eramos tan jovenes·textos de otros·tiempo

la autentica religiosidad.


Algunos dicen que la Patria es la Infancia. Alli, en esa zona, aprendí a izar la bandera ,y cada dia mirar arriba para verla flamear, a cantar canciones patrias, y pensar en Vilcapugio y en el desastre de Cancha Rayada, y en valientes criollos tirando aceite de las terrazas para auyentar al ingles. En todo caso, una versión de la Patria, está en la Infancia. Hubo otras.

Tambien la religión es la Infancia. Fui criada -como casi todos los de acá, cualquier cosa que eso signifique- en un hogar de tradición catolica, donde se cumplía con Dios poniendo un crucifijo en el dormitorio (los jovenes no lo podran creer pero en casi todas las casas habia un motivo religioso sobre la cama matrimonial), bautizando a la cría y mandándolos años después al catecismo, con vestido de comunión y limosnero con tarjetitas incluído en el paquete. La cosa con la religión seguía cuando te casabas por iglesia y esa era la manera que las minas de mi generación  comenzaban  el gran ritual de irse de la casa. Cosas de un tiempo que ya no es, pero lo he vivido y estoy para contarlo.

La religion es la infancia y a los diez, once años, yo iba sola o con amigas a la iglesia, especialmente en el Domingo de Ramos.A mi vieja la religiosidad no le daba para acompañarme, en realidad no eramos religiosos, nunca lo fuimos ni lo seremos. Me parece que estaba en el contrato social de entonces. No se crean que ahora todo es mas libre, entonces a los diez las pibas se movian solas en la calle, sin adultos responsables, de aqui para alla. Y minga de telefonos para confirmar que llegaste.  A los once iba al cine con amigas, a la iglesia, y a hacer las compras Todas lo haciamos y tambien andabamos en bicicleta por el placer de andar. La calle era nuestra en la infancia, ahora todos parecen niños cautivos en las ciudades.

Y en esa infancia el domingo de Ramos era conseguir ramos de Olivo y después hacerte la buena regalandolo a las viejas del barrio, que te lo  pedian pero no iban a la iglesia ni en pedo. Lo colgaban en los crucifijos de los dormitorios y que el diablo se ahuyente solo.

Mi vieja no tiraba el olivo del año anterior, creo que habia que quemarlo.  Porsia.

Pero cuando ahora digo Pascua, inmediatamente me acuerdo de este cuento de La muerte y otras sorpresas, un libro de Benedetti, a quien he leido tanto en mi epoca de la secundaria. Digo Pascua, y antes de pensar en huevos de chocolate, pienso en Sabado de  Gloria.

Sábado de Gloria
Mario Benedetti

Desde antes de despertarme, oí caer la lluvia. Primero pensé que serían las seis y cuarto de la mañana y debía ir a la oficina pero había dejado en casa de mi madre los zapatos de goma y tendría que meter papel de diario en los otros zapatos, los comunes, porque me pone fuera de mí sentir cómo la humedad me va enfriando los pies y los tobillos. Después creí que era domingo y me podía quedar un rato bajo las frazadas. Eso -la certeza del feriado- me proporciona siempre un placer infantil. Saber que puedo disponer del tiempo como si fuera libre, como si no tuviera que correr dos cuadras, cuatro de cada seis mañanas, para ganarle al reloj en que debo registrar mi llegada. Saber que puedo ponerme grave y pensar en temas importantes como la vida, la muerte, el fútbol y la guerra.Durante la semana no tengo tiempo. Cuando llego a la oficina me esperan cincuenta o sesenta asuntos a los que debo convertir en asientos contables, estamparles el sello de contabilizado en fecha y poner mis iniciales con tinta verde. A las doce tengo liquidados aproximadamente la mitad y corro cuatro cuadras para poder introducirme en la plataforma del ómnibus. Si no corro esas cuadras vengo colgado y me da náusea pasar tan cerca de los tranvías. En realidad no es náusea sino miedo, un miedo horroroso.Eso no significa que piense en la muerte sino que me da asco imaginarme con la cabeza rota o despanzurrado en medio de doscientos preocupados curiosos que se empinaran para verme y contarlo todo, al día siguiente, mientras saborean el postre en el almuerzo familiar. Un almuerzo familiar semejante al que liquido en veinticinco minutos, completamente solo, porque Gloria se va media hora antes a la tienda y me deja todo listo en cuatro viandas sobre el primus a fuego lento, de manera que no tengo más que lavarme las manos y tragar la sopa, la milanesa, la tortilla y la compota, echarle un vistazo al diario y lanzarme otra vez a la caza del ómnibus. Cuando llego a las dos, escrituro las veinte o treinta operaciones que quedaron pendientes y a eso de las cinco acudo con mi libreta al timbrazo puntual del vicepresidente que me dicta las cinco o seis cartas de rigor que debo entregar, antes de las siete, traducidas al ingles o al alemán.

Dos veces por semana, Gloria me espera a la salida para divertirnos en un cine donde ella llora copiosamente y yo estrujo el sombrero o mastico el programa. Los otros días ella va a ver a su madre y yo atiendo la contabilidad de dos panaderías, cuyos propietarios -dos gallegos y un mallorquín- ganan lo suficiente fabricando bizcochos con huevos podridos, pero mas aún regentando las amuebladas más concurridas de la zona sur. De modo que cuando regreso a casa, ella esta durmiendo o -cuando volvemos juntos- cenamos y nos acostamos en seguida, cansados como animales. Muy pocas noches nos queda cuerda para el consumo conyugal, y así, sin leer un solo libro, sin comentar siquiera las discusiones entre mis compañeros o las brutalidades de su jefe, que se llama a sí mismo un pan de Dios y al que ellos denominan pan duro, sin decirnos a veces buenas noches, nos quedamos dormidos sin apagar la luz, porque ella quería leer el crimen y yo la página de deportes.

Los comentarios quedan para un sábado como este. (Porque en realidad era un sábado, el final de una siesta de sábado.) Yo me levanto a las tres y media y preparo el té con leche y lo traigo a la cama y ella se despierta entonces y pasa revista a la rutina semanal y pone al día mis calcetines antes de levantarse a las cinco menos cuarto para escuchar la hora del bolero. Sin embargo, este sábado no hubiera sido de comentarios, porque anoche después del cine me excedí en el elogio de Margaret Sullavan y ella sin titubear, se puso a pellizcarme y, como yo seguía inmutable, me agredió con algo más temible y solapado como la descripción simpática de un compañero de la tienda, y es una trampa, claro, porque la actriz es una imagen y el tipo ese todo un baboso de carne y hueso. Por esa estupidez nos acostamos sin hablarnos y esperamos una media hora con la luz apagada, a ver si el otro iniciaba el trámite reconciliatorio. Yo no tenía inconveniente en ser el primero, como en tantas otras veces, pero el sueño empezó antes de que terminara el simulacro de odio y la paz fue postergada para hoy, para el espacio blanco de esta siesta.

Por eso, cuando vi que llovía, pensé que era mejor, porque la inclemencia exterior reforzaría automáticamente nuestra intimidad y ninguno de los dos iba a ser tan idiota como para pasar de trompa y en silencio una tarde lluviosa de sábado que necesariamente deberíamos compartir en un departamento de dos habitaciones, donde la soledad virtualmente no existe y todo se reduce a vivir frente a frente. Ella se despertó con quejidos, pero yo no pensé nada malo. Siempre se queja al despertarse.

Pero cuando se despertó del todo e investigué en su rostro, la noté verdaderamente mal, con el sufrimiento patente en las ojeras. No me acordé entonces de que no nos hablábamos y le pregunté qué le pasaba. Le dolía en el costado. Le dolía muy fuerte y estaba asustada.

Le dije que iba a llamar a la doctora y ella dijo que sí, que la llamara en seguida. Trataba de sonreír pero tenía los ojos tan hundidos, que yo vacilaba entre quedarme con ella o ir a hablar por teléfono. Después pensé que si no iba se asustaría más y entonces bajé y llamé a la doctora.

El tipo que atendió dijo que no estaba en casa. No sé por qué se me ocurrió que mentía y le dije que no era cierto, porque yo la había visto entrar. Entonces me dijo que esperara un instante y al cabo de cinco minutos volvía al aparato e inventó que yo tenia suerte, porque en este momento había llegado. Le dije mire qué bien y le hice anotar la dirección y la urgencia.

Cuando regresé, Gloria estaba mareada y aquello le dolía mucho más. Yo no sabía qué hacer. Le puse una bolsa de agua caliente y después una bolsa de hielo. Nada la calmaba y le di una aspirina. A las seis la doctora no había llegado y yo estaba demasiado nervioso como para poder alentar a nadie. Le conté tres o cuatro anécdotas que querían ser alegres, pero cuando ella sonreía con una mueca me daba bastante rabia porque comprendía que no quería desanimarme. Tomé un vaso de leche y nada más, porque sentía una bola en el estómago. A las seis y media vino al fin la doctora. Es una vaca enorme, demasiado grande para nuestro departamento. Tuvo dos o tres risitas estimulantes y después se puso a apretarle la barriga. Le clavaba los dedos y luego soltaba de golpe.

Gloria se mordía los labios y decía sí, que ahí le dolía, y allí un poco mas, y allá mas aun.

Siempre le dolía más.

La vaca aquella seguía clavándole los dedos y soltando de golpe. Cuando se enderezó tenía ojos de susto ella también y pidió alcohol para desinfectarse. En el corredor me dijo que era peritonitis y que había que operar de inmediato. Le confesé que estábamos en una mutualista y ella me aseguró que iba a hablar con el cirujano.

Bajé con ella y telefoneé a la parada de taxis y a la madre. Subí por la escalera porque en el sexto piso habían dejado abierto el ascensor. Gloria estaba hecha un ovillo y, aunque tenía los ojos secos, yo sabía que lloraba. Hice que se pusiera mi sobretodo y mi bufanda y eso me trajo el recuerdo de un domingo en que se vistió de pantalones y campera, y nos reíamos de su trasero saliente, de sus caderas poco masculinas.

Pero ahora ella con mi ropa era sólo una parodia de esa tarde y había que irse en seguida y pensar.

Cuando salíamos llegó su madre y dijo pobrecita y abrígate por Dios. Entonces ella pareció comprender que había que ser fuerte y se resignó a esa fortaleza. En el taxi hizo unas cuantas bromas sobre la licencia obligada que le darían en la tienda y que yo no iba a tener calcetines para el lunes y, como la madre era virtualmente un manantial, ella le dijo si se creía que esto era un episodio de radio. Yo sabía que cada vez le dolía más fuerte y ella sabía que yo sabía y se apretaba contra mí.

Cuando la bajamos en el sanatorio no tuvo más remedio que quejarse. La dejamos en una salita y al rato vino el cirujano. Era un tipo alto, de mirada distraída y bondadosa. Llevaba el guardapolvo desabrochado y bastante sucio. Ordenó que saliéramos y cerró la puerta.

La madre se sentó en una silla baja y lloraba cada vez más. Yo me puse a mirar la calle; ahora no llovía.

Ni siquiera tenía el consuelo de fumar. Ya en la época de liceo era el único entre treinta y ocho que no había probado nunca un cigarrillo. Fue en la época de liceo que conocí a Gloria y ella tenía trenzas negras y no podía pasar cosmografía. Había dos modos de trabar relación con ella. O enseñarle cosmografía o aprenderla juntos. Lo último era lo apropiado y, claro, ambos la aprendimos.

Entonces salió el médico y me preguntó si yo era el hermano o el marido. Yo dije que el marido y él tosió como un asmático. “No es peritonitis”, dijo, “la doctora esa es una burra”. “Ah”, “Es otra cosa. Mañana lo sabremos mejor.” Mañana. Es decir que. “Lo sabremos mejor si pasa esta noche. Si la operábamos, se acaba. Es bastante grave pero si pasa hoy, creo que se salva”.

Le agradecí -no sé qué le agradecí- y el agregó: ” La reglamentación no lo permite, pero esta noche puede acompañarla.” Primero pasó una enfermera con mi sobretodo y mi bufanda. Después pasó ella en una camilla, con los ojos cerrados, inconsciente.

A las ocho pude entrar en la salita individual donde habían puesto a Gloria. Además de la cama había una silla y una mesa. Me senté a horcajadas sobre la silla y apoyé los codos en el respaldo. Sentía un dolor nervioso en los párpados, como si tuviera los ojos excesivamente abiertos. No podía dejar de mirarla. La sábana continuaba en la palidez de su rostro y la frente estaba brillante, cerosa. Era una delicia sentirla respirar, aun así con los ojos cerrados. Me hacía la ilusión de que no me hablaba sólo porque a mí me gustaba Margaret Sullavan, de que yo no le hablaba porque su compañero esa simpático. Pero, en el fondo, yo sabía la verdad y me sentía como en el aire, como si este insomnio fuera una lamentable irrealidad que me exigía esta tensión momentánea, una tensión que de un momento a otro iba a terminar.

Cada eternidad sonaba a lo lejos un reloj y había transcurrido solamente una hora. Una vez me levanté y salí al corredor y caminé unos pasos. Me salió un tipo al encuentro, mordiendo un cigarrillo y preguntándome con un rostro gesticuloso y radiante “Así que usted también está de espera?” Le dije que sí, que también esperaba. “Es el primero”, agrego, “parece que da trabajo”. Entonces sentí que me aflojaba y entré otra vez en la salita a sentarme a horcajadas en la silla. Empecé a contar las baldosas y a jugar juegos de superstición, haciéndome trampas. Calculaba a ojo el número de baldosas que había en una hilera y luego me decía que si era impar se salvaba. Y era impar. También se salvaba si sonaban las campanadas del reloj antes de que contara diez. Y el reloj sonaba al contar cinco o seis. De pronto me hallé pensando: “Si pasa de hoy…” y me entró el pánico. Era preciso asegurar el futuro, imaginarlo a todo trance. Era preciso fabricar un futuro para arrancarla de esta muerte en cierne. Y me puse a pensar que en la licencia anual iríamos a Floresta, que el domingo próximo -porque era necesario crear un futuro bien cercano- iríamos a cenar con mi hermano y su mujer y nos reiríamos con ellos del susto de mi suegra, que yo haría pública mi ruptura formal con Margaret Sullavan, que Gloria y yo tendríamos un hijo, dos hijos, cuatro hijos y cada vez yo me pondría a esperar impaciente en el corredor.

Entonces entró una enfermera y me hizo salir para darle una inyección. Después volví y seguí formulando ese futuro fácil, transparente. Pero ella sacudió la cabeza, murmuró algo y nada más.

Entonces todo el presente era ella luchando por vivir, sólo ella y yo y la amenaza de la muerte, sólo yo pendiente de las aletas de su nariz que benditamente se abrían y se cerraban, sólo esta salita y el reloj sonando.

Entonces extraje la libreta y empecé a escribir esto, para leérselo a ella cuando estuviéramos otra vez en casa, para leérmelo a mí cuando estuviéramos otra vez en casa.

Otra vez en casa. Qué bien sonaba. Y sin embargo parecía lejano, tan lejano como la primera mujer cuando uno tiene once años, como el reumatismo cuando uno tiene veinte, como la muerte cuando sólo era ayer. De pronto me distraje y pensé en los partidos de hoy, en si los habrían suspendido por la lluvia, en el juez inglés que debutaba en el Estadio, en los asientos contables que escrituré esta mañana.

Pero cuando ella volvió a penetrar por mis ojos, con la frente brillante y cerosa, con la boca seca masticando su fiebre, me sentí profundamente ajeno en ese sábado que habría sido el mío.

Eran las once y media y me acordé de Dios, de mi antigua esperanza de que acaso existiera. No quise rezar, por estricta honradez. Se reza ante aquello en que se cree verdaderamente. Yo no puedo creer verdaderamente en él. Sólo tengo la esperanza de que exista. Después me di cuenta de que yo no rezaba sólo para ver si mi honradez lo conmovía. Y entonces recé. Una oración aplastante, llena de escrúpulos, brutal, una oración como para que no quedasen dudas de que yo no quería no podía adularlo, una oración a mano armada. Escuchaba mi propio balbuceo mental, pero escuchaba sólo la respiración de Gloria, difícil, afanosa. Otra eternidad y sonaron las doce. Si pasa de hoy.

Y había pasado. Definitivamente había pasado y seguía respirando y me dormí. No soñé nada.

Alguien me sacudió el brazo y eran las cuatro y diez. Ella no estaba. Entonces el médico entró y le preguntó a la enfermera si me lo había dicho. Yo grité que sí, que me lo había dicho -aunque no era cierto- y que él era un animal, un bruto más bruto aún que la doctora, porque había dicho que si pasaba de hoy, y sin embargo. Le grité, creo que hasta lo escupí frenético, y él me miraba bondadoso, odiosamente comprensivo, y yo sabía que no tenía razón, porque el culpable era yo por haberme dormido, por haberla dejado sin mi única mirada, sin su futuro imaginado por mí, sin mi oración hiriente, castigada.

Y entonces pedí que me dijeran en dónde podía verla. Me sostenía una insulsa curiosidad por verla desaparecer, llevándose consigo todos mis hijos, todos mis feriados, toda mi apática ternura hacia Dios.

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Cuentos de pueblo.


En los noventa, donde los que podían veranear se iban al extranjero y las casas compradas por  padres de familia de la clase media para llevar a los hijos, tenían carteles de venta que envejecían sin encontrar compradores, en ese entonces, Marymar era casi un pueblo obrero. De mar y proveedor de mano de obra barata para los otros pueblos de la costa, pueblos con negocios se abrían y se cerraban ante la falta de éxito. Montones de kioskos fueron el destino final donde naufragaron  indemnizaciones por despido sumadas al sueño de vivir cerca del mar, para ser mejor persona.

Yo mismo me vine para acá para eso.

Cuando le hicieron el monolito al pendejo  que tuvo el mal sino de morirse solo, como un perro de playa, Marymar agonizaba; sin embargo siguiendo la misma trayectoria que la Argentina toda,  en los últimos años se vio acá un repunte. Nunca llegarà a ser Las Gaviotas,  ni Costa del Este : no està en su naturaleza. Pero el mar es el mismo, el mar es el mismo.

Nuevas casas se van alzando en la linea del horizonte, todas a medio terminar, todas de avance lento, y la alta gama brilla por su ausencia. Sin embargo, en unos cuatro o cinco lotes donde había solo tamarindos y cortaderas en poco mas de cinco meses el anteaño levantaron un spa. Los notables en la mesa del Miramar, afirman sin pruebas que la obra se  hizo con la plata de la droga,  del lavado de dinero de la política y que a los que lo pusieron les importa un pito su rentabilidad. Pero el spa está y hasta me dijeron que tiene una pagina en internet, con ofertas y todo. El South Sea.

Del Miramar podría hablar bastante. Voy allì cada tarde en invierno y en verano. Lo pusieron dos putos jubilados de docentes, con cierto gusto, como remedando bares viejos, pero sin gastar mucho. Uno cocinaba hasta que se fue y el que quedó le dio la consesion a Bursatti, que habia sido gastronómico y tan mal no lo hace. Por lo menos el cafe es bueno y hay unas aceptables medialunas que tiene congeladas y que cada tarde cocina y sirve calientes. El Miramar, contrariando su nombre, no mira al mar,  se encuentra en la calle ancha y de tierra que comunica con la once y la parada de los buses.

El municipio quiere hacer buena letra y tenemos un consejal kirchnerista que antes fue duhaldista, que consiguió que pasen la maquina por las calles cada día y ahora hay mas alumbrado y hasta no se que escuché hablar de que van a poner wi fi gratis para atraer turistas. Una pelotudez. No es prioridad para la gente que vive todo el año, unas cincuenta familias, contando algunas como la mia que son familia de un solo tipo, aunque debo decir que mas de un fin de semana tengo una bombachita colgando de la canilla. Entonces no voy al Miramar y los notables hacen chistes guarangos sobre mis ausencias. Yo me agrando por eso.

Pero lo que queria hablar es del Spa. Tiene un cartel elegante que dice algo asi como Spa de Mar y el nombre, ya lo dije,  South Sea. Los de acá, salvo los que hicieron changas de electricidad y albañileria en obra, no entramos nunca. Y los que estuvieron hablan de mucho durlok, de una pileta azulejada moderna, poco mas.

Por eso cuando Lorena se ofreció para trabajar y la tomaron yo me puse contento. Había terminado la secundaria en San Clemente y el ùnico destino que podiamos imaginarle en el Miramar era el exilio y el olvido del pueblo.

Lorena empezó a cobrar sueldo aun antes de que hubiera clientas, aprendiendo de memoria el trato que esperaban, y las particularidades del masaje con piedras calientes o la talasoterapia. Ella fue la que me contó de como lloraba la sirena.

Las minas empezaron a caer, de cuarentonas para arriba, y con guita. No bajaban  del Micromar, y  es probable que las trajeran de la terminal de San Clemente con combi, porque si se tomaban el micro y tenian que ir caminando hasta el South Sea la mayor parte de ellas se podia tomar el raje. De esta manera aterrizaban en el lugar y la vista al mar es esplendida. El mar tiene eso, hace del horizonte un lujo.

Y en uno de esos grupos vino la Sirena. Lorena dice que pagaba una pieza doble y que no comìa en el restó del complejo, ni recibia viandas light, que era otra de las ofertas del lugar. Las viandas light las armaba la mujer del lungo Arbetti, que trabajaba en la cocina gracias a una conexion de no se quien. Por el Miramar tampoco pasaba, ni la vieron en la pizeria, ni en el mercadito. Después del verano no hay ninguna otra opción.

Lorena me cuenta que era dificil darle la edad a la Sirena, y ni siquera  sabia como se llamaba porque su trabajo consistia en dar horarios y  registrar el nombre de las que tomaban servicios no incluidos en el paquete general, cosas como reflexologia o masaje descontracturante o reiki. La sirena se pasaba el dia en la pileta, y sobre todo flotaba.

Evadia todo contacto  con las otras, las charlas sobre el tiempo o las ventajas de usar cremas de marca o los maricones que estaban los hombres de un tiempo a esta parte.

La Sirena flotaba. Lorena desde su cubiculo la miraba con discreciòn. Y suponia que lloraba, aunque dice que es dificil darse cuenta cuando alguien tiene la cara mojada por el agua y no hace hipos ni derrapa en ademanes exagerados. La sirena lloraba quedamente.

A la hora de cerrar el spa, cuando todas volvian a sus cuartos para dormir, mirar television o pensar en lo inutil de la vida, a ella habia que sacarla del agua, con discresión, señora, en diez minutos cierra el natatorio.

Era una reina saliendo del agua. En vez de tener los dedos arrugaditos y la mirada roja por el cloro, ella parecia recien nacida, me decia Lorena, que nunca fue exagerada y no es afecta a las historias, porque recien empieza a vivir.

El cuento es que una tarde de sol, de esas de otoño, como la de hoy, pero el año pasado, cálida, casi como un regalo del verano que se habia ido, en vez de ir a la pileta, la sirena se fue para el mar. Ese dia en la pileta del spa no habia nadie, porque la empresa habia armado un tour para ir al Faro en un jeep del tiempo de la guerra y las diez minas que estaban alojadas agarraron viaje.  La sirena no.

Lorena se puso a mirar desde el muro vidriado de la pileta a la Sirena en la playa. El mar estaba calmo y el viento era como un amigo. Y a las cinco de la tarde, -las del faro estaban por llegar- la Sirena que lloraba se metio al mar. No era hora, convengamos, en otoño y a las cinco. No tuvo ninguna de las vacilaciones que todos tenemos por el agua fría que nos caracteriza Elegantemente, si fuera un desfile la sirena se metio en el mar. Y nadó para adentro.

Y de ahi no salio.  Por eso Lorena se fue este año a estudiar a Mar del Plata. En la pieza no habia nada, y la Empresa, sin que nadie los contradiga con reclamos, sugirió que la mina se fue por su cuenta, descortesmente, sin avisar, y sin dejar deuda alguna. La supervisora dice que las mujeres que no alternan con otras se aburren, que hay que diseñar actividades de encuentro.

Yo en tardes como esta me siento en el monolito de cemento de la playa, a una cuadra de donde Lorena dice que vio meterse en el agua a la sirena y espero.

Eso.

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vuelve el Palacio del Rocanrroll señores, o uds. que se creìan?


Este  blog tiene un tag, o etiqueta o llamalo H conocido como El palacio del rocanroll. Es un sitio absolutamente arbitrario de la estirpe argenta que puede llamar rocanrroll desde una balada a un guaino. Es que el espiritu rocker anida en cualquier sonsonete. Se trata de actitud.
Este blog retro fue muy generoso con algunos interpretes y absolutamente mezquino con otros: Vox Dei es uno de los que menos ha favorecido y si uds. supieran lo que eran entonces!
Ayer, por esas cosas que tiene la vida, escuche acustico,en un cumpleaños, con una guitarra criolla prestada, la maravillosa voz de Ariel Prat dandole a esta canciòn. La versiòn era delicada. Mejor que la original. Pero, ay, no está en el mercado.
¿de que hablo? Suenen trompetas: el Palacio presenta “sin separanos mas”

 

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entonces la sangre derramada no serà negociada


Sostengo unas pocas causas permanentes :  en el terreno político me considero una pelotuda,  a excepción del rechazo consistente a la Dictadura genocida

Para ellos, los militares,  ninguna indulgencia, ningun atenuante, ningun contexto legitimador.
Para ellos, hijos de puta,  la cárcel, el oprobio y la Memoria permanente del latrocino y el asesinato de argentinos.
Me emociona el recuerdo de un pendejito corriendo con una banderita por los jardines de la ESMA, un 24 de marzo,  un simbolo, nomas. No lo olvidaré.
Me hice Kirchnerista por el gesto sutil de hacer bajar el cuadro de Videla, como ningun otro gesto.

En el día de la Memoria, la Verdad y la Justicia, y para  quien no leyó, un pequeño fragmento de La Sangre Derramada,  el libro de Feinmann.Es que acá, en el no soy,sabemos quienes somos  y somos lo que deberíamos, cuando recordamos con respeto a los 30.000 compañeros desaparecidos. Presentes, claro, ahora y siempre.

 

Hemos encontrado la frase la sangre derramada en el Plan de Moreno y en el Mensaje a la Tricontinental de Guevara. Se la puede encontrar en infinidad de textos. Sería absurdo no asumir que, entre nosotros, remite, sí, a los setenta, a la izquierda peronista y a los Montoneros. Tanto remite, que cuando alguien dice la sangre derramada añade casi mecánicamente no será negociada. Ya que no era otra la fragorosa consigna de los militantes juveniles del peronismo setentista: la sangre derramada no será negociada.

No negociar la sangre era no traicionar a los caídos. Era la expresión máxima del respeto que se les debía a los muertos. Habían muerto por algo, por la causa, por el juramento esencial. No traicionar el juramento por el que habían caído era no traicionarlos a ellos. Toda militancia implica un juramento. Es el juramento de fidelidad a los objetivos esenciales compartidos. Todos se unieron para luchar por algo. Ese algo es el juramento. Algunos llegaron al extremo (siempre identificado con la gloria y el martirologio) de morir por él, de derramar por él su sangre. Los que siguen vivos no deben traicionar esa sangre derramada. Para hacerlo no deben traicionar el juramento esencial por el que esa sangre se derramó. Para no traicionar el juramento no deben arrojarlo sobre la mesa de negociaciones. No deben negociarlo. Porque si lo hicieran negociarían la sangre derramada. Y la consigna que totaliza al juramento, la que lo consolida desde el espacio de la ética, desde el lugar de la praxis es, precisamente, la que niega esa posibilidad. La que afirma: la sangre derramada no será negociada. (Aquí, en rigor, no hacemos referencia sólo a la izquierda peronista, sino a todo grupo que apela a la violencia consolidándose por medio de un juramento originario.)

La sangre derramada lleva el juramento a un punto de no retorno. Antes de la sangre el juramento ya estaba, ya que sin juramento no hay grupo militante constituido. Pero es la sangre la que consolida al juramento desde la praxis, desde la tragedia, desde el peso ontológico de la muerte. Una vez que alguien ha muerto por el juramento quien lo traiciona también merece morir. La sangre, por decirlo así, extrema el extremismo del juramento. Le otorga a la praxis la dimensión de lo épico, de lo trágico, de lo extremo, de lo inmodificable, de lo innegociable, del no retorno. La palabra traición cobra todo su desmesurado espesor desde esta arista: negociar la sangre es –simultáneamente– traicionar el juramento y traicionar a quien dio la vida por él. Una doble traición. No es azaroso que semejante traición reclame –en casi todo grupo consolidado en torno al juramento y la sangre– la vida del traidor.

 

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Estupidas canciones de amor.


Parece que las estupidas canciones de amor,no son cosas de los boleristas unicamente, de los melosos melodicos o de los lentos sin remedio.
Las estupidas canciones de amor son transversales, las podes encontrar como mugre en cualquier esquina.

esta es una

y aca va la letra, señores, de Esa estrella era mi lujo, redondez al palo

Era todo?, pregunté
(soy un iluso)
no nos dimos nada más
sólo un buen gestoMordí el anzuelo una vez más
(siempre un iluso)
nuestra estrella se agotó
y era mi lujoElla fue por esa vez
mi héroe vivo
Bah! Fue mi único héroe en este lío
la más linda del amor
que un tonto ha visto soñar
metió mi rock’n roll bajo este pulso.
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un viejo recuerdo de la Colonia Caroya.


un verano muy lejano con mi buenamor nos fuimos a Cordoba, nuestra pequeña hija no caminaba aun, y queriamos hacer una excursion, basicamente ir a comprar salames a la Colonia Caroya, alla por Jesus Marìa a una hora de la casa de los tios abuelos. No era el tiempo de los salames ¿acaso ud. sabe que hay un tiempo propico para eso? Y a la hora la siesta la Colonia dormia y nosotros deambulabamos bajo los enormes platanos, umbrios que hacian soportable el bochorno de enero.
Recuerdo como si fuera ayer, como si fuera importante, que entramos en el Centro Friuliano, una asociacion de gringos que tenia un restaurant. El restaurant era manejado por una pareja tan joven como nosotros y nos invitaron a pasar a la casa trasera para que pudiera cambiar a la bebe, darle la teta. Recuerdo aun que el techo del dormitorio habia sido bajado con telas colgantes, algo absolutamente sofisticado para mi.
Sobre todo recuerdo volver, con el cochecito de bebe plegado en la caja de un camion que nos trajo de vuelta ese inolvidable dia que me acompaña aun, con salames comprados a destiempo, con el olor del vino de la colonia, con el latido de mi hija amamantada en cama ajena, y mi compañero caminando a mi lado abajo de la enramada de los arboles La memoria guarda recuerdos que vienen no se porque  a acobijarse en el presente,pidiendo paso desde el olvido

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sueños de juventud


Herman Melville, el escritor de la gran novela americana donde un tipo pelea con una ballena, pero que nos sirve para pensar el mar y otros asuntos impostergables, escribió con  navaja en su escritorio -tenia certezas o necesitaba recordárselo a si mismo- , la siguiente sentencia. “nunca olvides tus sueños de juventud”.
Yo creo que es rigurosamente cierta. Siempre y cuando la acompañemos de la complementaria “para llegar a ser quien seràs deberas olvidar tus sueños de juventud”. Cosas del zen.