Uncategorized

confortablemente emputecido: el muerto sueño de las drogas en una maravillosa cancion de pink floyd


¿Hola?
¿Hay alguien ahí dentro?
Si me puedes oir solo hazme una señal con la cabeza
¿Hay alguien en casa?
Vamos, ahora
Oigo que estás triste
Bien, puedo aliviar tu dolor
Y volver a ponerte en pie
Relájate
Primero necesito alguna información
Sólo los esenciales
¿Puedes mostrarme dónde duele?

No hay dolor, Te estás alejando
Un barco distante, humo en el horizonte
Sólamente te recuperas por momentos
Tus labios se mueven pero no puedo escuchar lo que estás diciendo
Cuando era niño tuve fiebre
Mis manos se sentían como dos globos
Ahora una vez más tengo ese sentimiento
No lo puedo explicar, no lo entenderías
No es esto como soy
Me he quedado confortablemente adormecido

De acuerdo
Sólo un pequeño pinchazo
No habrá más ¡aaaaaaaaaah!
Pero te pondrías sentir un poco mal
¿Te puedes levantar?
Créo que está funcionando, bien
Esto te mantendrá en pleno funcionamiento hasta el fin del show
Vamos. Es hora de marchar

No hay dolor, Te estás alejando
Un barco distante, humo en el horizonte
Sólamente te recuperas por momentos
Tus labios se mueven pero no puedo escuchar lo que estás diciendo
Cuando era niño
Capté una fugaz vislumbre
desde el rabillo del ojo
Me giré para mirar pero se había ido
Ahora no lo puedo recordar
El niño ha crecido
El sueño se ha ido
Me he quedado confortablemente adormecido

 

Anuncios
Uncategorized

mientras para algunos se viene el apocalipsis zombie, otros festejan con alegria la permanencia del Kirchnerismo mas alla de la muerte del nestor


 me vienen cuentos de la gente que fue a la plaza para conmemorar o hacer el aguante por el aniversario de la muerte del Nestor. Lindos cuentos, de festejos con flores y madres con carrito, y mate. Leo en pagina 12 que Cristina ganarìa de nuevo las elecciones, segun un sondeo -tan artificial como cualquiera- porque mucha gente la seguiria votando.

Lo que yo me pregunto es que se puede hacer con personas como las que tengo que enfrentar a diario que sienten que se viene el apocalipsis zombie, que todo esta perdido, que tn puede desaparecer, que dios mio, que vamos a hacer con estos k, por la gloria de dios!!!. Digo, no es necesario que se vuelvan kichneristas, pero , loco, bajen un cambio Acaso no esperamos que se vaya Menem? Que esperen las elecciones, que propongan candidato, que se alineen a una propuesta politica, que hagan propuestas, que se sumen a una politica clara, etc. ¿es tan dificil?

Hablando de apocalipsis zombie, una propuesta para los opositores a Cristina, tomenla o dejenla, es solo una idea:

Hoy (tenes tiempo aun) esta la Zombie Walk Buenos Aires 2012

Hoy 28 de Octubre se realiza la marcha “Zombie Walk 2012” en en donde miles de personas, no vivientes recorrerán las principales calles de la ciudad de Buenos Aires en Argentina.
PIENSENLO, OPOSITORES A CRISTINA: HAY 13.OOO INSCRIPTOS ¡PODRIAN CAPITALIZAR ESA JUNTADA Y LES VENDRIA COMO ANILLO AL (iba a escribir orto, no corresponde, soy una señora)DEDO!!!

Cercano a Halloween encontrarás a zombies “en busca de conciencia, con la ropa destrozada y la mirada perdida, sin sentir frío, dolor o cansancio, gruñendo, gimiendo, aullando”. Se estimula a los participantes a “representarse a ellos mismos” mutados en zombies, evitando la proliferación de personajes históricos revividos (¡nada de Napoleones zombies!). Nos dice el sitio oficial  de la convocatoria.

Esta movilización que comenzó oficialmente hace 11 años en 2003, no solo es una reunión en donde hay desde madres con hijos, personas “a medio armar” y hasta un candidato presidencial todos zombies. La sugiero para periodistas, por ej. un Pablo Sirven zombie, o un Nelson Castro zombie o tal vez hasta un Santo Biassati zombie no necesitan mucha caracterizaciòn.

La cita es libre y abierta a toda la familia este domingo 28 de Octubre a las 15:00hs. en la Plaza San Martin en retiro,de la ciudad de Buenos Aires. y durará hasta las 19:00hs. aprox. con la llegada al Obelisco del centro de la ciudad.

Nosotros, los kirchneristas, fuimos -aunque yo no fui, fuimos corresponde- a las plazas ayer. Hoy se la cedemos.

Uncategorized

si algo ha cambiado, eso es nosotros: el otro cambio los que se fueron.


mis fotos personales, mi video personal, la musica que yo le elegì, mi recuerdo del dia que Kirchner partio y yo elegì ser una negra de mierda.

(publicado en el blog elojocondientes, octubre/2010) A la hora en que llegué a la plaza ya habían entrado los de la vigilia, los dolientes de la noche y yo me había comido varios sapos.

La mañana me empezó en el laburo cuando las recepcionistas me recibieron como después de un día feriado. Nada de caras compungidas. El termómetro del dolor popular daba gélido. Se habló algo de micros del sindicato, del trabajo a media máquina de los municipales (somos) en ese día. Un dolor ajeno, como suponete un temblor en Paquistán. No les incumbía ni para bien ni para mal. A mi sí me incumbía, entonces agarré mis cosas y me fui. Sola.

Tren a Constitución y subte. Los días de movilización hago el gesto de no pagar el pasaje, de ir en el mismo andén que aquellos que portan banderas y cañas largas tacuaras. Me gustan las multitudes, no  tengo pánico pequebu. Si no más bien todo lo contrario. Paso molinetes abiertos y me meto en un subte repleto. Saco alguna foto. Alguien cree identificarme por algunas pistas (¿la maquina digital, la cartera de cuero, muy blanquita quizá o simple cuestión de olfato?). Cree saber que aunque subí con ellos no soy ellos. Entonces me empieza a hablar, fastidiada la señora, de que había sacado pasajes, y no hacían falta. La mina buscaba cómplices, y yo terminé traicionándola. Me pregunta si estaba haciendo un documental, porque  la foto de la congestión humana del vagón. “Viajamos como sardinas” dice. Respondo con una sonrisa. Y sigue: “Yo no se a que va la gente, si Chiche dijo que el cajón está cerrado. Y que por ahí ni siquiera esta Kirchner adentro”. La miro raro y le digo fuerte, señora no escuche a Chiche que es un facho de mierda. Y la gente va porque hay que estar donde hay que estar. Creo que todavía no entendía que yo era de ellos, de los negros. Y sigue: “Yo no discrimino por bandera política (dice),ni color, ni raza. Yo lo escucho a Chiche por que es gracioso”.

Me acerco a un compañero trabajador, rogando  que le agarre vergüenza, que empiece a pensar que le puedo robar el celular o su conciencia, o la tierra de los zapatos, como decía Benedetti de las viejitas democráticas que porque escuchan radio Carve le tienen miedo al cambio.

Esperaba otra cosa, yo. Uno tiende a confundir su recorte de la realidad con la realidad. Y eso es peligroso. Entonces abandono toda esperanza y les cuento Yo vi dos microcentros. En uno, mucha gente (para que ahondar en un dato remanido) con rosas (cinco pesos las dos rosas), carteles, personas haciendo colas para acompañar, para respetar. Vi funcionarios de poco nivel con sus trajes con hombreras y unas caras de garca que daban pavura, tratándose de hacerse ver. Vi pibes universitarios y pibes pobres, caras de indios, de empleados públicos, de viejos a los que les paso de todo, de gente que recién empieza, cara de estudiantes de sociales, cara de obreros de sindicato. Todo. Ahí había respeto, ganas de participar y cuidado que no les colaran en la línea para entrar. No ví (la hora no era fausta para ello, los de la noche fisurados habían entrado y la mañana florecía en todo su esplendor) el dolor que abruma, pero sí caras de compromiso, de aquí estoy hermano, hermana Cristina, te bancamos.

El otro microcentro estaba a un par de cuadras. Florida y Diagonal, un día mas, gente que no parecía anoticiada de nada.

Esa sensación de irrealidad que te agarra siempre que salís de un velorio. Vos con tu pena y el mundo sigue andando. Y entonces todo te parece irreal, como si estuvieras en un pasillo equivocado. No entendés.

Digo que la hora no era propicia para el dolor popular, con ese sol y esa gente, oh, lonely people que cree que la política es un asunto ajeno. Ellos, argentinos. Yo hoy elijo ser una negra de mierda y miro en la tele el dolor que busqué en la plaza.

 

Uncategorized

la poeta ocasional


Tal vez me convierta en un poeta ocasional,
pero estoy conforme así. Es mejor que no ser
ninguna clase de poeta

 Raymond Carver

blind-menu

La vista quemada

 

De las enfermedades que no existen

elijo tener la vista quemada.

La vista quemada de tanto mirar

para adentro

Recuerdo de niña la historia de un cajero de banco

con la vista quemada

de contar billetes ajenos

Casi ciego, terminó sin ver los propios.

La moraleja es de infantes,

tan boba

Deseos incumplidos

esa peste

han contado mis ojos en los sueños.

Rasgaré una sabana vieja

-de ser posible blanca, con mucho algodón-

para impedir recortar con la mirada

(como un cuchillo)
aquello que  no tendré
y en la ceguera
descansar los ojos

Uncategorized

lo masculino enigmatico en la pubertad, a la hora de la siesta.


Varones, puberes, siesta:  inventar lisa y llanamente el cosmos.

Este cuento del Cacho Costantini habla de eso, es anterior pero a mi me envia -derecho viejo- a El Cuerpo, de Stephen King. A lo ancho y a lo largo del planeta solitario los varones descubren la lealtad, el horror, lo innominable, mirando pasar el cielo entre los durmientes.

EL CIELO ENTRE LOS DURMIENTES
Ni un alma por la calle. Como si el sol de la siesta cayendo a pique y después derramándose por todos lados, hubiera empujado a bichos y gente a quién sabe qué escondidos refugios, adonde el sol no puede penetrar, pero ante los cuales se queda montando guardia, rabioso y vigilante como un perro en acecho.
Por la calle vamos Ernesto y yo. Hace cinco minutos, un silbido me arrancó de la sombra de la glicina y me mostró entre dos pilares de la balaustrada un rostro enrojecido y contento. No hubiera sido necesario que me dijera —¿salís?—, con un grito breve y exacto como un pelotazo. Yo lo estaba esperando, o mejor dicho yo estaba esperando un pretexto cualquiera para dejar aquella modorra del patio, adonde me llegaban ruidos lejanos e incitantes entreverados con el aleteo de algún mangangá.
Por eso no le contesté nada y enseguida estuve con él en la puerta. Se sabe que saldríamos a caminar. Ernesto es así y nuestros doce años no soportan otras tratativas que ese —¿salís?— liso y directo viniendo de un mechón caído sobre los ojos, de una traspirada camiseta amarilla y de unas ganas de hacer muchas cosas que le brillan en la mirada.
Un saludo —¿qué hacés?— y caminamos. El agua de la zanja, un agua barrosa, oscura, caliente, cubierta de protuberancias verdes como el lomo de un sapo, se agita por momentos a impulso de invisibles zambullidas o respira a través de unos globos lentos, pesados, que levantan nuevas ampollas en su pellejo y hacen un extraño ruido de glogloteo como si ya estuviera por soltar el hervor.
Caminamos. La tierra quema en los pies y es lindo sentir ese mordisco cariñoso, de cachorro, con que la tierra nos juguetea por las pantorrillas… Pero más lindo es no sentir nada de eso, sino esas locas ganas de meterse en la tarde como en una selva. ¿No es cierto, Ernesto?
Caminamos. Un alguacil grande y rojo viene a despedirnos, pasa zumbando a nuestro lado y siguiendo la línea de yuyos que bordea la zanja llega hasta el puente de la esquina y vuelve volando a toda máquina, amagando un encontrón. —¡A que no lo agarrás!
Caminamos. Las cuadras del barrio quedan atrás. Los paraísos se cambian en plátanos y después otra vez en paraísos. Flechitas, lenguas de vaca, huevitos de gallo. Ésta es otra zanja, no la nuestra. ¿Habrá ranones por aquí?
Caminamos. ¡Aquella montaña! ¡A saltarla! La sangre nos golpea en el pecho y en el rostro. La vida es una alegría retenida en los músculos y es ese olor a sol, a sudor y a piel caliente que viene de la ropa de Ernesto.
Caminamos. Ernesto sabe de muchas cosas. De trabajos, de aventuras, de casas abandonadas y de extraños nombres de calles. Mientras caminamos me habla. Me cuenta un disparate y yo me río. Me río como un loco. Me río tanto que Ernesto se contagia de mi propia risa y empieza a reírse él también. Le salen lágrimas de los ojos, se aprieta el costado, no puede parar. Yo lo miro y me da más risa todavía verlo reír. Caminamos tambaleantes, empujándonos, atorándonos de risa. La risa se nos atropella en la boca, nos crece incontenible por todos lados, nos acompaña por cuadras y cuadras esa risa sin porqué, como si una bandada de gorriones enloquecidos nos estuviera siguiendo.
La esquina. Otra cuadra. La risa. Ladridos detrás de un alambre. Otra cuadra. Magnolias, jardines, postes de teléfono. Otra cuadra. Las alpargatas de Ernesto levantando el polvo en las veredas. Otra cuadra. El cielo, la soledad de la siesta, el silbido de una urraca. Otra cuadra, otra cuadra…
Apoyo de pronto mi mano en el hombro de Ernesto y señalo el terraplén del ferrocarril. —¡A ver quién llega primero!
Salimos como balas. Una ametralladora de pasos y el crujido de los terrones resecos. Oigo el jadeo de Ernesto y apenas veo su camiseta amarilla pegada a mi costado. Me pongo enormemente contento cuando dejo de verla y cuando siento que el jadeo va quedando atrás. Apenas por un par de metros, pero llego primero arriba. Y desde arriba lo miro triunfante.
Ernesto tiene la cara negra de tierra y un sudor barroso le forma ríos en la nuca y la espalda. Yo debo estar igual porque en la manga que me pasé por la frente queda una gran mancha negra y húmeda. A Ernesto se le ocurre caminar por la vía y vamos pisando los durmientes o haciendo equilibrio sobre los rieles. Lo más lindo son los puentes. Cuando allá abajo vemos la calle entre los durmientes deslizándose como un río. Algunos son muy altos y hay que pisar bien para no caerse. Yo camino despacio, aparentando indiferencia, pero sintiendo en todo momento un ligero vértigo que me obliga a clavar la vista en mis pies, a calcular cada pisada, hipnotizado por ese lomo de tierra que se mueve sin cesar debajo mío.
Ernesto, en cambio, se mueve con maravillosa soltura. Me habla, grita, se da vuelta, corre… Es imposible seguirlo. Anda por ese andamiaje de hierro, madera, viento y cielo como por el patio de su casa. No digo nada, pero pienso que estamos a mano con lo de la carrera.
Llegamos a un puente de poca altura y como viene un tren decidimos verlo pasar desde abajo. Descendemos la pequeña cuesta y nos ubicamos a un costado del puente. Oímos el bramido del tren que se acerca y luego un ruido infernal que hace trepidar toda la tablazón. Las vías parecen curvarse bajo las ruedas. Un pandemonio de vapor, chispas, truenos y aullidos que nos sacude hasta las entrañas. La verdad, sentimos un poco de miedo y deseamos que venga otro tren para reivindicarnos.
Las vías pasan a menos de tres metros sobre la calle. Con un buen salto es posible alcanzar los durmientes y colgarse de allí como de un pasamanos. La idea surge como una pedrada y casi de los dos a un tiempo. Quedarnos colgados cuando pase el tren.
La tarde es un desierto de sol y tierra enardecida.
El cascabeleo de algún lejano carro de lechero y el canto metálico de la cigarra no cortan el silencio, sino que lo hacen más denso aún, más expectante.
Esperamos el rumor que nos anuncie la llegada de un tren. Los minutos transcurren lentos en el calor sofocante del reparo que forman las paredes del puente. Se mastica un yuyo o se sube de vez en cuando a mirar el reverbero distante de las vías.
—A no soltarse, ¿eh?
—No, a no soltarse.
De pronto llega. Es apenas un murmullo perdido entre cien murmullos iguales, pero para nosotros imposible de confundir.
Con cierta parsimonia nos preparamos. Frotamos las manos en la tierra, ensayamos un salto, otro salto. Subimos a verlo, ya está cerca. Tomamos posiciones.
—¡Cuando yo diga saltamos!
El silencio, avasallado por aquel torrente que se agranda y se agranda. Nos miramos y miramos los durmientes allá arriba.
—A no solt…
—¡Ahora!
Me falla un salto. Al segundo estoy arriba balanceándome todavía por el impulso. Ernesto ya está allí, firmemente prendido. Me guiña el ojo. Quiere decir algo, pero no lo escucho porque un ruido ensordecedor me oculta sus palabras. —¿No quemará la locomotora?—. Ya viene. Allí está. Hierros, fuego, vapor y un ruido de pesadilla.
No sabemos cómo fue. Cuando queremos acordarnos los dos estamos a diez metros del puente, mirando cómo los últimos vagones se deslizan haciendo oscilar las vías.
La tarde se nos acuesta entera encima de los hombros. Nos acercamos al puente, cabizbajos, avergonzados.
—¡Vos lo soltaste primero!
—¡Tenías una cara de miedo, vos…
Otra vez el silencio. La sierra sin fin de la cigarra nos chista y se ríe de nosotros. Estamos agitados, desfigurados por el calor y la excitación pasada.
—Si vos te quedabas, yo me quedaba…
—Yo también, si vos te quedabas, yo me quedaba.
Nos tiramos al suelo para esperar otro tren. La tierra pegándose a la piel mojada. El reverbero de la calle o quizá las gruesas gotas de sudor que me empañan la vista. Ernesto hace garabatos con una ramita. Y el tiempo que se desliza silencioso sobre las vías como un tren infinito formado por el latido de nuestros corazones.
La cigarra. Un gorrión con el pico entreabierto y las alas separadas. Los ladrillos del puente y allá a lo lejos una pared blanca que nos saluda como un pañuelo.
—Un, dos, tres… (antes de que cuente veinte aparece), cuatro, cinco…
Silencio. Las voces de la siesta.
Ahora sí. Es un tren éste. El rumor lejano pero inconfundible. Nos ponemos de pie. Ninguno dice una palabra. El temor de soltarse y la decisión de permanecer hasta el fin. El contacto de la tierra caliente en las palmas de las manos.
—¡Cuando yo diga!
El ruido que crece segundo a segundo. Ernesto se agazapa para saltar. —¡Ahora! —digo, y salto con todas mis fuerzas.
El ennegrecido durmiente queda aprisionado entre mis manos. A un metro mío, Ernesto se columpia en el suyo.
El ruido ensordecedor. La cara roja de Ernesto entre sus dos brazos en alto. Su camiseta amarilla y su pelo caído sobre la frente.
Terremoto de hierro, vapor y chispas. El ruido infernal. El puente que se hunde con el peso del tren. Un miedo espantoso. Pero estamos colgados todavía.
Me doy cuenta de que estoy gritando a todo lo que doy. Ernesto también grita y patalea y me mira gritando y pataleando como un loco.
El tren no termina nunca de pasar. Las ruedas a medio metro de las manos. Una montaña encima de mi cabeza. El calor, el ruido. Todavía no sé si voy a quedarme hasta que pase todo. Y grito para darme coraje y también porque es necesario gritar. Lo veo a Ernesto congestionado, enloquecido, con las venas del pescuezo hinchadas por los gritos y por el esfuerzo.
Gotas de sudor se me meten en la boca.
—No doy más, me quedo hasta que se quede Ernesto.
—No doy más, me quedo hasta que se quede Cacho.
¿Cuánto faltará todavía? La cara de Ernesto gesticulando y escupiendo sudor. Sus piernas tirándome patadas. ¿Cuánto faltará todavía? Grito y lo pateo para hacerlo bajar. ¿Cuánto faltará todavía? El ruido. La vibración del puente metiéndose hasta los tuétanos. ¿Cuánto faltará todavía? Los sesos a punto de estallar. Borrachera de ruido, calor, alaridos y miedo. ¿Cuánto faltará todavía?
…………………………………………………………………………………………………………………………………………..
Algo dulce que nos acaricia los brazos. El tren que se aleja y el cielo azul a pedazos entre los durmientes.
Un silencio que crece en la tierra. El silbido lejano de la locomotora. Seguimos colgados y nos miramos sonriendo.
La tarde canta en la voz de las cigarras.
—¿Te acordás, Ernesto, cómo cantaba?

 

Uncategorized

in memorian de Rodolfo Walsh


“…lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades.”

 los héroes de la patria, los grandes hombres, los ejemplos o nos ponen en falta o nos alientan a copiarlos.

una -que vende a la madre en una barata de primavera, o su equivalente- piensa en la dignidad. En la dignidad que le falta. Y no puede sino enfermarse, por las pequeñas agachadas que nos alejan de la dignidad de patear el tablero cuando hace falta.

Hoy por ejemplo