redonda y clara que siempre le envidié. El cielo estaba estrellado y hacía un calor de infierno. Justo para estar al lado de la pileta tomando un helado. “No le cuentes nada a mamá, ¿querés?”, me dijo. Yo pensaba en los billetes marrones y en los días que faltaban para fin de mes, cuando traía su sueldo de morondanga. Por decir algo le pregunté cómo había hecho Belgrano para conseguir agua.-No sé, hijo; en cada puerta que golpeaba le tiraban un balde con mierda.Se puso de pie, se quitó el saco para escurrirlo y me pidió que le inventáramos a mi madre un accidente con el camión regador. Ya nos íbamos cuando de repente se paró a mirar la copa del árbol.-¿Trajiste la gomera? -me preguntó.Le dije que sí y se la pasé con la bolsita de piedras que llevaba bien agarrada al cinturón.Dejó el saco sobre un arbusto y empezó a trepar por el tronco. No estaba para esos trotes pero alcanzó a ganar la primera rama y de ahí pasó a otra más alta hasta que empecé a perderlo de vista. Tenía miedo de que se cayera y se rompiera algo, como le había pasado otras veces. Empecé a imaginar a Belgrano encaramado al árbol, oteando el horizonte, enfermo y sucio, con el pantalón blanco, la chaqueta azul y el poncho colorado.Entonces escuché un ruido de vidrios rotos y enseguida una lámpara hecha añicos y otra que reventaba. Me di vuelta y vi que la casa de la piscina se quedaba a oscuras. Busqué a mi padre entre el follaje del árbol y de pronto lo oí desplomarse a mi lado con la gomera en la mano. Esta vez cayó de pie y con la cara iluminada.
-Dale -me dijo en voz baja-. Vamos a tomar un helado.

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si un arbol cae en el bosque y nadie lo escucha no hay sonido.Comentame que me gusta

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