¡que bueno! Encontre un cuento maravilloso para el tag “lo masculino enigmatico”


Este tag trata de relatos de hombres en relación a sus padres. Walter Lezcano escribio este. ¿que mejor forma de levantar un blog alicaído como el “nosoyloquedeberia” con un cuento que remoce un tag que venia en bajón? El escritor es de Solano, un poco mas conurba profundo que Lanus y tiene una editorial artesanal. Tendría que mandarle mis cuentos a ver si hay chance, pero eso me parece cosa de jóvenes. Aunque no se… quizá soy joven y no me di cuenta. Pizpeen el blog (abajo esta el link) y vean la belleza de esos libros.! La ultima entrada de ese blog es de mayo 2013, se tienen menos fe que yo misma, que insisto.

La última canción – Un cuento de Walter Lezcano

“Pero qué vas a saber vos de música, ni siquiera sabés lo que te están diciendo… si por ahí te cantan “el que escucha esto se la come doblada” y ni te das cuenta.”

Fuente: http://editorialmanchadeaceite.blogspot.com/

La última canción

Por Walter Lezcano

-¡La puta que te parió!- me dijo mi mamá y fue a socorrer a mi viejo que estaba en el piso retorciéndose de un dolor seco y sordo. Creo que nunca voy a olvidar esa mirada que me largó desde el suelo: triste, decepcionada y, sobre todo, llena de bronca. Un rato antes, mi papá me estaba gritando como un desaforado. Yo también le estaba gritando a él. Rutina, nada nuevo. Ya era un deporte para nosotros, al que le poníamos el alma. Y así se nos iba la vida.
Nos estábamos trenzando en una discusión por una boludez: la música. Digo boludez ahora que pasó el tiempo. Ahora que crecí y puedo ver las cosas de otro modo, menos terminantes. En esa época, cuando era chico, era rígido como un milico. Era dueño de pensamientos comprados y tenía unos cuantos prejuicios en los bolsillos para repartir y desechar cualquier cosa que no vaya conmigo. Hablaba porque el aire era gratis en realidad. Cuando era joven sentía que le verdad tenía contrato de exclusividad conmigo. También creía que tenía mucha personalidad. Pero estaba equivocado.
La cuestión era que estaba escuchando en mi pieza a los Rolling Stones a todo lo que da. Jumping Jack flash, no sé si lo conocen. Él, que recién volvía del laburo, entró sin golpear, como hacía siempre, y me pidió, más bien me ordenó, que bajara el volumen. Yo sabía perfectamente que eso le molestaba, lo ponía loco. Sin embargo, se lo hacía porque que era algo que disfrutaba. Papá y yo teníamos varias cuentas pendientes y quería hacérselas pagar de alguna forma. ¿Quién no quiso matar a su viejo en algún momento? Tal vez nadie. Yo sí. Era un pensamiento que me acosaba con una profunda intensidad. Parricidio. O hacerlo mierda, no eran ideas abstractas. Eran imágenes mentales que quería trasladar al terreno de lo real. Pero sabía que ese trasbordo era imposible, nunca iba a poder llevarlo a cabo. Me daba fiaca, o, como dice una amigo, paja. Mucho laburo: pensar un plan, después deshacerse del cadáver, arrojarlo a un lugar seguro. Hay que tener en cuenta que el viejo pesaba 95 kilos y yo, apenas, 63: era una diferencia a tener en cuenta, había peligro de una hernia o algo así. Y estaba luego todo el bondi con la policía: explicaciones, ver a mi vieja destruida, etcétera. Era demasiado. Entonces, resignado, hacía pequeñas contribuciones al caos hogareño: le ponía pequeñas vayas para que al tipo le cueste llegar a su tranquilidad. Les cuento una: le calentaba la cerveza. Mi papá, una vez por semana, el domingo o el lunes, se compraba cinco birras para tener algo de placer espumoso a la vuelta del día laboral. Se tomaba una por noche para sentirse como un ser humano y sacarse de encima ese traje mugroso de empleado de matadero que detestaba. Él iba a las cinco, todas las tardes, a la cocina, abría la heladera y pretendía encontrar una botella de birra bien helada, pero siempre las encontraba tibias. Se enardecía, puteaba a Edesur, a Dios y a María santísima. Creía que era un problema de electricidad, de tensión, de la mala leche del destino. Se quedaba cargado de esa impotencia desgastante de no tener con quien quejarse o ir a romperle la jeta. Unas horas antes yo las había llevado al techo para que se nutran de sol, para que pierdan vida. Luego las dejaba humeantes en la heladera y esperaba. De mi pieza escuchaba sus gritos tristes y sonantes. Me reía de él, que no había hecho nada grave como para ser el blanco de mi odio injustificado. Trabajador, iletrado y sin una pisca de sensibilidad, papá nunca estuvo presente en casa. Sólo eso: faltó a todos los hechos importantes de mi corta vida y se ganó la rifa de mi desprecio insondable y agudo. Lamentablemente uno no elige a los padres, pero sí elige cómo tratarlo. Yo había elegido destruirle la sonrisa.

Es increíble lo que produce la ausencia. Uno necesita llenarla con algo sustancial. Algo que tenga un peso mucho mayor que aquello que falta. Se trata de hacerle contrapeso al dolor. Equilibrar la vida para que no te salte la térmica. Por eso, esa enorme sensación que todos persisten en llamar amor tiene esas cosas; puede dar paso a su contracara más desquiciada y obsesiva.
Me acuerdo como era todo cuando no estaba con la mochila llena de cascotes afilados, siempre listos para el patriarca de la casa. De niño, cuando llegaba del colegio al mediodía almorzaba rápido, luego me tiraba de panza en la alfombra del living y miraba durante horas la televisión para poder ver qué daban a la noche y luego contarle a papá para que pueda elegir lo que más le gustaba. Yo me había memorizado toda la programación de todos los canales de aire y me acercaba a él con una emoción ansiosa, impaciente, desbordante y lo veía tomando su cervecita, estaba tranquilo, relajado, mamá a su lado. Entonces presentía que era el momento esperado y lo tenía enfrente. Entonces me veía y decía con un visible hastío:
-No, ahora no… después. – Ese momento nunca llegaba. Después se convirtió en la palabra que designaba un futuro inalcanzable. Uno puede esperar durante años que lleguen situaciones imposibles por promesas irresponsables como esas.
Después, odio los después.
Ahora y siempre.

Yo no bajé la música. Lo desafiaba. Lo toreaba, sin embargo él nunca pasó de levantarme la voz. Esa seguridad me daba confianza para tirar la soga de su paciencia. Volvió. Empujó la puerta para que sonara contra la pared, se acercó al equipo y apretó el botón que decía power. Pero yo estaba en esa edad endiablada llamada adolescencia y no iba a aceptar que nadie me ponga límites. Otra vez Play y a girar el volumen al tope. Me tiré en la cama a esperarlo. No vino. Cansado de aturdirme y escuchar pura saturación bajé el sonido.
Fui a la cocina a tomar un poco de agua y estaba sentado, solo, mirando por la ventana. Se lo veía desgastado. Murmuró algo. No le hice caso. Lo dijo más fuerte mientras me iba:
-Esa música de maricones.-Dijo con toda la seriedad de lo insustancial. Yo no tenía el ánimo para ningún comentario y volví.
-¿Y vos? Esa porquería que escuchás es más aburrida que ir a la escuela, no sé ni cómo se llama.-Contesté con muy pocas luces.
-Tango, se llama tango, te lo dije mil veces. Pero qué vas a saber vos de música, ni siquiera sabés lo que te están diciendo… si por ahí te cantan “el que escucha esto se la come doblada” y ni te das cuenta.
-Qué decís, que decís, si ni siquiera sabes hablar bien castellano. Qué hablás.
-Te lo dije mil veces: no me faltes el respeto y no me levantes la vos.-Se paró. Era un poquito más bajo que yo. Nos sostuvimos la mirada. Era un duelo de western sin armas y absolutamente desigual. ¿Por qué estaba tan cargado de violencia si nunca nadie me había dado un mísero sopapo?
-¿Qué vas a hacer sino?- Le pregunté sabiendo que no me iba a decir nada. Mi papá toda la vida pregonó que la educación de un chico no tiene que estar contaminada de golpes. En realidad estaba desafiando a su propia memoria: su padre, un inmigrante brutal, solitario y abandonado por su mujer, lo surtía ante cualquier nimiedad como quien se descarga con el cuerpo equivocado.
Mi vieja hizo su aparición bajo el marco de la puerta. Ella no le daba mucha importancia a nuestras batallas. Y siempre le daba la razón a su marido. Yo tenía que obedecer sin cuestionar nada. Mi papá sabía, decía. Nunca me pudo convencer de eso. Para mi, razón tenía el boludo de Mick Jagger, así de ciego estaba. Le ponía muchas fichas a mis ídolos musicales. Sin saber que son los primeros a los que tenés que matar para que todo vaya bien más adelante.
-Te podés ir a tu pieza y dejalo tranquilo a papá.- Me ordenó.
Yo iba a hacer caso. Todavía le tenía un poco de respeto a mamá. Antes de irme me acerqué y le largué:
-Maricón.- Y me fui.
Él me agarro del brazo, me dio vuelta y lo vi levantar la mano por encima de su cabeza y pensé esto se va a poner bueno. Pero se agarró el brazo izquierdo que se endureció repentinamente y cayó. Parecía que se tragaba las palabras. Quería hablar. La vieja, que siguió toda la secuencia, me insultó y me mandó a llamar una ambulancia.
El viejo me miraba como nunca lo había hecho.
Me lo merecía.
Los pocos años que vivió luego de esa tarde, los hizo en una silla de ruedas. No podía hacer nada sin la ayuda de mi vieja, que nunca me perdonó. Papá estaba ahí, pero ausente. Como antes, como siempre. Y nunca más volvimos a pelear.

Publicado por Walter Lezcano, mano de obra y editor. Patricia Giménez y Silvia Giménez, diseño y estética en 21:48
Etiquetas: escritores de la casa, relatos, Walter Lezcano

La limpia.


largar por la borda lo que pesa y no contribuye. La ropa que hace 10 años que no usas. Si tenes 50 años es probable que se te quede alguna ropa, pasada de moda, que hace siglos que no usas ¿ponerse con estos calores a elegir ropa para tirar/regalar? Medio que no da, pero serìa sanador.
Mudarse pareceria ideal: no me fue dado Hace 28 años que vivo en la misma casa.
¿y las fotocopias? Lo juro, las tiraré. Las saque de una caja de plástico enorme en el piso de mi placard y las mande al lavadero: hay textos preciosos allí y también algunos que no leí pero hubiera debido. Hoy mismo las tiro. Las quemo, para que no haya vuelta.
En el fragor de la navidad me mande un kilo arriba: retención de líquidos, soy una esponja y entonces me acabo de tomar un te verde y le puse unas rodajas de raíz de jengibre. Esas cosas me entretienen.
Mi tía Adela hacia un lavado de la casa con vinagre para no se que: No se decía buena vibra en ese entonces. Pero esa es la idea. La mala vibra esencial es la mía No se me pega lo malos de lo otros. No les doy cabida. Conozco personas que funcionan como un radiador de  auto, se le pegan los bichos, yo solo intercambio con gente fina, como uds.

¿me puedo bañar con vinagre por adentro? Antes de hacer una limpia de la casa, mejor acomodar el estante de las especias, que esta basssssstttannnte roñoso.

En cuanto a las ideas, las obsesiones ¿cuales sirven y cuales no? Sacarme algunas obsesiones seria como cuando Michel Jackson se quiso sacar lo negro, solo se desgració: soy esas obsesiones, me dan sustancia, forman mi adn.

Le pido al año que viene una sola gracia: No sufrir por cosas que no lo merecen.Para eso no hay ritual que valga.

vísperas de vísperas.


renuevo post de hace un año. El poema del cordobes bien lo merece.

SOY LO QUE DEBERIA

Es muy temprano para domingo, los hombres de la casa duermen. Yo vigilo este fresco de la mañana, he contestado algún mail inquietante, puse en la pc bajito, para que la magia del domingo,  cuando todavía el sol no aprieta, se deslice por la casa suavemente, un disco viejo de fletwood mac. Rumours.

Entonces pienso que mañana es la víspera y que todavía no se definitivamente que voy a cocinar, para poner mas comida a la comida en exceso, que es la marca de mi familia, que nada falte,en navidad, aun en tiempos malos. Se que prometí hacer unas copas con helado, lemon curd, (que es una crema de limon que debès haber probado en el limon pie) crumble (que es un granulado de manteca azucar y harina) mas chantilli y mas merenguitos. Es demasiada cosa para un postre  que va a contramano de mis ganas de adelgazar pero hoy…

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la realidad no se amolda a nuestra idea de la realidad.


Intentar tener una lectura critica sobre la realidad implica hacer juicios de valor. Vamos, que a los tibios los vomitará de su boca el mismísimo señor de los cielos. Entonces no solo leemos la realidad, sino que anticipamos como debe ser. Para que cierre, claro.

. Y para colmo de males hay lecturas, que cuando son honestas, no nos gustan, nos incomodan, no cierran. Entonces guay de ponerlas en nuestro blog. Tenemos -eso si- el culo limpio y para adentro podemos reconocer que la vida no es facil, gatito. Y que la realidad no baila al compás de nuestros deseos y creencias.

Estas gansadas vienen a cuento de que tuve oportunidad de conocer a un señor abogado (esa estirpe de caranchos malhabidos) cuyo apellido te daría repelús y asquete.  No por ser de la dictadura genocida (que en mis estándares es el repeluz seguido de miedo y vomito) sino por pertenecer a una familia de garcas. Garcas de primera plana del diario La Nación, garcas, te dirìa historicos.  Imaginate, campos, fortunas, prosapia. Ese señor tendría la edad para ser mi hijo. No me extrañaría que perteneciera  al Opus Dei. misa dominical, universidad Austral y que el cafè se lo trajera a la mañana una mucama con uniforme de mucama.

Todo estaba dado para que abominara de él.  Ahora bien, de resultas el  joven- con el que tuve trato profesional -era encantador. Lleno de detalles nada ampulosos, sino naturales, corteses. Odie que llenara nuestro encuentro de señales de buena fe comercial excelente trato y cordialidad  dificiles de encontrar en los compañeros progres, llenos de pequeñas miserias, del mita y mita, del ¿queres un agua mineral, dame los quince pesos?

Hubiera querido que fuera una porquería para venir a casa y decir: conocí al biznieto de Alzaga Unzue de Peralta Ramos Blaquier (no era eso, pero imaginate algo asi) y era un pelotudo arrogante.

Lo dicho, la vida es dura, gatito y la realidad resiste.

¿conocen Los Pitucos, de Benedetti?

 

LOS PITUCOS

Hijo mío
recuérdalo
son éstos los pitucos

tienen un aire
verdad
que es un desaire

tienen la marca
verdad
de su comarca

mira
son los pitucos
nacen junto a la rabla
respiran el salitre
le hacen guiños al sol
se rascan el ombligo
duermen siestas feroces

besan con labios blandos
y en la rambla se mueren
y van al paraíso
y claro
el paraíso
es también una rumbla

fíjate bien
son ellos
los pitucos
casi una raza aparte
son nietos de estancierros
primos de senadores
sobrinos de sobrinos
de heroicos industriales

son ágiles
imberbes
deportistas
cornudos

mira cómo te miran
bajo sus lentes negros
pero no te preocupes
en el fondo
son buenos

aman los dividendos
escuchan a Stravinsky
se bañan diariamente
con jabón perfumado
y a la hora del crepúsculo
bajan todos al Centro

hijo mío
prométeme
nunca intentes hacerles
zancadillas

los pitucos son tenues
los pitucos son blandos
una bocina
un grito
a veces una huelga
les arruinan el alma

en ocasiones
raras ocasiones
se hacen los malos
dicen palabrotas
pero después se mueren
de vergüenza
y allá en su diario íntimo
se azotan con metáforas

hijo mío
recuérdalo
son éstos los pitufos

tienen un pelo
verdad
que es terciopelo

una cadencia
verdad
que es decadencia


déjalos pasar
son de otra raza
admíralos
toléralos
apláudelos
escúpelos
tírales caramelos
cualquier cosa

después
cuando seas grande
grande
y tengas un hijo
lo tomas de la mano
lo traes aquí a la rambla
y sin darle importancia
le dices
hijo mío
son ésos los pitucos.