consejos para mujeres que esperan que los hombres se jueguen por ellas, desde hace largo tiempo.


En la revista Polvo,-a la que le tengo gran estima, fundamentalmente porque me publicó dos cuentos- uno de los míos, por lo menos en cuanto la deriva académica,  un psicoanalista que es graduado en Filosofía (y mis lectores deben saber que esta  psicologa que soy yo va a empezar a cursar Filosofía en este próximo cuatrimestre), llamado Luciano Luterau, escribe sobre esa particular configuración psíquica tan afecta caer (?) como polvo de hada sobre la masculinidad: la neurosis obsesiva.

El obsesivo se defiende enamorarse, esa posición “femenina” de que algo que me falta lo tenga el amado….  Y siempre están las minas, las que esperan “algo” de un obsesivo y vanamente, señores, vanamente.
Dice Luteau, en un artículo magnifico

Si un tipo no deja que le cambies la vida, siquiera un poquito, no vale gran cosa. La vas a pasar bien, puede que te guste mucho, te vas a enamorar, pero no vas a llegar muy lejos. Quizá vos no quieras llegar muy lejos, pero ¿vos sabés lo que querés? Seguro no querés estar en esa posición de esperar al otro, ni tener que pedirle que cambie, porque no solo eso no se puede pedir, sino porque los tipos no cambian. Los tipos se dejan cambiar, viven pasivamente el amor, por eso se defienden de esa pasión como del demonio. Y no es algo que tenga que ver con la voluntad. Es más básico: si un tipo no se deja cambiar la vida de entrada, no lo hará nunca. Es un auto usado que sólo sirve para taxi, pero no para viajes largos. Quizá quieras un tipo para moverte por capital, que te lleve y te traiga, es cómodo, pero ¿vos sabés lo que querés? No es lo que pensás, es lo que se piensa en vos mientras vos crees que pensás. No importa que sea bueno, lindo o lo que sea, ni siquiera importa si cambia, sino si se deja cambiar la vida. Aunque te diga que le rompés las pelotas, o que a veces no te soporta, pero que sepa que si no se deja está haciendo las cosas mal, que vaya a las puteadas pero no sienta el alivio de no ir, de zafar, ese es el indicador. Es un consejo, para que no sufras por algo que no vale gran cosa.

Granada, calle de Elvira


cuando todavía no escribía poesía, cuando casi no leía poesía …leía a Lorca.

Hoy me levante pensando en Granada.

y como tengo un blog, puedo copiar este poema, que mascullaba mientras bajaba la calle de Elvira

GRANADA

Granada, calle de Elvira,
donde viven las manolas,
las que se van a la Alhambra,
las tres y las cuatro solas.
Una vestida de verde,
otra de malva, y la otra,
un corselete escocés
con cintas hasta la cola.

Las que van delante, garzas
la que va detrás, paloma,
abren por las alamedas
muselinas misteriosas.
¡Ay, qué oscura está la Alhambra!
¿Adónde irán las manolas
mientras sufren en la umbría
el surtidor y la rosa?

¿Qué galanes las esperan?
¿Bajo qué mirto reposan?
¿Qué manos roban perfumes
a sus dos flores redondas?

Nadie va con ellas, nadie;
dos garzas y una paloma.
Pero en el mundo hay galanes
que se tapan con las hojas.
La catedral ha dejado
bronces que la brisa toma;
El Genil duerme a sus bueyes
y el Dauro a sus mariposas.

La noche viene cargada
con sus colinas de sombra;
una enseña los zapatos
entre volantes de blonda;
la mayor abre sus ojos
y la menor los entorna.

¿Quién serán aquellas tres
de alto pecho y larga cola?
¿Por qué agitan los pañuelos?
¿Adónde irán a estas horas?
Granada, calle de Elvira,
donde viven las manolas,
las que se van a la Alhambra,
las tres y las cuatro solas.

y algunas de mis fotos.

 

es una vergüenza.


Me agarran de capa caída pero no puede dejar pasar la verguenza que significa que la Corte Suprema de Justicia de la Nación Argentina se halla manifestado a favor de la liberación de genocidas amparandose en el 2 x 1 de los presos comunes.

Y entonces llego Sting, para darle un abrazo a las Abuelas de Plaza de Mayo

STING Y ABUELAS DE PLAZA DE MAYO
Un reencuentro por la memoria
A 29 años del recital de Amnistía Internacional, el músico inglés se reunió en Buenos Aires con Abuelas de Plaza de Mayo y nietos que recuperaron su identidad por la lucha de ese organismo.

(Imagen: Twitter Abuelas de Plaza de Mayo)

A casi veinte años del recordado recital de Amnesty Internacional en River, las Abuelas de Plaza de Mayo y nietos recuperados se reencontraron con Sting minutos antes del show que el músico inglés diera anoche en la ciudad de Buenos Aires. El cantante dialogó con ellos durante varios minutos y levantó un cartel con la leyenda “Nunca más impunidad” y otras que reivindican la lucha de los organismos de derechos humanos en la Argentina desde hace 40 años. El encuentro ocurrió tras la decisión de la Corte de avalar la aplicación del beneficio del 2×1 a delitos de lesa humanidad.View image on Twitter FollowAbuelas Plaza Mayo @abuelasdifusionLas #Abuelas y @OfficialSting se reencontraron hoy en el @HipodromoArgPal, 29 años después del recital de @amnesty en River #40AñosDeLucha11:41 PM – 4 May 2017  683683 Retweets 1,1661,166 likes Como ya lo hizo en otras oportunidades, Sting recibió al grupo de abuelas encabezado por la titular del organismo, Estela de Carlotto, y en el que también estuvo la nieta recuperada Victoria Montenegro. El artista volvió a respaldar la campaña que convoca a los jóvenes que tengan dudas sobre su identidad a acercarse a Abuelas de Plaza de Mayo. FollowAbuelas Plaza Mayo @abuelasdifusionEllas no bailan solas. ¡Gracias @OfficialSting por el compromiso de siempre! #StingEnArgentina #Noal2x1alosgenocidas#Abuelas #40AñosDeLucha9:09 AM – 5 May 2017  533533 Retweets 772772 likes “’Ellas no bailan solas’, gracias Sting por el compromiso de siempre”, escribieron las Abuelas en su cuenta oficial de Twitter, haciendo alusión a la canción que él y Peter Gabriel cantaron con ellas en el escenario del recital que llegó al país en octubre de 1988 bajo el lema “Derechos humanos, ya”.Aquella noche, Sting junto con Bruce Springsteen, Tracy Chapman, Charly García, León Gieco  y otros artistas homenajearon la lucha de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, quienes subieron al escenario con sus pañuelos blanco dejaron en la memoria una imagen que recorrió el mundo.

Murió Abelardo Castillo


Enorme escritor argentino, hacedor de revistas literarias y de grandes cuentos. Para mi, este es uno de los cinco mejores cuentos argentinos que he leído, y puedo decir, sin jactancia, que he leído muchos

LA MADRE DE ERNESTO. Resultado de imagen para PUTAS DE PUEBLO

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza —porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia— nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
–¡No!
–Sí. Una mujer.
–¿De dónde la trajo?
Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:
–¿Por dónde anda Ernesto?
En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:
–¿Qué tiene que ver Ernesto?
Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
–¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?
Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.
–Atorranta, ¿no?
Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.
–Si no fuera la madre…
No dijo más que eso.

Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
–Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.
Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conseguir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
–Pero es la madre.
–La madre. ¿A qué llamás madre vos?: una chancha también pare chanchitos.
–Y se los come.
–Claro que se los come. ¿Y entonces?
–Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
–Se acuerdan cómo era.
Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de maternal.
–Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros.
Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.
–No digas porquerías, querés —me dijo Aníbal.

Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.
–No se lo deben de haber prestado.
–A lo mejor se echó atrás.
Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
–No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no viene, yo me voy.
–¿Cómo será ahora?
–Quién… ¿la tipa?
Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.
–Esto es una asquerosidad, che.
–Tenés miedo –dije yo.
–Miedo no; otra cosa.
Me encogí de hombros:
–Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.
–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.
Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son largos. Preguntó:
–¿Y si nos echa?
Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estómago: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.
–Es Julio –dijimos a dúo.
El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepotente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.
–Se la robé a mi viejo.
Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los primeros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los había visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
–Fumaba, ¿te acordás?
Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
–¿Cuánto falta?
–Diez minutos.
Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acordaba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.
Julio apretó el acelerador.
–Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.
–¡Qué castigo ni castigo!
Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.
–¿Y si nos hace echar?
–¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estrecha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!

A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, hablaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
–Llevalos arriba.
La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus piernas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador) nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
–A ver si nos sacan una muela.
Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.
–Como en misa –dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso como cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resoplido, agregó:
–¡Mirá si en una de ésas sale el cura de adentro!
Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro salió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.
Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio preguntó:
–¿Quién pasa?
Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocurrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados— delante de ella. Me encogí de hombros.
–Qué sé yo. Cualquiera.
Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua saliendo de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Ernesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vagamente infame.
—¿Bueno?
Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a sonreír y repitió “bueno”, y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
–Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al principio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto.
Cerrándose el deshabillé lo dijo.

Mi contribución a la solidaridad de género es hablar de la vasectomía.


Un año y medio sin que nadie solicite una vasectomía en el Argerich? Y vos? queres seguir teniendo hijos?  Y si no, por que no evaluas entre las cosas posibles hacerte una vasectomía. Hacerlo es tener los huevos bien puestos. Leete este articulo de Cosecha Roja y después me contás

 

Mi vasectomía

Pocos hombres saben que la vasectomía -la operación de esterilización masculina- es gratuita en Argentina. Pablo Solana enfrentó miedos y fantasmas que anunciaban el fin de su virilidad, fue a un hospital público y se esterilizó.  Aquí cuenta su experiencia, que algunas activistas definen como “un modo generoso de promover relaciones no machistas y menos sexistas”.

Pablo Solana.-

Cuando Ramiro me contó que no iba a tomar cerveza esa noche porque se había hecho una vasectomía el día anterior, tardé en reaccionar. Era la primera persona que conocía que se había sometido a esa operación. Me descolocó, además, notar que se había operado apenas un día antes y ahí andaba, de acá para allá. Ramiro, un pelao de origen popular, había asumido esa decisión a los 27 años. Aquí en Colombia esto debe ser de lo más natural, pensé.

“Ni pienso traer hijos a este mundo”, dijo aquella vez. “Prefiero tirar sin complicaciones”. La decisión, explicada de forma tan clara y sencilla como él lo había hecho, era demasiado sensata, difícil de discutir. ¿Por qué, entonces, me resultaba sorprendente? Le di vueltas al asunto durante mucho tiempo. Hasta que me decidí.

Para mí debería ser más fácil, me dije: tengo 45 años -algunos menos cuando empecé a pensar el tema- y dos hermosos hijos, uno en la secundaria y otro en la universidad. Las complicaciones sobre crianzas y distancias van por otro carril, pero la incertidumbre la puedo despejar sin mayor duda: ya no necesito “experimentar” la paternidad, ni deseo volver a ser papá, aunque esa haya sido la vivencia más enriquecedora de mi vida. Sí, en cambio, podía identificarme con Ramiro en aquello de “tirar –cojer, en argentino– sin complicaciones”. Eso siempre resulta una buena motivación.

¿Por qué, entonces, la duda persistente durante años, el temor inconsciente, la falta de decisión? No sin pudor, debo mencionar algunas vicisitudes de mi sexualidad. Por ejemplo, un embarazo no deseado de una compañera a quien intenté apoyar –como pude, respetando distancias, padeciendo impotencias– en la realización de un aborto. Después de esa situación difícil, sobre todo para ella, me dije: no quiero volver a ser parte de eso.

Más pilas con los métodos anticonceptivos, entonces. Lo habitual en una pareja son las pastillas para la mujer. O el DIU (para ella). O el diafragma (para ella, otra vez). Como me dijeron algunos amigos a quienes les había comentado la idea de la vasectomía: “¿Estás seguro? Si para la mujer es más fácil cuidarse”. Hasta la enfermera que recibió mis análisis intentó desalentarme con el mismo argumento. Está naturalizado que es cómoda la solución de que “se cuide” la mujer. Aunque su organismo deba tolerar las consecuencias corporales de la ingesta crónica de píldoras. Aunque tal vez ella no quiera, porque puede suceder que, simplemente, no esté dispuesta a ver alterado su ciclo hormonal cada mes.

Entonces, más allá de lo naturalizado que está, ya no suena tan “cómoda” esa opción. ¿Parecen argumentos sencillos, de peso, cierto? Pocas veces se problematiza esto en la pareja, y la anticoncepción femenina, aún con sus padecimientos, resulta la respuesta más extendida y habitual.

Llegado a este punto, ya estaba convencido. Había despejado algunas barreras. Pero faltan otras. Temores inconscientes, irracionales, arraigados en prejuicios en torno a las ideas de masculinidad y “virilidad” que guían nuestra cultura y en las que nos formaron/formamos, que aún –esta nota es parte de ello– busco superar. Es un ejercicio liberador, después de todo. Pero antes de contarles sobre eso, veamos:

¿Por qué se conoce poco y se practica menos?

Pueden hacer la prueba que yo hice en febrero de 2017 en Argentina: googleen “vasectomía hospital público”. Si bien hay una ley que garantiza su realización y gratuidad, aun hoy (abril de 2017) los dos primeros resultados son de información genérica, científica, y el tercero remite al Hospital de Clínicas… de Asunción del Paraguay. Hay que hurgar mucho para dar con la información precisa sobre dónde dirigirse. De hecho, tuve que resolver mi inquietud de otro modo, consultando a un enfermero amigo. El hospital Argerich, donde me operé, es uno de los más concurridos del sistema público de salud de Argentina y cuenta con un plantel médico destacado en el departamento de Urología. Pero, según los médicos que me atendieron, mi caso rompió una racha de más de un año y medio sin que algún varón solicitara la operación.

¿Por qué no hay información más clara? Parafraseando a Séneca: veamos a quién puede beneficiar el “crimen” de la desinformación sobre un recurso tan elemental de salud pública, para dar con el responsable. Siguiendo las huellas del silencio nos encontramos con un actor de peso que se opuso sistemáticamente a la aprobación de esas leyes en los distintos países: la Iglesia.

“Hay una relación dialéctica entre la falta de información, en este caso de los varones sobre la vasectomía, y el control patriarcal sobre los cuerpos de las mujeres, son caras de una misma moneda”, me dice Luciano Fabbri, precursor en Argentina de los espacios de varones antipatriarcales. “La promoción de la vasectomía no solo supondría garantizar un derecho sexual y reproductivo de los varones, sino también menos medicalización y menos custodia de la sexualidad de las mujeres”, agrega.

Fabián participa del Colectivo de Varones Desobedientes , en el oeste del Gran Buenos Aires. Le cuento, y me cuenta: “Hace un año hicimos un taller en el que tratamos de cuestionarnos, desde una perspectiva de género, la salud sexual y reproductiva en nuestras relaciones de pareja. Ahí me di cuenta que los varones no solemos cuidar la salud de nuestros cuerpos; seguramente es un mandato patriarcal que naturaliza que los cuerpos de los varones no necesitan cuidados. Hablando con las compañeras uno dimensiona el martirio que pasan ellas: un pap y una colpo anual, que, podría decirse, degradan la intimidad corporal; exámenes anuales de mama; visita cada seis meses, sino más seguido, al ginecólogo. En cambio, yo en mi vida había ido a un urólogo, y eso que mi vieja es enfermera y mi viejo farmacéutico. Se ve que para los varones el control médico del cuerpo es algo que demanda mucho esfuerzo admitir”.

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Quirófano y después (o el fetichismo de la virilidad)

Quirófano: camilla, yo semidesnudo, doctores y doctoras, asepsia, luces blancas y ese olor especial de las salas de operaciones que uno no conoce de ningún lado, pero asocia con las series hospitalarias de TV o con Doctor House. Hasta ese entonces no sabía que la anestesia sería la peridural, la misma que se aplica a las mujeres en el parto. Tampoco supe qué pasó después, porque no recuerdo nada de nada de la operación, creo que no llegué a ver ni el bisturí. ¿Me anestesiaron más allá de la peridural? ¿O la pérdida de consciencia fue una reacción de mi sistema nervioso ante la situación?

Recuerdo un estado parecido de desmayo cuando Juan, el primero de mis hijos, estaba por nacer y se demoraba –y finalmente fue cesárea– y yo no pude soportar despierto toda esa espera. Al igual que entonces, esta vez, ya en la mesa de operaciones, me apagué, no supe más. Desperté ya de regreso, al rato, cuando me movieron a la cama de la habitación, en el tumultuoso séptimo piso de Urología del hospital. Desperté contento, seguramente dolorido -sinceramente no recuerdo-, aunque más que eso, abombado y excitado por igual. Hasta ahí, todo era felicidad.

Yo ya sabía que la recuperación suele ser sencilla, no requiere más que algo de reposo durante los primeros días. La tasa de efectividad es diez veces mayor a la de ligadura de trompas. La actividad sexual posterior a la operación es absolutamente normal. No hay motivo para pensar en algún tipo de disminución del goce, sino todo lo contrario: el alivio que provoca la seguridad anticonceptiva bien puede ser un aliciente para relaciones más despreocupadas. ¿Entonces?

Uno puede hacerse el superado, pero es un hecho que en medio de todo esto están los genitales, fuente de toda “razón” masculina. Y yo, al menos por ahora me asumo heterosexual. “A nadie le gusta que le toquen los huevos”, me dijo, simulando una broma, un amigo por aquellos días previos a la operación. No fue una opinión sobre sus gustos o juegos sexuales, sino una sentencia de rechazo a que te toquen “ahí”, te agarren de las bolas, podría haber dicho: te condicionen los genitales, intervengan en tu “virilidad”.

“Quedate tranquilo que esto no afecta la erección ni al semen”, fue lo primero que me había explicado el urólogo, respondiendo –sin que le hubiera preguntado– al que, seguramente, sea el interrogante más habitual. Y claro, uno podría decir, porque es políticamente correcto: “Ni una erección ni una eyaculación definen mis seguridades ni condicionan mi personalidad”. Ok, lo hemos dicho en alguna (más de una) ocasión de flacidez circunstancial. Pero otra cosa es que te operen los genitales y entonces, si bien todo es sencillo y rápido y no suele haber complicaciones, hay una operación ahí –en las bolas, precisamente–, hay una posibilidad (ínfima) de que salga mal, hay un riesgo (como en cualquier intervención quirúrgica) de infección o de lo que sea. Aunque científica y matemáticamente improbable, cobra todo el peso de nuestro inconsciente patriarcal la posibilidad de que la operación, y por lo tanto las funciones “viriles” asociadas, puedan quedar mal.

En la primera versión de esta nota me había apresurado a afirmar: “La ligadura de conductos no afecta los testículos ni la producción de hormonas. Por lo tanto, la asociación fertilidad-virilidad es un mito machista que ya es hora de erradicar”. Esa información es precisa, aunque la deducción respecto al machismo y la virilidad, poco feliz. Para esta nota hice consultas y pedí opiniones a compañeros y compañeras que respeto y sé que saben. Me ayudaron a aproximarme a la raíz de esos temores “irracionales” surgidos con la operación. Creo haber entendido que no solo es machista la asociación fertilidad-virilidad (o sea, la suposición de que la falta de espermatozoides en el semen pueda tener algo que ver con la calidad de este o de la erección). Aún sin ese temor, lo que resulta machista, además, es la idea fetichizada (exacerbada, sobredimensionada) de virilidad.

“La exaltación de los valores masculinos tiene su tenebrosa contrapartida en los miedos y las angustias que suscita la feminidad”, explica Pierre Bourdieu en su libro La dominación masculina, de 1998. Allí desarrolla un cuestionamiento a la virilidad que, “entendida como capacidad reproductora, sexual y social (…), es fundamentalmente una carga” para el varón; la relaciona con los juegos de fuerza masculinos, la competitividad, pero también la violencia como forma de reconocimiento de pertenencia al grupo de los “hombres auténticos” y, yendo más allá, a la violación como reafirmación ante otros hombres, ante el “grupo viril”. Aunque parezca exagerado, creo que resulta necesario poner el tema en cuestión; hay, en ese cuestionamiento, una búsqueda necesaria. Planteada como reaseguro último y temeroso de nuestra masculinidad, la noción de virilidad sí amerita ser problematizada.

Bienvenido entonces que “nos toquen los huevos”, que perdamos temores, que ganemos seguridades más allá de los órganos “viriles” con o sin vasectomizar.

Razonarlo, decirlo, puede ser un buen primer paso para perforar la espesa capa de desconocimientos y desconfianzas que hay sobre el tema. Poner el cuerpo resulta, entonces, el paso que sigue.

Soy consciente que arrastro una formación machista que, sólo con los años y gracias a valiosas y combativas compañeras que tuve el privilegio de tener cerca, pude problematizar, aunque no necesariamente superar. No creo que esto me exima de errores pasados o incluso de la reproducción –más o menos consciente– de privilegios actuales. En el Frente Popular Darío Santillán, organización popular en la que milité en Argentina, las mujeres impusieron un trabajo de género pionero por su claridad, su composición popular y su decisión de interpelarnos a los varones sin medias tintas. Me costó entonces –me reconozco como uno de los que refunfuñó más de lo que ahora me gustaría asumir–, pero con el tiempo desarrollé la más sincera admiración y agradecimiento por las compañeras y por aquellas luchas que (nos) dieron.

La activista trans chilena Lucha Venegas propone entender la vasectomía como “un modo generoso de promover relaciones no machistas y menos sexistas, una política pública económica y promotora de vida, de buena vida, que evita millones de abortos, que no hace peligrar la vida de las mujeres con embarazos no deseados”. Cuenta que en Chile están promoviendo el tema en colegios y en talleres con mujeres y hombres “a quienes enseñamos a realizarse la vasectomía y usar el misoprostol”, como parte de “una política pública feminista de educación sexual que evita abortos y promueve el placer”.

En mi caso, el susto me apareció con los días, aunque no tenía evidencias racionales de que las cosas no estuvieran en su lugar. ¿Y si algo salió mal?, comencé a preguntarme, mientras canalizaba mis miedos pretendiéndome despreocupado, pero abusando del hielo para desinflamar; revisándome con más frecuencia de lo aconsejable con temerosa obsesión; dudando si la juventud del doctor a cargo de la operación, más allá de todo lo que había demostrado saber, no podría ser un factor de riesgo más. Y leyendo historias inverosímiles y desopilantes de vasectomizados arrepentidos en foros online.

– Tengo un granuloma espermático en la sutura del conducto izquierdo- le dije al doctor, cuando fui para la revisión una semana después.

Me preguntó quién me había diagnosticado eso, que por supuesto no tenía. Se enfadó un poco cuando le dije que lo había sacado de internet.

Empoderando el cuerpo, empoderandome.


Estoy trabajando en sentirme mejor. Nadie lo puede hacer por mi. Es un laburo de demolición de creencias.

Estoy trabajando en sentirme bien con mi edad. No sabemos cuanto vamos a vivir, y este es nuestro tiempo. Si estamos vivos, este es nuestro tiempo: El mio es esto: en mayo cumplo 61 y puedo hacer todo lo que tengo ganas de hacer y me de este cuerpo mio para hacer.  Deberé entender que si los demás se ponen incómodos con eso, problema de ellos, y que no se trata de hacer chistes, o pedir disculpas.  Yo tengo que reencontrarme con la belleza de esta edad, e incluso con la belleza de este cuerpo mio.

También estoy laburando en sentirme bien con este cuerpo que pone incómodos a los demás: si, estoy gorda. Lucho y vuelvo. Estoy gorda y soy bella en tanto la belleza es  inherente a la vida. No tengo que esperar a estar flaca (tal vez nunca lo esté) para apropiarme de sentirme bien con este cuerpo que pasea, que baila, que tiene sexo, un cuerpo que abraza al hijo,al compañero: Este, mi cuerpo. ¿acaso si yo te abrazo te contagiaré algo malo? ¿acaso se siente mal el abrazo?

No debera entenderse como cierta falta de pudor estas afirmaciones.  EL cuerpo es un asunto personal, pero también es un asunto político y yo aprendí a sentirme mal con él, porque tengo la mirada alienada en cierta gordofobia y fobia a la vejez construidas socialmente.  Parece que una mirada desaprobatoria atravesó mi vida, sino, no se explica.

Así que deconstruir esas miradas estigmatizantes cuesta un huevo. La primera, mi propia mirada, y no andar pidiendo disculpas porque no tengo 20 años menos (los tuve, ya pasé por ahi) o los 60 kilos que quisiera tener.

Acá una charla ted, que invito a ver.

Soy una mina en sus sesenta, soy una mina gorda, soy una mina bella. Es cuestión de cambiar de estándares, nomas.  Es cuestión de sentirse bien con lo que uno es. Después puedo bajar de peso tranquila, pero el trabajo sucio ya estará hecho.

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