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La perfidia femenina en la pubertad. Un caso de lo masculino enigmatico.

Crecer es complicado: Mejor haber pasado ya por eso. Menos mal que no te cuentan todo como va a ser, menos mal que uno se olvida de mucho.

Ud.,si fue lector de Bradbury, le habrá leído sobre niños o marcianos , pero acá el viejo Ray se mete con el borde, donde la niñez derrapa en una cosa dulce y dificil.  Al borde, solo te queda zambullirte y cruzar los dedos. Y cuando pasas esa puerta, no hay vuelta.

LA CASA DIVIDIDA

Cinco delgados dedos de quince años se acercaron a los botones de los pantalones de Chris como una mariposa noc­turna atraída por la luz de una vela. Chris oyó el susurro de unas palabras en la habitación oscura, que no significaban nada y que tampoco podrían recordarse, una vez pronun­ciadas.

Los labios de Vivian eran tan frescos como increíbles. Chris tuvo la sensación de que se trataba de un sueño. Era una pantomima representada en una oscuridad que no podía penetrar. Vivian misma había apagado las luces, una por una. Todo había comenzado como todas las noches: con Chris y su hermano Leo subiendo las escaleras, seguidos por Vivian y Shirley, sus primas. Las niñas eran rubias y alegres. Leo, con sus dieciséis años, era torpe. Chris tenía doce y no sabía nada acerca de esas mariposas que revolotean en cálidas pan­tomimas ni que en su interior había una luz que alguna jo­vencita podría codiciar. Shirley, a punto de cumplir once años, era muy curiosa. Vivian era la líder del grupo; tenía quince años y ya comenzaba a asomarse al mundo de los adultos.

Chris y Leo habían llegado en el auto familiar, con expre­sión de gravedad como correspondía a una situación tan gra­ve. Entraron en silencio detrás de mamá y papá a la casa de los Johnson, en la calle Buttrick, donde todos los familiares se encontraban reunidos en el silencio de la espera. Tío Inar estaba junto al teléfono, al que no le quitaba los ojos de enci­ma, mientras sus manos grandes jugueteaban como animales inquietos sobre su regazo.

Era como estar en el hospital. Tío Lester estaba muy grave. Estaban aguardando noticias. Lester había recibido un disparo en el estómago durante una excursión de caza y hacía ya tres días que agonizaba. De modo que esa noche todos habían decidido reunirse a la espera de la noticia de su muer­te. Las tres hermanas y los dos hermanos de Lester estaban acompañados de sus maridos, mujeres e hijos.

Después de un correcto intercambio de palabras mudas, Vivían había sugerido con cautela:

-Mamá, iremos arriba a contarnos historias de fantas­mas, así ustedes pueden conversar tranquilos.

-Historias de fantasmas -dijo tío Inar, alejándose mo­mentáneamente de su abstracción-. ¡Qué ocurrencia en una noche como ésta! Historias de fantasmas.

La madre de Vivían aprobó la idea.

-Pueden subir siempre y cuando se porten bien. No queremos oír ningún barullo.

-Por supuesto, mamá -dijeron Chris y Leo.

Dejaron la sala y caminaron lentamente en puntillas de pie. Nadie se percató de la partida. Bien podrían haber sido cuatro fantasmas, dada la atención que recibieron.

Arriba, el cuarto de Vivían tenía un sillón bajo contra una pared, un tocador con un gran volado de seda rosa y unos cuadros de flores. Sobre el tocador se hallaba su diario de cuero verde, con inscripciones bellísimas pero bien resguar­dado por un candado, salpicado de polvo de maquillaje. La habitación estaba impregnada de un aroma dulce y suave.

Se sentaron sobre el sillón, con las espaldas apoyadas prolijamente contra la pared, como una solemne hilera de juncos y Vivian, como siempre, contó la primera historia de fantasmas. Apagaron todas las luces menos una, que era muy tenue, y ella acomodó la voz a la altura de sus pechos redondeados desde donde comenzó a hablar casi en un susurro.

Era ese viejo cuento en el que una noche muy tarde, cuan­do las estrellas se esparcen frías en el cielo y la inmensa casa está a solas, algo comienza a reptar y sube las escaleras hasta tu cuarto. Un extraño y horrible visitante de otro mundo. Y a medida que la historia avanza, lentamente, paso a paso, tu voz se hace más tensa y más susurrante y te quedas esperan­do el inquietante final.

-Reptó hasta el segundo escalón, hasta el tercero, hasta el cuarto…

Los corazones de los cuatro ya se habían alborotado mu­chas veces con la misma historia. Ahora, una vez más, un sudor frío se formó sobre las cuatro frentes expectantes. Chris escuchaba, de la mano de Vivían…

-Esos extraños ruidos llegaron al sexto escalón y crujie­ron hasta llegar al séptimo y luego al octavo…

Chris había memorizado la historia e incluso la había re­latado varias veces, pero nadie era capaz de contarla como Vivían. En ese momento, Vivían hablaba casi en silencio, como una hechicera, con los ojos entrecerrados y el cuerpo tenso apoyado contra la pared.

Chris repasaba la historia en su mente, adelantándose a las palabras. “Nueve, diez, once. Doce, trece, catorce. Por fin llegó al final de las escaleras…”

Vivían continuó.

-Está en el corredor. Se acerca a la puerta. Está entran­do. Está cerrando la puerta. -Pausa. -Ahora cruza la habi­tación. Se aproxima al escritorio. Llega a tu cama. Está para­do a tu lado, justo encima de tu cabeza…

Pausa prolongada, durante la cual la oscuridad de la habi­tación se hizo aún más profunda. Todos contuvieron el alien­to… esperando.

-¡¡Te agarré!!

Entre gritos y risas dejas salir la explosión interna. Dejas que el negro murciélago se choque contra la red. En tu inte­rior habías construido una red de tensión y horror a tu alre­dedor, minuto tras minuto, paso tras paso, como una araña gigantesca y delicada que teje su tela, y en ese clímax tu­multuoso, cuando oyes el grito de ¡¡Te agarré!! vomitado so­bre tu rostro, como un murciélago moribundo, la red se des­hace temblorosa en una mezcla de aprehensión y carcaja­das. Había que echarse a reír para ocultar los antiguos mie­dos. Gritabas y te reías. Los cuatro. Vociferabas y sacudías el sillón y te sujetabas de los demás. La historia… ¡esa histo­ria tan familiar! Te balanceabas hacia adelante y hacia atrás, temblando, respirando a un ritmo veloz. Es curioso cómo todavía logra asustarte, aun cuando la escuchaste un cente­nar de veces.

Las risas se apaciguaron rápidamente. Ruido de pasos, esta vez reales, se acercaban corriendo por las escaleras en direc­ción a la habitación de Vivian. Chris reconoció los pasos de su tía. La puerta se abrió.

-¡Vivian! -exclamó la tía-. Te dije que no hicieran rui­do. ¡No tienen respeto!

-Perdón, mamá.

-Discúlpanos, tía -dijo Chris, con sinceridad-. Nos descontrolamos porque estábamos muertos de miedo.

-Vivian, encárgate de que estén en silencio -le enco­mendó la tía; el reto ya suavizado-. Y si los vuelvo a oír, los haré bajar.

-Nos portaremos bien -prometió Leo, serio. -Está bien.

-¿Llamaron del hospital? -preguntó Shirley.

-No -respondió la tía, con el rostro cambiado ante el recuerdo-. Lo estamos esperando de un momento a otro.

La tía bajó. Tardaron unos cinco minutos en recuperar el clima.

-¿Quién cuenta una ahora? -preguntó Shirley. -Cuéntanos otra, Vivian -pidió Leo-. Cuéntanos la

de la manteca con los hongos malvados.

-Pero siempre cuento la misma -replicó Vivian.

-Yo quiero contar una -se ofreció Chris-. Una nueva. -¡¡Bravo!! -exclamó Vivian-. Pero apaguemos la otra luz, primero. Hay demasiada luz acá adentro.

Se levantó de un brinco y apagó la última luz que queda­ba encendida. Mientras Vivian atravesaba la densa oscuridad, Chris advirtió que podía percibir su perfume y sentir su pre­sencia a su lado. Ella le tomó con fuerza la mano.

-Dale, empieza-le dijo.

-Bien. -Chris devanó en el carretel la historia y se pre­paró para comenzar. -Había una vez…

-Eso ya lo oímos antes -dijeron todos riéndose. Las risas provenían de la pared invisible de la habitación. Chris se aclaró la garganta y volvió a comenzar.

-Había una vez un castillo negro en el bosque…

De inmediato captó la atención de su auditorio. Los cas­tillos siempre auguraban una buena historia. No era mala la historia que tenía en mente y la podría haber relatado sin in­terrupción, tomándose quince minutos o más para mantener el suspenso en esa atmósfera oscura de la habitación. Pero los dedos de Vivian eran como una araña impaciente que se des­lizaba por la palma de su mano y, a medida que la historia avanzaba, Chris comenzó a sentir más la presencia de esa mano, mientras los personajes de su historia se iban desdibujando.

-… en el castillo negro vivía una vieja bruja…

Los labios de Vivian acariciaron con un beso sus mejillas. Era como todos sus besos, como los besos que se dan antes de que se inventen los cuerpos. Los cuerpos se inventan a alrededor de los doce o trece años. Antes de esa edad, sólo existen labios y besos endulzados de cariño. Hay algo dulce en esos besos que nunca más volvemos a encontrar una vez que alguien nos modela un cuerpo debajo de la cabeza.

Chris no tenía cuerpo, todavía. Sólo una cara. Y, tal como sucedía cada vez que Vivian lo besaba, él respondía. Después de todo, era divertido y le resultaba tan agradable como co­mer, dormir o jugar. Los labios de Vivian tenían un ligero sabor a azúcar, y nada más. En los últimos cuatro años, desde que había cumplido los ocho, cada vez que veía a Vivian, por lo general una vez por mes porque ella vivía en el otro extre­mo de la ciudad, sus encuentros se colmaban de historias de fantasmas, de besos y de un ligero sabor a azúcar.

-… bueno, esta bruja del castillo…

Ella lo besó en los labios, y por un instante el castillo se desmoronó. Chris tardó diez segundos en reconstruirlo.

-… esta bruja del castillo tenía una hija joven y hermosa llamada Helga. Helga vivía en una mazmorra y su perversa madrela maltrataba. Helga era muy bonita y…

Los labios estaban allí otra vez. Esta vez se quedaron más tiempo.

-Sigue con el cuento -dijo Leo.

-Sí, vamos, apúrate -pidió Shirley, molesta.

sí -dijo Chris, alejándose un poco, con la respira­ción un tanto alterada-… un día la niña se escapó de la maz­morra y corrió al bosque y la bruja la persiguió a los gritos…

A partir de ese momento, la historia fue haciéndose cada vez más lenta y tomó senderos que se bifurcaban en forma vaga y torpe del camino principal. Vivian se apoyó contra él, besándolo y respirando junto a su mejilla, mientras él prose­guía con la historia entrecortada. Luego, muy lentamente, y con la habilidad propia de los arquitectos, ¡ella comenzó a edificarle un cuerpo! El Señor dijo “costillas” y se hicieron las costillas. El Señor dijo “estómago” y se hizo el estómago. El Señor dijo “piernas” y se hicieron las piernas. El Señor dijo algo más y ese algo más fue creado.

Fue curioso encontrarse con un cuerpo tan repentinamen­te. Durante doce años no lo había tenido. Ese cuerpo era como un péndulo debajo del reloj, que Vivian ahora ponía en mo­vimiento, tocándolo, urgiéndolo, balanceándolo, hasta que comenzó a dibujar cálidos y aturdidos arcos bajo la maqui­naria de su cabeza. El reloj estaba’ en marcha. Un reloj no funciona hasta que el péndulo se mueve. El reloj puede estar íntegro, listo, intacto y en óptimas condiciones, pero hasta que no se empuja el péndulo para ponerlo en movimiento, no es más que una maquinaria sin uso ni sentido.

-.. y la niña se internó en el bosque…

-¡Apúrate, Chris! -dijo Leo en tono crítico.

Era como la historia de ese ser extraño que subía las esca­leras, paso a paso, escalón por escalón. Esa noche, aquí y ahora, en la oscuridad. Pero… distinto.

Los dedos de Vivian desprendieron con suma pericia la hebilla de su cinturón y liberaron la correa.

Ahora, el primer botón.

El segundo.

Igual que en la famosa historia. Pero esta era real.

-… entonces la niña se internó en el bosque…

-Ya dijiste eso, Chris -objetó Leo.

Ahora se acerca al tercer botón.

Ya está en el cuarto, Dios mío, y ahora en el quinto y…

Las mismas palabras que terminaban aquella otra his­toria, las mismas dos palabras, pero esta vez gritadas con pasión desde el interior, en silencio, mudas, sólo para uno mismo.

¡Las mismas dos palabras!

Las mismas dos palabras que se usaban para terminar la historia sobre esa criatura que subía por las escaleras. ¡Las mismas dos palabras al final!

La voz de Chris ya no le pertenecía.

-.. y corrió hacia algo… había algo… bueno, ella inten­tó… este… alguien la perseguía y… en fin, ella corría y bajaba y corría otra vez…

Vivian se le acercó aún más; con los labios selló esa histo­ria que se estaba hilvanando en su interior, impidiendo que emergiera a la superficie. El castillo se derrumbó entre rugi­dos atronadores hasta hacerse añicos, en una explosión de llamaradas; entonces, no hubo nada en el mundo más que su cuerpo recién inventado y el hecho de que el cuerpo de una mujer no era precisamente tocar tierra, como las bonitas co­linas de Wisconsin. Aquí estaba toda la belleza, el canto, la luz y el fuego que el mundo era capaz de albergar. Aquí esta­ba el significado de las palabras “cambio, movimiento y adap­tación”.

A lo lejos, en la tierra oscura y silenciosa de la planta baja, el teléfono comenzó a sonar. Era un sonido tan débil como una voz gritando desde una mazmorra olvidada. Un teléfono sonaba y Chris no lo podía oír.

En el aire parecían flotar débiles críticas de Leo y Shirley, pero unos minutos después, Chris se dio cuenta de que Leo y Shirley se estaban besando torpemente, y nada más. La habi­tación estaba en silencio. Las historias ya habían sido conta­das y la plenitud del espacio invadió la habitación.

Era extraño. Chris no podía más que quedarse allí tendi­do y dejar que Vivian le contara todo a través de esa panto­mima increíble y misteriosa. “Nunca nadie te cuenta cosas como éstas”, pensó. “No te cuentan nada. Tal vez es dema­siado bueno para contarlo, demasiado extraño y maravilloso para expresarlo con palabras.”

Se oyeron pasos en las escaleras. Eran pasos muy lentos, embargados de tristeza. Lentos y suaves.

-¡Rápido! -susurró Vivian. Se levantó de un salto y se acomodó el vestido. Chris, como un ciego sin manos, se abro­chó con torpeza los botones y la hebilla de su cinturón. -¡Apú­rate! -volvió a susurrarle Vivian.

Ella encendió la luz y el mundo, con su falta de realidad, aturdió a Chris. Las paredes vacías lo miraban, vastas y carentes de sentido al emerger de la oscuridad; esa encanta­dora oscuridad, tan suave, movediza y secreta. Y a medida que los pasos avanzaban por la escalera, los cuatro se conver­tían una vez más en solemnes juncos apoyados contra la pa­red, mientras Vivian volvía a contar la vieja historia:

-… y ahora está en el escalón de arriba…

La puerta se abrió y apareció la tía, con lágrimas en los ojos. Eso era suficiente para transmitirles el mensaje.

-Acabamos de recibir el llamado del hospital -anun­ció-. El tío Lester murió hace unos instantes.

Permanecieron sentados.

-Mejor bajen con nosotros -dijo la tía.

Lentamente se pusieron de pie. Chris se sentía embriaga­do, confundido ardoroso. Esperó a que la tía bajara y que los demás la siguieran. Bajó último, a la tierra silenciosa del llanto y los rostros endurecidos por la solemnidad.

Al descender el último peldaño, no pudo evitar un extra­ño pensamiento. “Tío Lester, se llevaron tu cuerpo y yo aca­bo de recibir el mío. No es justo. No es justo, porque esto es glorioso.”

En unos minutos más estarían de vuelta en casa. La casa silenciosa albergaría llantos durante unos días; la radio per­manecería callada durante una semana y las risas se aho­garían antes de nacer.

Comenzó a llorar.

Su madre lo miró. Tío Inar también lo miró y algunos de los demás hicieron lo mismo. Vivian, incluida. Y Leo, tan grande y solemne.

Chris lloraba y todos lo miraban.

Pero sólo Vivian sabía que él lloraba de felicidad, el cáli­do y feliz llanto de un niño que acababa de encontrar un te­soro enterrado en la tibia profundidad de su cuerpo.

-Ay, Chris, no llores -dijo su mamá. Y se acercó a con­solarlo.

 

 

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2 comentarios sobre “La perfidia femenina en la pubertad. Un caso de lo masculino enigmatico.

  1. Ray era un genio del espacio, para hablar de la vida común en la tierra… no leí ahora el cuento pero seguro lo he hecho, era genial el viejo canoso este… salu2…

  2. es mas, cuando me preguntan mi libro preferido me tengo que contener para no decir El Hombre Ilustrado de una… y entonces lo pienso… y quizá después lo digo…. salu2 de nuevo…

si un arbol cae en el bosque y nadie lo escucha no hay sonido.Comentame que me gusta

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