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Viejos son los caminos pero igual echan polvo. Un cuento de la otra: Pampa Marigold.

Viejos son los caminos, pero igual echan polvo.
En fin, la cosa es que hace unos meses vi una pelicula maravillosa que transcurrìa en la India, Hotel Marigold, para personas viejas y hermosas Y escribí este cuento que pensé que estaba en este blog pero no. Una nueva oportunidad de ser leìdo para Pampa Marigold.


Pampa Marigold

Esperamos dos horas en una vieja estación de tren, galería con chapas acanaladas, dos salidas (una al norte, la otra ya saben) y una pequeña sala de espera con piso damero y bancos de madera, pintados de un marrón casi caoba.
A cada lado un baño con enorme cartel indicando el sexo. El techo altísimo con vigas de madera. A la manera inglesa, como son nuestras estaciones.
En paralelo a las vías, un camino, una plaza, algunos puestos, algo de gente ajena. El tiempo ayudaba para sentirnos en una isla. Ahí no hacia frio, afuera era como una Siberia en la llanura, pero sin hielo. El campo afuera era inmenso, con la vastedad del cielo. Esa maldición argentina: la extensión. Se olía la inmensidad como si tuviera características organolépticas, como si eso, que es un concepto, fuera un animal en celo.
Nos tenían que venir a buscar. Náufragos. Los que estábamos allí íbamos al Hotel Marigold, para personas mayores y hermosas, sucursal Realicó, donde la provincia de Buenos Aires se va diluyendo hacia el oeste, y entrás en La Pampa casi sin darte cuenta
Nos había traído el tren que lleva carga una vez por semana desde Bragado Y a Bragado cada uno había llegado por las suyas. Para mi, demasiado viaje. Miren que cosa: en estos días vi en la tele que habían inaugurado un tren moderno, pero cuando hice el viaje ni reparé en obras

El paisaje me era tan ajeno como si estuviera en Jaipur. Pero sin multitudes empujando, voces chillonas ni colores escandalosos. Lo que había verdeado en el tránsito hasta allí se había puesto finalmente oscuro y triste. Evoqué el Zoológico de Buenos Aires
cuando se van los paseantes y los animales empiezan a aullar y te corren fríos de miedo repentino por la espina. Nadie diría que a pocas cuadras bulle Palermo, sino mas bien que las sombras te van a tragar sin piedad y escupir después tus despojos.

Promedio de edad unos sesenta, pero con gran amplitud. Carlos no llegaba a los cincuenta y la Señora Hermida pasaba los ochenta. Mi edad ustedes la saben y no tengo por que insistir con el tema.
Siete éramos al principio. pero ni bien llegamos a Realicó dos -cobardes o prudentes – desertaron. Una de las mujeres se aferró a su celular, hablaba con cierto hijo, y cruzó al hotel de la estación sin decir palabra. Desde mi lugar veía el cartel del hotel “cómodas habitaciones, pasajeros, familias” Yo -por una cuestión de cercanía mas que de interés- había escuchado su discusión donde el hijo quedó en venir a buscarla . Otro (un hombre que me resultó interesante y del que esperaba fuera mi compañero de charlas) se fue haciendo alharacas de estafado. Me decepcionó cuando de la nada, apenas llegados, donde todavía no teníamos de que preocuparnos, empezó a hacer lobby para que todos nos volviéramos de cualquier manera. Que reclamáramos el dinero. Tenia un pelo suave, largo y canoso, una cara tostada como si fuera un cultor de la new age o esos que veranean en Florianopolis.

De los cinco que permanecimos, ninguno le dio demasiada pelota, estábamos, como te diría, mansos o cansados. En ese momento llego una azafata a servirnos un refrigerio de bebidas frías y sanguches calientes. Ni lo vi cuando agarró sus cosas y partió, me dijeron después que puteandonos.
.
Éramos gente silenciosa Gente mayor silenciosa. Pero después de la coca y los tostados, y mientras la pampa se ponía melancólica y el horizonte , rosa primero, anaranjado y luego negro nos fuimos amuchando, ¿viste como cuando hay un fuego?. La señora Hermida saco un termo que yo no le había visto y empezó a cebar mate. No tuve corazón para decirle que no tomaba, y por mi parte pelé una lata de mis galletitas preferidas, que guardaba para mejor ocasión. Unas danesas que me había comprado en Falabella cuando fui a renovar mi stock de bombachas para el viaje. No sabría donde las iba a tender y tener bombachas nuevas tendidas otorga cierta dignidad.

La luz de la sala de espera amarillaba la escena, como en un cuadro de Hopper. Hablábamos quedamente, como si la estación de tren fuera nuestro destino final, un velorio de un viejo amigo muy querido y con pocos deudos, un fin de fiesta. Cuando la conversación agonizaba y el agua del mate estaba fría y de mis galletitas quedaba solo la lata (un paisaje marino), apareció la combi del Pampa Marigold. Habían pasado como dos horas.

En el viaje (unos diez minutos) la señora Hermida contó algo de parientes políticos complicados, pero sin énfasis, como si tratara de una enfermedad crónica que hay que saber sobrellevar. El señor encorvado y flaco, de mirada esquiva, Tornatore, me dijo casi en secreto que le habían pedido demasiado dinero por la casa que alquilaba y el hotel le había parecido una buena oportunidad para despejarse y hacer algo con eso de tener que mudarse, después, a la casa de una hija casada. Había visto el aviso en internet -como yo- y había picado sin averiguar demasiado. Además había aprovechado la oferta de groupon. Cuando el me dijo groupon todos levantamos la vista y sonreímos. Los

cinco habíamos llegado al Pampa Marigold por la oferta de Groupon.
Después estaba Alina (o Lina) que, como toda presentación, cuenta que se había separado y que estaba muy dolida porque sus hijos grandes no se lo perdonaban y necesitaba espacio: Alina quería cambiar de vida. Yo le imaginaba cerca de 70, pero me dijo sesenta y tres y me invadió un vago malhumor. Así me vería yo, pronto.

En cuanto al mas joven del grupo, Carlos, su argumento fue que contrató el paseo (dijo paseo) por que tenia que superar una crisis nerviosa. Se veía claramente que no era feliz. Yo, como ellos, invente algo para salir del paso. Nadie sabe nunca bien porque hace las cosas. Los más lúcidos sabemos que nuestras razones son contingentes. Decir que me quería morir no era de buen compañero de viajes.

Iba ligera de equipaje, Tornatore, Lina y la señora Hermida llevaban dos valijas grandes cada uno. Y Carlos una mochila. Nos esperaba un cuarto en una vieja estancia venida a menos, con verdín en las paredes blancas exteriores y un cartel enorme pintado donde decía Gran Hotel Marigold para personas mayores y hermosas. Mas que un hotel temí haber errado la oferta y embarcado en un geriátrico

Yo no largué mi bolso con rueditas y vi que Carlos tampoco entregaba su mochila a las mucamas. Nos pusieron en habitaciones contiguas con un baño en común (la oferta no aclaraba baño privado, me dijo la mucama, ante mis protestas). No tuve ganas de pelear.
Quedamos con Carlos en cerrar las puertas del baño con llave (una daba a cada habitación) cuando lo usáramos. La cena fue intrascendente. Una sopa humeante y la bienvenida de cortesía del manager del hotel. Luego una carne a la cacerola, y flan. Ya

eran las once.

Yo tengo insomnio y no tenia tablet ni pc,ni mi telefono era inteligente ni nada. El hotel no tenia wi fi. Y tampoco una pc de uso para los pasajeros. Ni siquiera vi en la recepción la pc de uso de la gerencia. Más vale me hubieran matado.
Me senté a llorar en el inodoro, quedamente, a las cuatro de la mañana. Juro que no hacia ruido. Me acostumbre a llorar sin ruido, para no molestar.

Él se levanto y golpeó quedamente la puerta. Entendí que tenía que usar el baño,- cuando sos grande siempre usas el baño a mitad de la noche- y le avisé que ya salía. Me mire en el espejo. No me reconocí demasiado. ¿Quien era esa? ¿Yo?

No tuvo la decencia de esperar que regresara a mi habitación, empujó la puerta simultáneamente a que yo sacaba la traba y nos encontramos los dos en el baño. Un baño grande, de estancia, con artefactos de cien años y afuera cantaban los zorzales ¿ud. vio que esos pájaros rompebolas cantan de noche? Me han dicho que buscan pareja.

Estaba vestida con una remera vieja y el pantalón de un conjunto de pijama de falso raso. El estaba desnudo. Y triste. Yo soy de hacer bromas y para salir del paso le dije que en groupon no hablaban nada de hombres desnudos. Baje la tapa del inodoro y me senté allí. Se quedo parado como sin verme.
Me dio como unas ganas de abrazarlo, de preguntarle que le pasaba. Pero yo estaba sentada, y mi cara, frente a su pubis.

Hacia tanto tiempo que no le veía la pija a un hombre que tuve que tocarla, necesite sentir la tersura de la piel, agarrarla entre las manos como se agarra algo que te da ternura. De repente me miró como si recién me viera. Vine a hacer pis, me dejas? me dice y yo abro los dedos dejando libre aquello que toque inerme, pero ya no. La volví a mirar, tersa, pero ahora inabarcable por mi palma, preguntándome que les pasa a los hombres cuando al mismo tiempo tienen ganas de hacer pis y una erección. Como si ,esas cosas simultaneas fueran incompatibles o dolorosas.
Misteriosos y sensuales hombres.

Carlos me pregunta mi nombre, disculpándose por haberlo olvidado y le digo Asia. ¿Como? Asia, decime Asia.

Y me doy vuelta y me voy. con la desaprensión de quien en vez de haberle agarrado la pija a un tipo desnudo en el Hotel Marigold, saliera de un ascensor por haber llegado a su piso.
Quizá pudiera dormir, llevando a la cama mi mala fe, mi sorpresa, mi insomnio y el tacto de la vena latiendo aun en la palma, la suavidad de palta del pedazo de su cuerpo que cobijé, y su mirada triste.

Puede que haya golpeado la puerta del baño desde adentro poco tiempo después: Tal vez lo soñé. Dormí con la palma cerrada, mi mano la sentía todavia latir. Era mi pulso, o ese fenómeno que describe la medicina, donde los amputados sienten comezón donde debería haber un brazo, una pierna y ya no, y solo queda su fantasma. En mi

puño cerrado, el fantasma de su pija.

A la mañana la mucama avisa que me esperan en el comedor para servir el desayuno. Miro por la ventana y llueve. Al entrar, me viene a la cabeza una una frase de Bestiario, “apenas llovía y las cosas tenían, sin embargo, algo de húmedo y abandonado” . El no me mira. Pero cuando lo hace la mirada es franca, es limpia. Casi que se le fue la tristeza y le vino el deseo.

Trate de sostenérsela (esta vez se trataba de la mirada, nomás) pero me agarró una vergüenza blanda. Los huéspedes comían huevos y bacón (asi llamaban las mucamas a la panceta, porque la promesa era desayuno americano) porque estaba incluido y no era cuestión de desaprovechar, y yogur y budín, todo estaba incluido en el groupon . La señora Hermida y Lina se contaban sus vidas Yo parloteaba, con énfasis sobreactuado, a Tornatore, de mis vacaciones en las Termas, en cualquier terma, para que Carlos se diera por enterado de que no le impostaba una mujer joven. Al rato, todos hablaban de jugar al truco. La lluvia impedía las “actividades programadas”: caminata por el campo, avistaje de aves o paseo en coche de caballos por las cercanías. Mejor.

En el dormitorio -la chica estaba limpiando- puse música guardada en el teléfono. Quise algo que me permitiera olvidarme de la razón por la que estaba en el Hotel Marigold.. Me hundí en una novela que llevaba, una de Guillermo Saccomano, y nuevamente me quede dormida.

Entró por el baño. Me traía chocolates con licor. Los había ganado en un juego de salón
que había propuesto el manager, puesto a animador, con prendas. No tuve la hipocresía necesaria para decirle que no podía entrar al dormitorio por el baño cuando quisiera. En realidad había estado esperándolo, sin saberlo, desde el primer minuto.

La música concluye, y yo me miro en el espejo y me veo de frente y a él de espaldas, y muerdo el bombón y desparrama whisky almibarado sobre mis labios y mi mentón y entonces me limpio con la mano y el lame mi mano. Ese gesto me calienta, me moja, me hace un poco feliz.

Tengo que decir algo, (mi mente bombardea) tengo que decir algo (no quiero banalizarlo) tengo que decir algo (salir del paso, reírme, llenar el vacío) tengo que decir algo (ser banal, ser idiota, ser canchera) tengo que decir algo (llenar el espacio de puntos suspensivos)

Entonces, dejo de pensar. Carlos se saca los zapatos, y así, vestido (yo también lo estaba) nos metemos entre las sabanas. A pesar de lo barato del lugar, las sabanas son de hilo, y tienen un monograma bordado con oro.

Me golpean la puerta, es la Sra. Hermida, quiere avisarme que en 10 minutos almorzamos. Y después de contestarle golpea la puerta de Carlos. El se levanta, pasa por el baño a su dormitorio y le abre. No escucho el dialogo.

Asia, me dice cuando vuelve (no es mi nombre, me lo inventé para él, para que me

llamara de una forma que nadie lo hizo nunca) ¿Queres?

Claro que quiero pero no se lo digo. Le digo en cambio, vamos a almorzar ¿hay que ponerse otra ropa? El mira mi ropa extendida en la cama vacía de la habitación y me elige un vestido. Y se acerca y desabrocha mi vaquero y me saca lo que tengo puesto, como un enfermero a una paciente, sin lujuria, sin apuro. Pero después me saca la bombacha Me mete los dedos, se los moja en mi.. Me deja ahí sin ropa y después me viste con el vestido pero sin ropa interior. No se que decir, me dejo hacer. Antes me pone frente al espejo. No puedo hacer bromas, no puedo hablar- El mundo gira y yo lo escucho girar. y todo está en orden. Carlos es un enfermero y yo estoy convaleciente. Me miro al espejo. El esta a mi lado: Lucimos bien.

Salimos juntos de mi pieza y en el pasillo nos encontramos con Tornatore que nos observa con un poco de envidia. Hace un comentario maledicente, algo sobre la siesta. Carlos se ríe. Cascabeles, música, que se yo. Llamemos a las cosas por su nombre: alegrìa.

La tierra tiembla, el agua cae por fuera de las ventanas del hotel Marigold, los canteros se empantanan, llueve como si el mundo fuera a derretirse. Ponen música, algo barroco, pero llueve tanto que el ruido de la tormenta compite con el burubù de las conversaciones y con la música de fondo.

Digo que tengo que ir a buscar a la habitación un abrigo para los hombros, pero la verdad es que me voy a poner una bombacha. Así no puedo estar. Vuelvo adecentada y

no pienso ir a dormir la siesta ni a coger con nadie nunca.

El hotel Marigold, el Pampa Marigold, después de todo, a cumplido lo que prometió. En menos de 24 horas terminé sintiéndome una mujer mayor y hermosa.

Después de los postres, Carlos me agarra -todos miran, quizá escandalizados, incluso el gerente, que debe estar acostumbrado a cada cosa, y nos vamos para su habitación. Dicen que coger es como andar en bicicleta: no se olvida.

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6 comentarios sobre “Viejos son los caminos pero igual echan polvo. Un cuento de la otra: Pampa Marigold.

  1. claro!, pero le di una segunda oportunidad en este. Estoy dandole unos toques a los cuentos para mandarlos a un concurso en cordoba. Los releo, los arreglo y los publico como refritos, Estoy medio parada en la creatividad. Tiempo de seca.

si un arbol cae en el bosque y nadie lo escucha no hay sonido.Comentame que me gusta

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