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un cuento de la otra. Mujeres que quieren hacer llover.

Las hacedoras de lluvia.

Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible
 por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior,
 piense en un pato cubierto de hormigas 
o en esos golfos del estrecho de Magallanes
 en los que no entra nadie, nunca
Julio Cortazar

Saltó de la cama. El reflejo la expulsó del profundo sueño en el instante que precede a piyarse encima, como cuando niña.

Por soñar tanto con la lluvia.

Y si acaso era solo dejarse ir, en el sueño el agua rugía y ella estaba en el baño, llovía tanto y tan tibio que mojarse las piernas hubiera sido justicia.

Con la casa y sus ocupantes dormidas –una casa de mujeres- alboreando enero, envuelta en bochornosos calores y nada de agua, despertarse a la madrugada, sin pájaros avisando de la hora, solo podía ser mágico a su edad, los once.

Se puso por arriba de la cabeza un vestidito de algodón floreado, (tan liviano que de tenerlo que sopesar hubieran pensado en un pañuelo); con eso y descalza ya estaba vestida de mañanitas. En la heladera la botella de agua estaba vacía y fría. Se puso un cubito en la boca, y chupándolo, tuvo la revelación de que tenia que hacer llover

Había que hacer llover, a como sea, para trocar los gestos , para dejar de escuchar el miedo a las pérdidas, para olvidarse de la lluvia que era, en su ausencia, omnipresente.

Las Dalias era campo. Que no engañen las pretensiones de ciudad de estas gentes, descendientes de colonos, con su club social y sus cuatro por cuatro, porque atrás de cada hijo en la universidad, hay un viejo que mira el cielo y pondera el clima y hace cuentas.

Las Dalias era siembra y animales y mas allá de las tres o cuatro familias ricas, el resto acomodado se tiraba todo arriba con la buena cosecha e iba a pura perdida en una racha de seca.. Para ser claro, estaban cagados, ya se hablaba de vacas muertas, de que todo estaba bien jodido, de que no habría vuelta. Gente que, como los antiguos, cifraban sus esperanzas en la lluvia.

Por los jornaleros y los chacareros y por su familia –que no vivía del campo, pero si- había que hacer llover.

La brisa de la madrugada, caliente y seca, la llevaba como levitando por la casa dormida, después de una noche infinita de sabanas revueltas y sueños con lluvia.

Ni siquiera la posibilidad de ir al río, porque ¿Quién tuviera ganas de verlo tan cinta de agua, a este río de Las Dalias que supo tragarse carpa y veraneantes camino a las sierras?

Las ganas de hacer llover le subían por las patitas flacas, se redondeaban en las rodillas, le daban asco en el vientre y se acomodaban entre los pechos planos, como un dolor, maullándole en el corazón.

Se sentó en la galería , las reposeras olvidadas con la módica roña (cigarrillos vasos medio vacíos) dejada por las amigas de sus hermanas. El día empezaba a pedir paso: algunos pájaros rompebolas piaban pidiendo agua, ruidos de autos en la ruta, perros.

Las buenas artes no se aprenden en los libros. Habrá que conseguir maestros o hacer de la necesidad virtud y encontrar habilidades dentro de si.

Hacer llover es como parir, una profesión de mujeres.
Y con toda la mañana por delante ( y quien dice la mañana dice la vida) empezó a llorar como si se hubieran calzado dos canillas en los agujeros de los ojos, esperando que el cielo la imitara.

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si un arbol cae en el bosque y nadie lo escucha no hay sonido.Comentame que me gusta

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