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dice Marinetti


Mi blog tiene grandes fotos. Esta es la fábrica de Fiat en Turin . En el 48 usaban  el techo como pista de pruebas. Pensaba en buscar un texto como excusa para postear la foto.

Yo escribí algo alrededor de la afirmaciòn de Marinetti, que dijo que un automóvil es mas bello que la Victoria de Samotracia. Mato dos pájaros de un tiro, publico mi poema y de paso comparto la hermosa foto.

fabrica de fiat en turin y autos en su techoDice Marinetti

 

Dice Marinetti

Que un automóvil de carreras

es mas bello que la victoria alada de Samotracia.
Y yo no me quedo atrás y te escupo

que son tus palabras

mas hermosas que el mejor verso de Trilce
que tu manera de mirarme me cubre como  estrellas al campo,

una medianoche, cruzando la pampa en tren..
que tu silencio es un pozo en el que no cabe mas que caer y caer
tus promesas
ah! tus promesas son ruedas de la fortuna:

todo, algo, nada.
carnaval tu risa.
ríos de torrente caerme en vos.

Malamente.

Para inundarme

Como una sirena ahogada en vodka.

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¿es pertinente celebrar los valores villeros?


Dicen que las opiniones son como el culo. Todos tenemos una.

Leo que se va a poner un dia en el calendario oficial para celebrar junto a la figura del Padre Mugica, a los “valores villeros”. http://www.perfil.com/politica/El-relato-K-llega-hasta-al-Padre-Mugica-proponen-el-Dia-de-los-Valores-Villeros–20140517-0069.html

Algunos pensamientos al respecto ya los despleguè hace 5 años en este blog cuando era recien nacido

A ver, yo estoy de acuerdo en que la gente se sienta orgullosa de su pertenencia. Y de su identidad. Entiendo el orgullo gay de un tipo, aunque yo no estoy orgullosa de ser heterosexual, lo soy y listo. Entiendo el orgullo de las minas que reivindican su derecho a ser gordas en un mundo  que nos quiere flacas. Pero eso a nivel individual.

Lo que tiene que hacer el Estado es tener el Norte de que no haya mas villas. No reivindicar el orgullo villero. Nadie que elija quiere vivir en un lugar con olor a mierda, durmiendo tres generaciones en una pieza, y teniendo escuelas de cuarta y pasando miseria. Nadie quiere elegir la villa.

Me decia Gus que eso era una duplicaciòn de lo que Huxley desarrolla en Un mundo feliz, los Alfas contentos de ser Alfa, los epsilon orgullosos de su epsiloneidad. Pero nosotros queremos mas, queremos que todos podamos ser alfas, o por lo menos que nadie viva en condiciones miserables, y mucho menos que el Estado reivindique un orgullo que a nivel micro puede serlo, pero a nivel macro es una verguenza.

Ademas ¿quien invento que la gente en la villa es mas solidaria, mas buena? Gente somos gente. Somos mierda y generosos en cualquier clase social. Inclusive por eso me parece una celebraciòn hipocrita, O acaso se van a perder los valores de una persona si accede a un laburo bueno que le permita una casa digna y esas cosas que todos queremos.

Yo soy de un barrio, tengo orgullo del barrio, pero los valores de mi barrio, son tan canallas y maravillosos como los de cualquiera.  Y si me preguntan mas que estar orgullosa de estar gorda, quisiera estar flaca.

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el pasado es la construcciòn a posteriori del pasado.


Mafale que eso lo se por psicoanalista, por analizada y porque ya no como vidrio.

Pero encontré una cita deAbelardo Castillo que lo resume bien y facil : Abelardo “el escritor que escribió el cuento que mas me gusta entre millones de cuentos leìdos” según dejo constancia en uno de los dos post de ayer. La cita es de una entrevista que le hace Gabriela Cabezòn Camara (a quien le pedí ayuda con mis textos, y de paso cañazo le leì un capitulo entero de mi malograda novela Kandor,  ayer mismito)  y es ésta:

La literatura no se vive, se escribe, la vida se vive. Si estás haciendo el amor no estás pensando el tema para una novela. La vida real es muy difícil de escribir, eso por otra parte lo han dicho todos los escritores: hay que dejar morir el sentimiento para poder rearmarlo en la literatura y darle el sentido que tiene.

-Una construcción a posteriori.

 

-Siempre; en las fotografías de los diarios, cuando hay una gran catástrofe, aparecen chicos que se están riendo, como jugando. Rememorada, esa infancia empieza a ser triste, pero en el momento en que los chicos la estaban viviendo tal vez no era triste, porque está el mayor, el padre o la madre, que suponen que son los que tienen que arreglar todo. Entonces, muchas veces he dicho, ¿qué versión querés que te cuente de mi vida?, ¿la patética o la alegre? Porque podés contar un mismo hecho patéticamente o con alegría, pero es porque lo resignificaste después, el pasado es lo que sentís hoy de lo que es el pasado.

 

En esa misma entrevista (que es del Clarin del 22 de junio) Gabriela recomienda leer Patrón, el cuento de Castillo.(yo en el blog tengo La Madre de Ernesto y Capitulo para Laucha, dos joyas). Ahora ponemos Patron, para bien de todos y mal de ninguno: Gracias Aberlardo, por tanta crueldad, por tanto amor y gracias Gabriela por haber dicho que yo soy una escritora..patron (1993)

PATRON, (CUENTO DE ABELARDO CASTILLO)

I

La vieja Tomasina, la partera se lo dijo, tas preñada, le dijo, y ella sintió un miedo oscuro y pegajoso: llevar una criatura aden­tro como un bicho enrollado, un hijo, que a lo mejor un día iba a tener los mismos ojos duros, la misma piel áspera del viejo. Estás segura, Tomasina, preguntó, pero no preguntó: asintió. Porque ya lo sabía; siempre supo que el viejo iba a salirse con la suya. Pero m’hija, había dicho la mujer, llevo anunciando más partos que po­tros tiene tu marido. La miraba. Va a estar contento Anteno, agre­gó. Y Paula dijo sí, claro. Y aunque ya no se acordaba, una tarde, hacía cuatro años, también había dicho:

–Sí, claro.

Esa tarde quería decir que aceptaba ser la mujer de don Antenor Domínguez, el dueño de La Cabriada: el amo.

–Mire que no es obligación. –La abuela de Paula tenía los ojos bajos y se veía de lejos que sí, que era obligación. –Ahora que usté sabe cómo ha sido siempre don Anteno con una, lo bien que se portó de que nos falta su padre. Eso no quita que haga su voluntad.

Sin querer, las palabras fueron ambiguas; pero nadie duda­ba de que, en toda La Cabriada, su voluntad quería decir siempre lo mismo. Y ahora quería decir que Paula, la hija de un puestero de la estancia vieja –muerto, achicharrado en los corrales por salvar la novillada cuando el incendio aquel del 30– podía ser la mujer del hombre más rico del partido, porque, un rato antes, él había entra­do al rancho y había dicho:

–Quiero casarme con su nieta –Paula estaba afuera, dán­doles de comer a las gallinas; el viejo había pasado sin mirarla. –Se me ha dado por tener un hijo, sabes. –Señaló afuera, el cam­po, y su ademán pasó por encima de Paula que estaba en el patio, como si el ademán la incluyera, de hecho, en las palabras que iba a pronunciar después. –Mucho para que se lo quede el gobierno, y muy mío. ¿Cuántos años tiene la muchacha?

–Diecisiete, o dieciséis –la abuela no sabía muy bien; tampoco sabía muy bien cómo hacer para disimular el asombro, la alegría, las ganas de regalar, de vender a la nieta. Se secó las manos en el delantal.

El dijo:

–Qué me miras. ¿Te parece chica? En los bailes se arquea para adelante, bien pegada a los peones. No es chica. Y en la casa grande va a estar mejor que acá. Qué me contestas.

–Y yo no sé, don Anteno. Por mí no hay… –y no alcanzó a decir que no había inconveniente porque no le salió la palabra. Y entonces todo estaba decidido. Cinco minutos después él salió del rancho, pasó junto a Paula y dijo “vaya, que la vieja quiere hablar­la”. Ella entró y dijo:

–Sí, claro.

Y unos meses después el cura los casó. Hubo malicia en los ojos esa noche, en el patio de la estancia vieja. Vino y asado y malicia. Pau­la no quería escuchar las palabras que anticipaban el miedo y el dolor.

–Un alambre parece el viejo.

Duro, retorcido como un alambre, bailando esa noche, de­mostrando que de viejo sólo tenía la edad, zapateando un malambo hasta que el peón dijo está bueno, patrón, y él se rió, sudado, brillándole la piel curtida. Oliendo a padrillo.

Solos los dos, en sulky la llevó a la casa. Casi tres leguas, solos, con todo el cielo arriba y sus estrellas y el silencio. De golpe, al subir una loma, como un aparecido se les vino encima, torva, la silueta del Cerro Negro. Dijo Antenor:

–Cerro Patrón.

Y fue todo lo que dijo.

Después, al pasar el último puesto, Tomás, el cuidador, lo saludó con el farol desde lejos. Cuando llegaron a la casa, Paula no vio más que a una mujer y los perros. Los perros que se abalanzaban y se frenaron en seco sobre los cuartos, porque Antenor los enmu­deció, los paró de un grito. Paula adivinó que esa mujer, nadie más, vivía ahí dentro. Por una oscura asociación supo también que era ella quien cocinaba para el viejo: el viejo le había preguntado “comieron”, y señaló los perros.

Ahora, desde la ventana alta del caserón se ven los pinos, y los perros duermen. Largos los pinos, lejos.

–Todo lo que quiero es mujer en la casa, y un hijo, un macho en el campo –Antenor señaló afuera, a lo hondo de la noche agujereada de grillos; en algún sitio se oyó un relincho–. Vení, arrímate.

Ella se acercó.

–Mande –le dijo.

–Todo va a ser para él, entendés. Y también para vos. Pero anda sabiendo que acá se hace lo que yo digo, que por algo me he ganao el derecho a disponer. –Y señalaba el campo, afuera, hasta mucho más allá del monte de eucaliptos, detrás de los pinos, has­ta pasar el cerro, abarcando aguadas y caballos y vacas. Le tocó la cintura, y ella se puso rígida debajo del vestido. –Veintiocho años tenía cuando me lo gané –la miró, como quien se mete dentro de los ojos–, ya hace arriba de treinta.

Paula aguantó la mirada. Lejos, volvió a escucharse el relin­cho. El dijo:

–Vení a la cama.

II

No la consultó. La tomó, del mismo modo que se corta una fruta del árbol crecido en el patio. Estaba ahí, dentro de los límites de sus tierras, a este lado de los postes y el alambrado de púas. Una noche –se decía–. muchos años antes, Antenor Domínguez subió a caballo y galopó hasta el amanecer. Ni un minuto más. Porque el trato era “hasta que amanezca”, y él estaba acostumbrado a estas cláusulas viriles, arbitrarias, que se rubricaban con un apretón de manos o a veces ni siquiera con eso.

–De acá hasta donde llegues –y el caudillo, mirando al hombre joven estiró la mano, y la mano, que era grande y dadivosa, quedó como perdida entre los dedos del otro–. Clavas la estaca y te volvés. Lo alambras y es tuyo.

Nadie sabía muy bien qué clase de favor se estaba cobrando Antenor Domínguez aquella noche; algunos, los más suspicaces, ase­guraban que el hombre caído junto al mostrador del Rozas tenía algo que ver con ese trato: toda la tierra que se abarca en una noche de a caballo. Y él salió, sin apuro, sin ser tan zonzo como para re­ventar el animal a las diez cuadras. Y cuando clavó la estaca empezó a ser don Antenor. Y a los quince años era él quien podía, si cuadra­ba, regalarle a un hombre todo el campo que se animara a cabalgar en una noche. Claro que nunca lo hizo. Y ahora habían pasado trein­ta años y estaba acostumbrado a entender suyo todo lo que había de este lado de los postes y el alambre. Por eso no la consultó. La cortó.

Ella lo estaba mirando. Pareció que iba a decir algo, pero no habló. Nadie, viéndola, hubiera comprendido bien este silencio: la muchacha era una mujer grande, ancha y poderosa como un ani­mal, una bestia bella y chucara a la que se le adivinaba la violencia debajo de la piel. El viejo, en cambio, flaco, áspero como una rama.

–Contesta, che. ¡Contesta, te digo! –se le acercó. Paula sentía ahora su aliento junto a la cara, su olor a venir del campo. Ella dijo:

–No, don Anteno.

–¿Y entonces? ¿Me querés decir, entonces…?

Obedecer es fácil, pero un hijo no viene por más obediente que sea una, por más que aguante el olor del hombre corriéndole por el cuerpo, su aliento, como si entrase también, por más que se quede quieta boca arriba. Un año y medio boca arriba, viejo macho de sementera. Un año y medio sintiéndose la sangre tumultuosa galopándole el cuerpo, queriendo salírsele del cuerpo, saliendo y encontrando sólo la dureza despiadada del viejo. Sólo una vez lo vio distinto; le pareció distinto. Ella cruzaba los potreros, buscándolo, y un peón asomó detrás de una parva; Paula había sentido la mira­da caliente recorriéndole la curva de la espalda, como en los bailes, antes. Entonces oyó un crujido, un golpe seco, y se dio vuelta. Antenor estaba ahí, con el talero en la mano, y el peón abría la boca como en una arcada, abajo, junto a los pies del viejo. Fue esa sola vez. Se sintió mujer disputada, mujer nomás. Y no le importó que el viejo dijera yo te voy a dar mirarme la mujer, pión rotoso, ni que dijera:

–Y vos, qué buscas. Ya te dije dónde quiero que estés.

En la casa, claro. Y lo decía mientras un hombre, todavía en el suelo, abría y cerraba la boca en silencio, mientras otros hom­bres empezaron a rodear al viejo ambiguamente, lo empezaron a rodear con una expresión menos parecida al respeto que a la ame­naza. El viejo no los miraba:

–Qué buscas.

–La abuela –dijo ella–. Me avisan que está mala –y repentinamente se sintió sola, únicamente protegida por el hombre del talero; el hombre rodeado de peones agresivos, ambiguos, que ahora, al escuchar a la muchacha, se quedaron quietos. Y ella com­prendió que, sin proponérselo, estaba defendiendo al viejo.

–Qué miran ustedes –la voz de Antenor, súbita. El viejo sabía siempre cuál era el momento de clavar una estaca. Los miró y ellos agacharon la cabeza. El capataz venía del lado de las cabañas, gritando alguna cosa. El viejo miró a Paula, y de nuevo al peón que ahora se levantaba, encogido como un perro apaleado–. Si andas alzado, en cuanto me dé un hijo te la regalo.

III

A los dos años empezó a mirarla con rencor. Mirada de es­tafado, eso era. Antes había sido impaciencia, apuro de viejo por tener un hijo y asombro de no tenerlo: los ojos inquisidores del viejo y ella que bajaba la cabeza con un poco de vergüenza. Después fue la ironía. O algo más bárbaro, pero que se emparentaba de algún modo con la ironía y hacía que la muchacha se quedara con la vista fija en el plato, durante la cena o el almuerzo. Después, aquel insul­to en los potreros, como un golpe a mano abierta, prefigurando la mano pesada y ancha y real que alguna vez va a estallarle en la cara, porque Paula siempre supo que el viejo iba a terminar golpeando. Lo supo la misma noche que murió la abuela.

–O cuarenta y tantos, es lo mismo.

Alguien lo había dicho en el velorio: cuarenta y tantos. Los años de diferencia, querían decir. Paula miró de reojo a Antenor, y él, más allá, hablando de unos cueros, adivinó la mirada y entendió lo que todos pensaban: que la diferencia era grande. Y quién sabe entonces si la culpa no era de él, del viejo.

–Volvemos a la casa –dijo de golpe.

Ésa fue la primera noche que Paula le sintió olor a caña. Después –hasta la tarde aquella, cuando un toro se vino resoplan­do por el andarivel y hubo gritos y sangre por el aire y el viejo se quedó quieto como un trapo– pasó un año, y Antenor tenía siem­pre olor a caña. Un olor penetrante, que parecía querer meterse en las venas de Paula, entrar junto con el viejo. Al final del tercer año, quedó encinta. Debió de haber sido durante una de esas noches furi­bundas en que el viejo, brutalmente, la tumbaba sobre la cama, como a un animal maneado, poseyéndola con rencor, con desespe­ración. Ella supo que estaba encinta y tuvo miedo. De pronto sin­tió ganas de llorar; no sabía por qué, si porque el viejo se había sa­lido con la suya o por la mano brutal, pesada, que se abría ahora: ancha mano de castrar y marcar, estallándole, por fin, en la cara.

–¡Contesta! Contéstame, yegua.

El bofetón la sentó en la cama; pero no lloró. Se quedó ahí, odiando al hombre con los ojos muy abiertos. La cara le ardía.

–No –dijo mirándolo–. Ha de ser un retraso, nomás. Como siempre.

–Yo te voy a dar retraso –Antenor repetía las palabras, las mordía–. Yo te voy a dar retraso. Mañana mismo le digo al Fabio que te lleve al pueblo, a casa de la Tomasina. Te voy a dar retraso.

La había espiado seguramente. Había llevado cuenta de los días; quizá desde la primera noche, mes a mes, durante los tres años que llevó cuenta de los días.

–Mañana te levantas cuando aclare. Acostate ahora.

Una ternera boca arriba, al día siguiente, en el campo. Paula la vio desde el sulky, cuando pasaba hacia el pueblo con el viejo Fabio. Olor a carne quemada y una gran “A”, incandescente, cha­muscándole el flanco: Paula se reconoció en los ojos de la ternera.

Al volver del pueblo, Antenor todavía estaba ahí, entre los peones. Un torito mugía, tumbado a los pies del hombre; nadie como el viejo para voltear un animal y descornarlo o caparlo de un tajo. Antenor la llamó, y ella hubiera querido que no la llamase: hubiera querido seguir hasta la casa, encerrarse allá. Pero el viejo la llamó y ella ahora estaba parada junto a él.

–Ceba mate. –Algo como una tijera enorme, o como una tenaza, se ajustó en el nacimiento de los cuernos del torito. Paula frunció la cara. Se oyeron un crujido y un mugido largo, y del hueso brotó, repentino, un chorro colorado y caliente. –Qué fruncís la jeta, vos.

Ella le alcanzó el mate. Preñada, había dicho la Tomasina. Él pareció adivinarlo. Paula estaba agarrando el mate que él le devolvía, quiso evitar sus ojos, darse vuelta.

–Che –dijo el viejo.

–Mande –dijo Paula.

Estaba mirándolo otra vez, mirándole las manos anchas, llenas de sangre pegajosa: recordó el bofetón de la noche anterior. Por el andarivel traían un toro grande, un pinto, que bufaba y ha­cía retemblar las maderas. La voz de Antenor, mientras sus manos desanudaban unas correas, hizo la pregunta que Paula estaba te­miendo. La hizo en el mismo momento que Paula gritó, que todos gritaron.

–¿Qué te dijo la Tomasina? –preguntó.

Y todos, repentinamente, gritaron. Los ojos de Antenor se habían achicado al mirarla, pero de inmediato volvieron a abrirse, enormes, y mientras todos gritaban, el cuerpo del viejo dio una vuelta en el aire, atropellado de atrás por el toro. Hubo un revuelo de hombres y animales y el resbalón de las pezuñas sobre la tierra. En mitad de los gritos, Paula seguía parada con el mate en la mano, mirando absurdamente el cuerpo como un trapo del viejo. Había quedado sobre el alambrado de púas, como un trapo puesto a secar.

Y todo fue tan rápido que, por encima del tumulto, los sobresaltó la voz autoritaria de don Antenor Domínguez.

–¡Ayúdenme, carajo!

IV

Esta orden y aquella pregunta fueron las dos últimas cosas que articuló. Después estaba ahí, de espaldas sobre la cama, sudan­do, abriendo y cerrando la boca sin pronunciar palabra. Quebrado, partido como si le hubiesen descargado un hachazo en la columna, no perdió el sentido hasta mucho más tarde. Sólo entonces el mé­dico aconsejó llevarlo al pueblo, a la clínica. Dijo que el viejo no volvería a moverse; tampoco, a hablar. Cuando Antenor estuvo en condiciones de comprender alguna cosa, Paula le anunció lo del chico.

–Va a tener el chico –le anunció–. La Tomasina me lo ha dicho.

Un brillo como de triunfo alumbró ferozmente la mirada del viejo; se le achisparon los ojos y, de haber podido hablar, acaso hubiera dicho gracias por primera vez en su vida. Un tiempo des­pués garabateó en un papel que quería volver a la casa grande. Esa misma tarde lo llevaron.

Nadie vino a verlo. El médico y el capataz de La Cabriada, el viejo Fabio, eran las dos únicas personas que Antenor veía. Salvo la mujer que ayudaba a Paula en la cocina –pero que jamás entró en el cuarto de Antenor, por orden de Paula–, nadie más andaba por la casa. El viejo Fabio llegaba al caer el sol. Llegaba y se que­daba quieto, sentado lejos de la cama sin saber qué hacer o qué decir. Paula, en silencio, cebaba mate entonces.

Y súbitamente, ella, Paula, se transfiguró. Se transfiguró cuando Antenor pidió que lo llevaran al cuarto alto; pero ya desde antes, su cara, hermosa y brutal, se había ido transformando. Ha­blaba poco, cada día menos. Su expresión se fue haciendo cada vez más dura –más sombría–, como la de quienes, en secreto, se han propuesto obstinadamente algo. Una noche, Antenor pareció aho­garse; Paula sospechó que el viejo podía morirse así, de golpe, y tuvo miedo. Sin embargo, ahí, entre las sábanas y a la luz de la lám­para, el rostro de Antenor Domínguez tenía algo desesperado, emperradamente vivo. No iba a morirse hasta que naciera el chico; los dos querían esto. Ella le vació una cucharada de remedio en los la­bios temblorosos. Antenor echó la cabeza hacia atrás. Los ojos, por un momento, se le habían quedado en blanco. La voz de Paula fue un grito:

–¡Va a tener el chico, me oye! –Antenor levantó la cara; el remedio se volcaba sobre las mantas, desde las comisuras de una sonrisa. Dijo que sí con la cabeza.

Esa misma noche empezó todo. Entre ella y Fabio lo su­bieron al cuarto alto. Allí, don Antenor Domínguez, semicolgado de las correas atadas a un travesaño de fierro, que el doctor había hecho colocar sobre la cama, erguido a medias podía contemplar el campo. Su campo. Alguna vez volvió a garrapatear con lentitud unas letras torcidas, grandes, y Paula mandó llamar a unos hombres que, abriendo un boquete en la pared, extendieron la ventana hacia abajo y a lo ancho. El viejo volvió a sonreír entonces. Se pasaba horas con la mirada perdida, solo, en silencio, abriendo y cerrando la boca como si rezara –o como si repitiera empecinadamente un nombre, el suyo, gestándose otra vez en el vientre de Paula–, mirando su tierra, lejos hasta los altos pinos, más allá del Cerro Negro. Contra el cielo.

Una noche volvió a sacudirse en un ahogo. Paula dijo:

–Va a tener el chico. El asintió otra vez con la cabeza.

Con el tiempo, este diálogo se hizo costumbre. Cada noche lo repetían.

V

El campo y el vientre hinchado de la mujer: las dos únicas cosas que veía. El médico, ahora, sólo lo visitaba si Paula –de tanto en tanto, y finalmente nunca– lo mandaba llamar, y el mismo Fabio, que una vez por semana ataba el sulky e iba a comprar al pueblo los encargos de la muchacha, acabó por olvidarse de subir al piso alto al caer la tarde. Salvo ella, nadie subía.

Cuando el vientre de Paula era una comba enorme, tirante bajo sus ropas, la mujer que ayudaba en la cocina no volvió más. Los ojos de Antenor, interrogantes, estaban mirando a Paula.

–La eché –dijo Paula.

Después, al salir, cerró la puerta con llave (una llave grande, que Paula llevará siempre consigo, colgada a la cintura), y el viejo tuvo que acostumbrarse también a esto. El sonido de la llave giran­do en la antigua cerradura anunciaba la entrada de Paula –sus pa­sos, cada día más lerdos, más livianos, a medida que la fecha del parto se acercaba–, y por fin la mano que dejaba el plato, mano que Antenor no se atrevía a tocar. Hasta que la mirada del viejo también cambió. Tal vez, alguna noche, sus ojos se cruzaron con los de Paula, o tal vez, simplemente, miró su rostro. El silencio se le pobló entonces con una presencia extraña y amenazadora, que acaso se parecía un poco a la locura, sí, alguna noche, cuando ella venía con la lámpara, el viejo miró bien su cara: eso como un gesto estáti­co, interminable, que parecía haberse ido fraguando en su cara o quizá sólo en su boca, como si la costumbre de andar callada, apre­tando los dientes, mordiendo algún quejido que le subía en pun­tadas desde la cintura, le hubiera petrificado la piel. O ni necesitó mirarla. Cuando oyó girar la llave y vio proyectarse larga la sombra de Paula sobre el piso, antes de que ella dijera lo que siempre decía, el viejo intuyó algo tremendo. Súbitamente, una sensación que nunca había experimentado antes. De pronto le perforó el cerebro, como una gota de ácido: el miedo. Un miedo solitario y poderoso, incomunicable. Quiso no escuchar, no ver la cara de ella, pero adi­vinó el gesto, la mirada, el rictus aquel de apretar los dientes. Ella dijo:

–Va a tener el chico.

Antenor volvió la cara hacia la pared. Después, cada noche la volvía.

VI

Nació en invierno; era varón. Paula lo tuvo ahí mismo. No mandó llamar a la Tomasina: el día anterior le había dicho a Fabio que no iba a necesitar nada, ningún encargo del pueblo.

–Ni hace falta que venga en la semana –y como Fabio se había quedado mirándole el vientre, dijo: –Mañana a más tardar ha de venir la Tomasina.

Después pareció reflexionar en algo que acababa de decir Fabio; él había preguntado por la mujer que ayudaba en la casa. No la he visto hoy, había dicho Fabio.

–Ha de estar en el pueblo –dijo Paula. Y cuando Fabio ya montaba, agregó: –Si lo ve al Tomás, mándemelo. Luego vino Tomás y Paula dijo:

–Podes irte nomás a ver tu chica. Fabio va a cuidar la casa esta semana.

Desde la ventana, arriba, Antenor pudo ver cómo Paula se quedaba sola junto al aljibe. Después ella se metió en la casa y el viejo no volvió a verla hasta el día siguiente, cuando le trajo el chico.

Antes, de cara contra la pared, quizá pudo escuchar algún quejido ahogado y, al acercarse la noche, un grito largo retumban­do entre los cuartos vacíos; por fin, nítido, el llanto triunfante de una criatura. Entonces el viejo comenzó a reírse como un loco. De un súbito manotón se aferró a las correas de la cama y quedó sentado, riéndose. No se movió hasta mucho más tarde.

Cuando Paula entró en el cuarto, el viejo permanecía en la misma actitud, rígido y sentado. Ella lo traía vivo: Antenor pudo escuchar la respiración de su hijo. Paula se acercó. Desde lejos, con los brazos muy extendidos y el cuerpo echado hacia atrás, apartan­do la cara, ella, dejó al chico sobre las sábanas, junto al viejo, que ahora ya no se reía. Los ojos del hombre y de la mujer se encontra­ron luego. Fue un segundo: Paula se quedó allí, inmóvil, detenida ante los ojos imperativos de Antenor. Como si hubiera estado es­perando aquello, el viejo soltó las correas y tendió el brazo libre hacia la mujer; con el otro se apoyó en la cama, por no aplastar al chico. Sus dedos alcanzaron a rozar la pollera de Paula, pero ella, como si también hubiese estado esperando el ademán, se echó hacia atrás con violencia. Retrocedió unos pasos; arrinconada en un án­gulo del cuarto, al principio lo miró con miedo. Después, no. An­tenor había quedado grotescamente caído hacia un costado: por no aplastar al chico estuvo a punto de rodar fuera de la cama. El chico comenzó a llorar. El viejo abrió la boca, buscó sentarse y no dio con la correa. Durante un segundo se quedó así, con la boca abierta en un grito inarticulado y feroz, una especie de estertor mudo e impo­tente, tan salvaje, sin embargo, que de haber podido gritarse habría conmovido la casa hasta los cimientos. Cuando salía del cuarto, Paula volvió la cabeza. Antenor estaba sentado nuevamente: con una mano se aferraba a la correa; con la otra, sostenía a la criatura. Delante de ellos se veía el campo, lejos, hasta el Cerro Patrón.

Al salir, Paula cerró la puerta con llave; después, antes de atar el sulky, la tiró al aljibe.

 

 

 

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Crónicas de mi viaje a Bahia, de como me engramparon con un baño de sal candomblè, y del parecido de los Orixas en el agua con los guerreros samurai- 2da entrega.


tanto brasil!, yo me sanè cerca del estadio de bahia.

NO SOY LO QUE DEBERIA, el blog de Nilda

Frente al dique de Tororo están rehaciendo enorme estadio de fulbo para el mundial de Brasil.

En el dique de Tororo hay dioses candomble en el agua. Los orixas. Enormes imagenes (estatuas) que se parecen mas a guerreros japoneses de siglos remotos que a cualquier imagen de la iconografia cristiana.descarga (3)

images (8)

Ahora fui sanada en la fe candomble, no se si cuenta el baño de sal que me dieron en la puerta de Nossa Sehora de Bom Fin. Bajè de mi micro de excursion -y habia que subir una pequeña escalada hasta el templo donde eran sacudidas con viento calido miles y miles de cintitas de colores de los promeseros, atadas a cualquier superficie que permitiera una atadura, una iglesia catolica donde el sincretismo no es pecado, surge sin violencia…

Un hombre/mujer, gordo y afeminado, suavizado lo masculino de su ser, pero insistente en sus practica me abarajò: con una rama…

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antes de que mi blog cierre como un parripollo


un video club, una franquicia de donking dounuts, una cancha de padle, una cuenta de hotmail, un fotolog, voy a cometer el peor de los pecados: La autorreferencialidad.
Entonces voy a ser descaradamente egocentrica, -tal como lo vengo haciendo desde hace 5 años- y poner cosas que me gustan, El orden es aleatorio y no implica gradiente alguno.

1) La canción de agua (incluido lagos, mares, riachos y acumulaciones de lluvia que solo sirven para criar larvas)

http://youtu.be/bjXu8w7zUhY (una version entre tantas)

2) Mi comida preferida de infancia

Los sanguches de miga de jamon y lechuga

3) Mi cuento preferido entre millones y millones de cuentos leidos

http://www.barcelonareview.com/36/s_ac_2.htm

4) Lo que primero que pienso cuando miro el mar

5) Donde no me gustaría vivir, para nada, jamas

en una casa en la llanura, me dan miedo las vastedades. Algo asi es lo que temo

7) lo que mas me gusto en la vida lejos, lo mejor

Ser madre de Malena y Julian, por orden de apariciòn

8) lo que me hubiera gustado ser que no fui y ya no sere nunca de verdad tal como lo hubiera soñado

una viajera

9) Una cosa peligrosa que me gusta, pero nadie sabe

ver tormentas desde un lugar seguro

10) Que cosa odio de las personas pero tengo en mi

la mediocridad.

11) que defecto banal, idiota y sin sentido me la baja

Las faltas de ortografia, en los demás. Tengo indulgencia para las mías

12) que cosa quisiera cambiar y ya no voy a cambiar porque cuesta mucho trabajo a pesar de que peno demasiado por ello.

el perdonarle la vida a los demás, creo que tendría que ser mas cruel y mas hija de puta y entonces seria -no tengo lugar a dudas de este tópico, mas flaca. Me he tragado tantos sapos que si fueran venenosos yo estarìa tullida o muerta.

13) mi actor preferido, Denis Hooper, que ademas sacaba estas fotos, amor de mi vida, denis

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14)mi pelicula pochoclera preferida

Stand by me.

 

15) mi pelicula bafici preferida (no creo que la hayan dado en el bafici, pero ese es el concepto)

Una de bogdanovich que se llama The last picture show y la vi en la compu

 

16) mi serie preferida de vieja o mujer mayor o llamalo H

Six feet under

17) mi serie preferida de ventiañera

MASH

 

18)que cosa no quisiera cambiar aunque debería

miren, si muriera hoy, pueden decir, y no van a estar equivocados: la gorda murió en su ley.

 

 

 

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entre gallos y medianoche. La municipalidad de lomas de zamora y su concurso de cuentos Veredas de Sueño


A veces participo en concursos literarios:  sin padrinos ni contactos, sin roce ni  grupos de pertenencia, escribo sola. No me hago problema , soy una mina ya muy grande, famosa no voy a ser nunca y  se pasò mi cuarto de hora. Pero me da gusto ser leída y participar en un concurso es como una promesa. Me gane un par de concursos (el Metrovias del 2010 y hace nada uno de feministas latinoamericanas con un poema, que escribì pensando en mis cosas. Grito de Mujer es el colectivo ,y ni  siquiera me avisaron que mi texto habia sido seleccionado.  fui al libro digital con los trabajos y allí estaba mi poema y mi foto. Mírenlo si quieren.  En la pagina 43 esta mi producción.

http://www.calameo.com/read/003060417739cb2df7559

Tambien tengo un par de trabajos en el libro de Tessa . Estuve tan contenta cuando los vi!.

 

Lo peor de lo peor en cuestiones de premios  es lo del concurso que hizo la municipalidad de Lomas de Zamora en honor a Cortazar “Veredas de Sueño”. Bueno, les cuento que un cuento mio salio finalista y supuestamente me tenian que convocar hace 2 años para una ceremonia con aplauso, medalla beso y entrega de la antología. Me cansè de reclamar.Cosas de realismo magico de los pagos de Duhalde y tambien de Martin Insaurralde (era su gestiòn cuando el concurso se hizo)  Nunca hubo ceremonia ni entrega, ni aplauso ni un carajo: Ahora me llaman que vaya a retirar mis cinco ejemplares. Les diría que se metan los ejemplares en el orto, pero no. Voy a ir. Me los  gané. Soy una persona sensible. SI me gano un concurso quiero que me mariconeen un poco, un aplauso, algo hermano!: Ademas este es el año Cortazar ¿que les costaba en la municipalidad de lomas hacer una pequeña kermesse diciendo que cortazar es importante para el municipio donde vivió? Ademas, y con demora los libros estaban impresos. Unos saladitos tobaras, un vinito de caja, hermano!!! Nada. la cultura, ah! la cultura. Este es cuento, lo publique antes en el blog pero el publico se renueva y si ellos no me hacen fru fru, el autobombo me lo hago yo solita.

das narrenschiff.

Ya no hay laberintos

(…)

A nadie tienen que los tema y vocifere, ningún adolescente de encendida espada irrumpe de la nave y corre a ellos para morder por fin el alegre, jugoso durazno de la sangre

Julio Cortazar- Las ruinas de Cnossos

      Oxidadas por la sal marina, que no respeta a fierro ninguno, las poltronas gritan  a quien las observe que deberían haberse renovado hace una década. Lona verde y naranja, a rayas horizontales, en una trama que en algún momento fuera clásica pero que ahora, definitivamente está fuera de lugar, puesta por un escenográfo torpe. Las lonas quemadas por el sol, no obstante, resisten el peso de estas mujeres. Cuando el Río de la Plata se mixtura con el mar, lo marrón persiste un rato largo. El agua carga sangría del Paraná, lleva moléculas de tanta miseria y verdor y tanta tierra roja, ella no entrega así nomás su esencia a la anodina y persistente agua marina. El mar, desde acá,  parece, mas que agua, un enorme cobija turquesa que dos invisibles deidades sacuden tomada por orillos que no llegamos a apreciar. Las mujeres recostadas semejan enfermas graves o hombres capturados por la modorra despues de una comida copiosa. Están entregadas. Un mozo,  viejo, con callos plantales que lo hacen caminar como un contrahecho, calzado con zapatos de cuero lustrados en exceso, con cordones, atraviesa cubierta repartiendo sundaes recubiertos de sirope naranja y azul  .Al derretirse  el helado se forma un reguero de  baba gomosa sobre la popa.  El mar, que es limpio, salpica y la injuria se lava Las mujeres  permanecen con  los ojos cerrados, envueltas en batas, todas iguales, un poco amarillentas, que supieron de mejores tiempos. Las batas son o fueron de Colmegna, la tradicional casa porteña de baños turcos, un bordado da testimonio. Este ramillete de mujeres están hermanadas por la mirada perdida y el estigma del desaliento, que les refulge como si fuera una cruz de fuego en la frente.. Al terminar el sundae, se empiezan mover, parece como si estuvieran en una sala de espera de medico y ya pasó demasiado rato y nadie sale a dar explicaciones. Coloradas por el sol de noviembre, y despeinadas por los vientos que asolaban la planchada, no es necesario una mirada atenta para advertir que ninguna es hermosa, sino todo lo contrario y algunas, como yo, tienen poco pelo .Y como lo tienen largo, parece aun menos pelo. Unas cabelleras lamentables. Dos horas ha que zarparon de la costa de  Quilmes. El preámbulo fue la subida a un pequeñísimo lanchón donde permanecieron  paradas tal como se hace en un colectivo suburbano o en un ascensor atestado: digo, ignorándose unas a otras Solo abordaron la nave cuando llegaron a la mitad del río, donde las cartas náuticas indicaban la posibilidad. Me gustaría saber la eslora para explicarles bien. Puedo decir que ninguna fue obligada. Mansas como corderos. Es que siempre hacemos eso, nos entregamos sin saber (yo hago eso,  me podría haber pasado).   Las recibió el mismo hombre del sundae con sirope, pero con otro uniforme, asegurándose que no resbalaran en la escalerilla, que llegaran salvas a la planchada, a los deteriorados camarotes del único subsuelo..Ellas no se dieron cuenta lo extraño del asunto, no sabían de rituales de barco, de capitanes, de que -necesariamente-tendrían que haber visto mas gente. Ahora, mientras la necesidad de dejar testimonio me impulsa a esta crónica, en este preciso momento, una que está a mi lado,  se agarra con el puño su bata de toalla y lo increpa, le pregunta como se llama el barco. Insiste que es hora de develar el destino del premio de la Lotería Turística, no quiere que se note pero está asustada. Yo conozco los signos: está asustada.  El sol la ha puesto como un camarón, el pelo revuelto, la bata abierta que deja ver que abajo continúa (pese a las indicaciones en contrario) vestida con ropa de calle, para irse presta si fuera necesario (ese es el plan) Inclusive, al levantarse, noto que abajo de la toalla en la que recostaba su cabeza segundos antes, está su bolsito de mano. No se como pudo hacer. A mi me lo retiraron ni bien ingrese al barco. El mozo de los cayos plantales intenta tranquilizarla. Le dice que la nave es Das Narrenschiff y que el viaje será placentero. Le habla de cartas marinas, del Caribe, inclusive creo que escuché la palabra Mediterráneo. Ella vuelve a la poltrona, busca su bolso tanteando en la almohada , y por primera vez (es tarde) se da cuenta que en el mar (como en la vida) no hay por donde escapar. Yo cierro los ojos,  intentaré dormir, mientras la nave va.