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Las que mueren en la víspera. Hoy, Marta Lynch

Su nombre no significa nada para quien tenga menos de 40 años y no se interese en la historia de la literatura argentina.  Pero entre medio de las décadas del 60 y 70 ella aparecía, ubicua,  hablando en televisión o comentando en Radiolandia. Uno de sus textos,  incluso, fue novelado para la hora del te: la Sra. Ordoñez, y la protagonista era una Luisina Brando maquillada y con sombrero.

Nadie la recuerda, salvo sus contemporáneos y quizá en ese olvido hay  justicia, porque no era una gran escritora, yo creo que no, pero no lo puedo verificar repasando sus paginas, me pasa con los libros de Marta Linch que los he perdido en el camino y no los volveria a comprar. Eran best seller, y debía leerla si aspiraba a subirme, parada y al fondo, en el bondi de la cultura, lo que yo, entonces,  pensaba que era la cultura. Digo, no era una gran escritora: no recuerdo ni una linea de sus textos.

Se pegó un cuetazo por mano propia, simplemente porque no toleraba envejecer. Nunca fue linda- miro en sus fotos, su cara de caballo- pero además no tiene una mirada linda. Es que Marta Lynch amaba el poder y el ejercicio del poder, y eso afea a cualquiera, aunque te vistas de seda. Estuvo al lado de Frondizi, fue a Cuba como emisaria de vaya a saber que y supo escribir sobre Tania y el Che, volvió en el avion que trajo al Pocho, se revolcó en la oficina de Massera con la bombacha baja (y dicen que le escribia al Almirante, que vampirizaba todo lo que dios no le había dado y el diablo le mezquinaba y el ni siquiera leìa las cartas) y terminó al lado del Alfonso, haciendose cruces por la tortura y los desaparecidos.

Lacan afirma que la estética es el último velo frente a la castración, o a lo Real (al cadáver inimaginable que hay abajo del maquillaje) A Marta Linch la mató que el velo no velara. Envejecer con gracia no es para cualquiera. La Marta Lynch, señora de clase alta, con todos sus emblemas y blazones, siempre había mezquinado su fecha de nacimiento. Imaginense uds. a una mina que a los 30 no quiere decir su fecha de nacimiento: nada bueno podrá advenir. En los cuarenta años que pasaron entre el cenit de su belleza y su caída final  se dio el gusto de pavonearse desde el escaloncito de su clase social entre el pueblo, con voz engolada y modales a imitar por las parvenú. Igual no le sirvió de nada. No toleró la vida que se había inventado.

La crítica  podían decir desde “una de las grandes escritoras del siglo 20” a “escribe mal”. Uno de los pocos que la querían era Jorge Asis, que sacó la cara por ella y paradojicamente, también por Haroldo Conti y ayer lo vi en la tele, y  andaba haciendole cabriolas a la derecha en vivo . Si bien era famosa, y hoy en Puan alguien puede escribir alabanzas -los olvidados garpan- en el 78, en una reunión de escritoras latinoamericanas en Canadá, hizo elogios del proceso y muchas no la perdonaron: fue abucheada.

No la mató la guerrilla, ni la triple A, ni la juzgó la democracia, ni su marido la dejó sin herencia por haberlo cagado duro y parejo. No llegó a experimentar el olvido social, ni la miseria.  La mató la banalidad de creer que el ser que uno es se agota en la imagen que devuelve el espejo y el desinterés de los varones.

No es la amante del poder, ni la escritora, ni la mina de clase alta la que me hace pregunta. Me pregunto mas bien que veía en el espejo la Marta Lynch, a los sesenta, o tal vez desde muchísimo antes.

Dorian Grey, tal vez.

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2 comentarios sobre “Las que mueren en la víspera. Hoy, Marta Lynch

  1. Esta Marta, como aquella SIlvina Bullrich, que hacían del épater le bourgeois su prédica diaria, sin dejar de ser lo que eran. Pero ni siquiera con el estilo de la otra Silvina, la Ocampo, la hermana fea de Victoria, la eclipsada que sí escribía como los dioses. Yo tengo para mí que a Martita le llevó la mano al bufoso ese sentimiento de no haber sido y el dolor de ya no ser. Debe haber mirado sus arrugas en el azogue, porque no es espejo donde se miran estas minas, y habrá dicho: qué mierda fui, qué mierda soy. A la mierda con lo que puedo llegar a ser.
    Me lo llevo doña. Usté sabe que acostumbro cargar mi mochila en su casa cada dos por tres.

si un arbol cae en el bosque y nadie lo escucha no hay sonido.Comentame que me gusta

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