Uncategorized

la persistencia de los detalles insignificantes en la memoria.

La referencia es de un viejo cuento de Dalmiro Saenz, de un libro que fue best seller cuando la década del 60 terminaba y ser despectivo y de clase alta era moda, y salían de La Biela, como cucarachas en dia de lluvia. Escritores nacionales de clase alta huele mierda que uds. no recordarán, pero yo salía de la niñez y queria saberlo todo, y los leìa: Gudiño Kieffer, Martha Linch, la pedante Silvina Bullrich, por supuesto Manucho Mujica Lainez, el top ten 1969. No pongo a Denevi, porque para mi, -lo ignoro- no era de clase alta, y bien que me hubiera gustado escribir argumentos tan sólidos.

En el cuento ese una mujer vive en la Patagonia con un marido abusivo, en la soledad mas absoluta, o tal vez son dos hermanos a los que ella atiende (los detalles se los llevo el olvido). Hace una trampa y caen en un pozo. EL lugar es un páramo, nadie a kilómetros de distancia, nadie que pase por el lugar con regularidad. Toma sus cosas y se va. Los tipos quedan ahí. Se hace de noche.

Mas o menos por esa época leí también a Sábato (lo terminé como ninguneando en la vida, vaya a saber por que). Un detalle lateral de una novela que no recuerdo, una famosa, tal vez la más. Una pareja de empleados van a cerrar una casa que no se utilizará por el verano, alguien cierra la casa y baja la llave de la electricidad y ambos quedan en el ascensor, nadie entrará allí por meses. Sabato tal vez (quizá lo invente yo ahora) sugiere que se van a pelear, se van a deprimir y se van a terminar comiendo uno al otro.

Ambos relatos terminan en un presente que todavía no se volvió horrible, casi todavia no ha emergido la sorpresa, es el momento previo, cuando aun los personajes no empezaron a desplegar ninguna estrategia para salir de lo terrorífico que está por llegar. El ambiente es harto conocido, el fondo de la casa, el ascensor de un lugar en el que se trabaja. Lo siniestro: justamente, aquello familiar que se vuelve terrorifico.

Supongo que la persistencia en la memoria tiene que ver con que en el fondo me he quedado pensando si pudieron zafar, si hay manera de salir del foso, de que tocando determinada llave manual, el ascensor se destrabe.

Asi,la vida ante la muerte.

Anuncios

11 comentarios sobre “la persistencia de los detalles insignificantes en la memoria.

  1. también recuerdo un libro leído a los 9 años, del que no retuve el nombre, pero que trataba sobre una aldea de nativos en una isla del caribe arrasada por fuertes huracanes y vuelta a construir…yo sentía la emoción del primer libro, más allá de los libros de lectura…para mi sorpresa le faltaban las dos última páginas y nunca pude saber si alguien se salvaba…final abierto como la vida misma

    y estoy tentada de decir que no se salva nadie,
    o mejor, se salva de morir “prematuramente” el que se quedó con las ganas, el que tiene vivo el deseo de saber, de conocer, de aprender, de escribir…de CREAR…

  2. como no puedo conmigo misma tuve que ir a buscar Sobre Heroes y Tumbas y buscar, que, de mis recuerdos, esos dos o tres elementos que persistieron cuarenta años sin relecturas, habia en el relato de Sabato. Bueno, acà esta

    Recordé de pronto una de las historias que había descubierto en mi larga investigación. En la casa de Echagüe en la calle Guido, cuando todavía vivía el viejo, una mucama era explotada por un ciego que en los días francos la hacía trabajar en el Parque Retiro. En el año 1935 entró de portero un español joven y violento, que se enamoró de la muchacha y logró, finalmente, que se alejara del macró. La muchacha vivió durante meses en medio del terror, hasta que poco a poco, y tal como el portero trataba de hacérselo entender, vio que los castigos que podía inferirle el explotador eran puramente teóricos. Pasaron dos años. El primero de enero de 1937, la familia Echagüe levantaba la casa para irse a la estancia donde pasarían los meses de verano. Ya todos habían salido de la cama menos el portero y la mucama, que vivían arriba; pero el viejo mucamo Juan, que hacía las veces de mayordomo, creyendo que ya habían salido, cortó la corriente eléctrica y luego salió, cerrando con llave la gran puerta de entrada. Ahora bien, en el momento en que Juan cortaba la corriente eléctrica, el portero y su mujer venían bajando en el ascensor. Cuando tres meses después volvió la familia Echagüe, encontraron en el ascensor los esqueletos del portero y la mucama que se había convenido permanecerían en Buenos Aires durante las vacaciones.

    En el momento en que Echagüe me contó la historia, yo todavía estaba lejos de imaginar que un día iba a empezar esta investigación sobre ciegos.


    Ahora volvía a recordar aquello. Y, por esa tendencia que tengo a imaginar cosas horribles, pensaba en los detalles del episodio. Primero, una pequeña sorpresa del portero al ver que el ascensor se detenía. Aprieta el botón una y varias veces, abre y cierra la puerta de fuelle. Luego grita para abajo, para que Juan cierre la puerta inferior, si es que la ha abierto. Nadie le responde. Grita más fuerte (sabe que Juan está abajo, esperando que salgan todos) y nadie le responde. Grita varias veces más, con mayor energía y finalmente con miedo. Pasa un rato, se miran mientras tanto con la mujer, como preguntándole qué pasa. Luego vuelve a gritar, y también ella, y los dos juntos. Esperan un tiempo, después de consultarse: “Ha ido al baño, está afuera charlando con Dombrowski (el portero polaco de la casa de al lado), ha ido a revisar la casa, por si queda algo, etcétera”. Pasan quince minutos y vuelven a gritar: nada. Gritan durante cinco o diez minutos: nada. Esperan, ahora con mayor inquietud, durante otro lapso, mientras se miran con ansiedad y miedo crecientes. Ninguno de ellos quiere decir algo desesperante, pero ya comienzan a pensar que tal vez se hayan ido todos y hayan cortado la corriente. Entonces empiezan a gritar uno, otro y los dos juntos: primero con enorme fuerza, luego dando alaridos de terror, después emitiendo aullidos de animales enloquecidos y acorralados por las fieras. Esos aullidos se prolongan durante horas, hasta que poco a poco empiezan a debilitarse: están roncos, están agotados por el esfuerzo físico y por el horror. Ahora emiten gemidos cada vez más débiles, lloran y golpean con debilidad creciente el bloque macizo del entrepiso. Se pueden imaginar varias escenas posteriores: puede haber sucedido un lapso de estupor, en que ambos, en la oscuridad, hayan quedado callados y atontados. Luego pueden hablar ellos, cambiarse ideas y hasta pequeñas esperanzas: Juan volverá, ha ido a la esquina a tomar una copa; Juan se ha olvidado de algo en la casa y vuelve a entrar: al llamar el ascensor para subir se encuentra con ellos, que lo reciben llorando y le dicen: “Si supieras, Juan, qué susto pasamos”. Y luego los tres, comentando la pesadilla, salen y ríen por cualquier zoncera que sucede en la calle, tanta es su felicidad. Pero Juan no vuelve, ni ha ido al boliche de la esquina, ni se ha demorado con el portero polaco de al lado: lo cierto es que pasan las horas y nada sucede en aquella silenciosa mansión abandonada. Mientras tanto han recuperado cierta energía y empiezan los gritos, luego nuevamente los alaridos, seguidos por los aullidos, para terminar, como es de presumir, en gemidos cada vez más insignificantes. Es probable que para entonces estén caídos en el piso del ascensor y que mediten en la imposibilidad de que semejante horror pueda suceder: eso es muy típico de los seres humanos, cuando pasa algo espantoso. Se dicen: “¡Esto no puede ser, no puede ser!”. Pero está siendo y el horror empieza de nuevo a devorarlos. Es probable que entonces comience una nueva tanda de gritos y aullidos. Pero ¿para qué pueden servir? Juan ahora está en viaje a la estancia, pues él va con los patrones, el tren sale a las diez de la noche. Para nada sirven los gritos, pero así y todo hay en los hombres cierta confianza desatinada en los gritos y aullidos, está probado en muchas catástrofes; así que, dentro de las escasas energías que restan, vuelven a gritar y gruñir, para terminar en gemidos, como siempre. Esto, claro, no puede seguir: llega un momento en que ya se abandona toda esperanza y entonces, y aunque esto parezca grotesco, se piensa en comer. ¿Comer para qué? ¿Para prolongar el suplicio? En aquel cuchitril, en las tinieblas, tirados en el suelo (se sienten, se tocan) ambos piensan en la misma y horrible cosa: ¿qué comerán cuando el hambre sea insufrible? El tiempo pasa y también piensan en la muerte, que en pocos días tendrá que llegarles. ¿Cómo será? ¿Cómo es la muerte por hambre? Piensan en cosas pasadas, vienen a la memoria recuerdos de tiempos felices. A ella ahora le parece hermoso aquel tiempo en que hacía el yiro en Parque Retiro: había sol, los muchachos marineros o conscriptos a veces eran buenos y tiernos; en fin, esas cosas de la vida, que siempre parecen tan maravillosas en el momento de morir, aunque hayan sido sórdidas. El debe recordar cosas de su infancia, en alguna ría de Galicia, recordará canciones, bailes de su aldea. ¡Qué lejos está todo! Nuevamente él o ella o los dos juntos, vuelven a pensar: “¡Pero si no es posible!”. Esas cosas, en efecto, no suceden. ¿Cómo podría suceder? Es probable que así se inicie una nueva serie de gritos, pero que son menos enérgicos y duran menos que las series anteriores. Luego vuelven a sus pensamientos y recuerdos, a Galicia y a la feliz época de la prostitución. Bueno, en fin, ¿para qué seguir con la descripción minuciosa? Cualquiera puede reconstruirla, a poco que tenga alguna imaginación: hambre creciente, sospechas mutuas, peleas, recriminaciones por cosas pasadas. Acaso él quiere comerse a la mucama y para tener la conciencia tranquila empiece a recriminarle la época de la prostitución: ¿no le daba vergüenza? ¿No se le ocurría que todo eso era inmundo?, etcétera.

    Mientras piensa (eso después de un día o dos de hambre) en que, por lo menos, podría comerse, aun sin matarla del todo, una parte de su cuerpo: podría arrancarle aunque sea un par de dedos, o comerle una oreja. No debe olvidar el que quiera reconstruir este episodio que, además, esos dos seres humanos deben hacer allí sus necesidades, de modo que la escena se hace cada vez más sucia, más sórdida y abominable. Pero, así y todo, hay sed y hambre crecientes. La sed puede apagarse con orines, que se recogerán en la mano para luego tomarlos, como también está comprobado. Pero ¿y el hambre? También está comprobado que nadie come sus propios miembros, si está cerca de otro ser humano. ¿Recuerdan el encierro del Conde Ugolino con sus propios hijos? En fin, es probable, qué digo: es seguro, que al cabo de cuatro días, quizá menos, de encierro hediondo y salvaje, con rencores mutuos y crecientes, el más fuerte come al más débil. En este caso, el portero come a la mucama, quizá primero en forma parcial, empezando por sus dedos, después de darle algún golpe en la cabeza o de golpeársela contra las paredes del ascensor, hasta que la come íntegra.

    Dos detalles confirman mi reconstrucción: la ropa de ella, arrancada a jirones, aparecía por el suelo, entre la inmundicia; muchos de sus huesos, también, como si hubieran sido arrojados uno después de otro por el mucamo caníbal. Mientras que el cuerpo podrido y parcialmente esquelético de él estaba a un costado, pero íntegro.

  3. Me refería principalmente al de Sábato.
    Hace poco escribí en mi blog sobre la memoria, aunque no en sentido literario.
    Lo cierto es que mi memoria conserva pasajes de libros leídos y hasta de películas, no necesariamente los principales o centrales de la trama.
    Sólo fragmentos, a diferencia de mi hermana que no puede leer un libro dos veces porque recuerda cada detalle y se aburre. Es una cualidad que no sé si envidiar o no.

  4. Si, como Edgar A. Poe, hice mío su miedo de ser enterrado vivo, la peor pesadilla claustrofóbica.
    A EAP lo leí de pibe, a Sabato de mas grande y no me movió un pelo, quizás porque me contaba algo que ya sabía, quizás porque era un lamebotas trriunfalista y después un fundamentalista del Nunca Mas.
    Y su hijo con el seudónimo de Adrián Quiroga haciendo cine para la dictadura…
    A mi me persisten estos miedos:
    Este déja´vu lento que incrementa mi impotencia, esta cosa, este reservorio de inequidades sonrientes manifestando su vuelta de calesita, el soportar “otra vez me equivoqué” refregado en la jeta.
    No me daría miedo si solamente fuera mi imaginación.
    Que el recuerdo no me tare, ni me anule la capacidad de pensar, porque eso, eso si que es de terror.

    Gracias por la catarsis

  5. yo lei a sabato antes de la dictadura, supongo que andaria con el libro (mi memoria se niega a acordarse del nombre, me lo acuerdo y me lo olvido a cada rato, lo podria guglear, pero no, el del parque lezama, el del informe sobre ciegos, el de Alejandra) a los 15. Abadon el Exterminador tiene una escena gloriosa de Carloncho y un nene piyando a la vera de la ruta en la Patagonia, pero ya dije que lo ninguneo. Ningunearlo es no releerlo, que no ocupe ningun lugar en mis afectos literarios (para los cuales tengo un corazon grande)
    Me parece que cuando uno juzga un escrito deberia hacerlo desde el escrito mismo y no desde el que lo escribe: Distinto si uno pondera a un escritor. Pero el fragmento que puse de la novela es tan terrible que uno no puede menos que decir “esta muy bien escrito” aunque Sabato no me guste nada.

  6. Borges era terrible goriloide sin embargo lo leo y el supera el ad hominem, me olvido del autor, su inteligencia va por arriba de la mediocridad y me transporta en la lectura a ese mundo que me cuenta.
    Sabato no me gustó antes de saber quien era el.
    ¡Ja! Leerlo era como estar encerrado en un ascensor que no anda.

  7. oh, Nilda, en todo esto falta nada menos que Patrón de Abelardo Castillo . . . oh, Nilda en este momento me cuesta respirar. Tengo uno escrito terrible (un cuentito) terrible, repito, no sé de dónde me salió una historia tan horripilante, pero salió,
    bueh . . . eso es la escritura . . . es dolorosa a veces, mandá nuevamente rosas amarillas, pero naturales con “señoritas” de “Mujercitas” ja

si un arbol cae en el bosque y nadie lo escucha no hay sonido.Comentame que me gusta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s